Ana Cecilia Guerrero
De todos mis amores, Lore tuvo que ser el más intenso y sincero. Diez años después, y en los desastres solitarios más nocturnos, todavía me persiguen las siluetas de mi Lore en su encuentro con las mías. Ese día, ese siete de agosto (lo recuerdo perfectamente). Como incierto devoto de la filosofía moral del buen Nietzsche, me pasé por el arco de triunfo esa ley societal nunca escrita y solo dicha por hermanos y padres de familia, la moral, ese pinche árbol cuyas moras son saladas, y me solté al impulso advenedizo del deseo más excelso justamente, que se levantaba en medio de mis sueños más líquidos. Fue así que accedí a desafiar los límites de nuestro acuerdo, pensando que si el mismo Hegel, que vio en la relación de una hermana con su hermano — Antígona—, la superación de la historia y de sus límites, y aun así, fue perdonado, mi disculpa en caso de un descubrimiento estaría más que justificado.
Pero un poco de contexto.
Valeria, mi amada esposa, la mujer más amable y empática que haya pisado mi misma tierra, por entonces era solo mi novia, y acababa de aceptar una promoción en su trabajo, que venía acompañada de un gran salario mensual, una casa en Rosales, y un coche. Eso significaba una sola cosa: empezaríamos una vida nueva, lejos de este enredo de fracasos llamado Ciudad de México, en uno de los barrios finos de Bogotá donde podríamos formar una bonita, pero innecesaria “típica familia nuclear”. En realidad, no sabía dónde estaba aquella ciudad ecuatoriana. Si algo había aprendido era que, a veces, las ciudades y los pueblos son más similares entre sí que los genes y roles dentro de una familia. Por entonces, estaba convencido de que nada, ni siquiera la seguridad económica, podría devolverme esos años perdidos en la carrera de Letras. Aunque Valeria, linda y positiva como solo ella, me insistía:
—Allá nadie te conoce. Podrás empezar lo que quieras, amor.
No batallé ni opuse resistencia a tal promesa. De inmediato, (entiéndase, al día siguiente) renuncié a mi trabajo en la editorial Fuentes, vendí algunas cosas y me despedí de los pocos amigos que me quedaban (entre ellos Mario, el más Godín de los Godínez). Faltaban tres días para la mudanza cuando ocurrió. Valeria se iba a Guadalajara a cerrar un ciclo abierto antes de la partida; algo relacionado a un viejo amor o una vieja deuda. Así que me pidió de favor que entregara una caja con ropa, discos y películas a Lore, su prima o su hermana o su mejor amiga, realmente no importa, no me juzguen. Ellas habían peleado años atrás por un tema de celos (alguien le debía algo a la otra, y esa otra se había vengado, cosas de familia típicas). “Una verdadera pena” (intenté disimular la sonrisa). Era el destino. Supuse que esa caja guardaba todos los recuerdos y secretos de su historia en común. Acepté la misión sin hacer preguntas; no fuera a ser que, al momento de evocar esa noche de pijamas o de borrachera, con la nostalgia, le entraran ganas de llevarle las cosas ella misma. Le pedí que me pasara el número de Lore, cosa que no era en lo absoluto necesaria, puesto que yo conocía a la perfección cada cambio de teléfono, dirección y amante. Esa misma noche le marqué, me dijo que su novio Iván, había salido de viaje y no regresaría ese fin. No pude dormir, pensando que después de ese encuentro, podría dejar para siempre ese espejo siniestro y empezar de cero. Allá nadie me conoce, allá nadie me conoce.
Valeria no es tonta, por supuesto. Ella es segura y empeñada en que nadie le vea la cara. Si hubiera tenido la más mínima sospecha de que Lore y yo manteníamos aquellas conversaciones subidas de tono, probablemente todo hubiera llegado a un desenlace melodramático, donde ella se casaría con alguien mejor, y yo terminaría en la total decadencia. Pero Lore y yo fuimos cuidadosos. Siempre mantuvimos el secreto de Estado con un estoicismo del que Zenón hubiera estado orgulloso, al grado que, cuando Valeria cargaba contra Lore, supe ponerme tenazmente del lado de Valeria, acechando como un gato o como un socialista de antaño, la oportunidad de culminar ese deseo vedado, tan tajante como un cáncer en los testículos.
Salí a toda velocidad. ¿Qué más daba si me pasaba algunos semáforos, o si me metía al carril del Metrobús? ¿O si atropellaba, incluso, a un pobre peatón de ciudad tan insignificante como una paloma? ¿Qué era ese momento de ofuscación y de sublime fantasía (pronto, muy pronto, satisfecha), comparado con una noche en el separo, unos años en el reclu o una vida en el infierno? Nada. Estaba desatado.
Cuando llegué a su edificio, llovía. Hacía frío y el cielo parecía una mancha monstruosa de tristeza o una procesión de sombras lúgubres y funestas. Volteé a todos lados en busca de algún rostro misterioso que pudiera estar acosando. No encontré ninguno. El guardia del edificio miró, sospechoso, la caja y marcó un número. Intuía la traición, la risa, el trueno; la derrota de Nietzsche, la condena de Hegel, la caída de la civilización a manos del instinto. Los ojos del guardia delataban su juicio, y, para no delatar mi crimen, revisé las pertenencias de la caja: la tetralogía de Wajdi Mouawad, un antifaz, unas alas, un vestido en rojo intenso que Valeria le había pedido para una fiesta de disfraces, un par de tacones, pantalones y una blusa escotada. Después de unos minutos eternos, me dejó pasar, me metí al elevador y vi mi rostro en el espejo, ¡por Dios, mi rostro! El elevador se detuvo y se apagaron las luces. Con miedo y desesperación pensé que, a los seres como yo, mundanos y mediocres, sin demasiadas complicaciones en la existencia y con deseos más bien mezquinos y hedonistas, los dioses nunca les conceden este tipo de anhelos; que quedaría encerrado por varios días con una caja de condones como prueba de mi maldita pulsión. ¡Que lo perdería todo por un capricho! Pero luego el elevador reanudó la marcha y seguí subiendo hasta el quinto piso, con la seguridad de que, al caminar por el largo pasillo de horribles alfombras amarillas y traspasar la puerta con el número 505, despertaría del sueño. A punto de tocar la puerta, dudé, y no toqué; sin embargo, la puerta se abrió sola para revelar esa imagen que estaba ahí, real como el dinosaurio de Monterroso, con sonrisa y cigarro, sin blusa, y con unos pantalones de mezclilla que ya estaban abiertos, esperándome con un “llegaste rapidísimo”.
No perdimos tiempo, y lo agradecí. La caja, la razón de mi visita, cayó al suelo con un golpe seco, al tiempo que nos abalanzamos el uno sobre el otro. Eso era precisamente lo que me gustaba de ella: esa inmediatez, esa afirmación de la vida, y esa intensidad emocional. Tan pronto entramos a su cuarto, nos desnudamos y nos dejamos llevar por un deseo tan antaño como la primera reunión familiar de Valeria a la que asistí; un deseo reproducido en caricias, en risas, en los contactos simbólicos de nuestros labios en la colilla del mismo cigarro; una fantasía en solitario de ojos cerrados en la regadera y en algunos ejercicios de colapsos imaginarios en donde el rostro de Lore reemplazaba al de Valeria. No pensé para nada en Valeria ni en Bogotá ni en las batallas ludópatas que vendrían con mis dos hijos más adelante, Hugo y Lorena.
Afuera, el maldito calentamiento global destruía el mundo; adentro, en su departamento, el sosiego. Truenos y relámpagos caían mientras la tormenta prometía romper los récords de inundaciones y accidentes de esa ciudad caótica que pronto, muy pronto, estaría dejando para siempre. El escándalo de la caída del agua generó un ambiente opresor, pero misteriosamente calmo. El olor del incienso y la tela blanca sobre la cama, creaban una atmósfera espectral que daba la impresión de un sueño. Estábamos completamente solos. Por única vez abrí los ojos, un poco por miedo a que aquello no fuera real, y vi los de Lore, bien abiertos y perdidos en la pared donde solo había un espejo roto; gemía, gozando cada segundo de aquel encuentro que sabíamos, sería primero y último.
Cuando acabamos, deseé que la lluvia nunca terminara para quedarnos encerrados por siempre en ese pequeño espacio sin muebles, con manchas de humedad y con cadáveres de bichos muertos en la pared y el techo. Recorrí su cuarto con la mirada. Era exactamente lo que había esperado encontrar: un absoluto desmadre de ropa y libros tirados por todas partes, artículos extravagantes, bufandas de plumas colgadas, en fin. El cuarto de una actriz amateur frustrada, que ha tenido que resignarse a ser actriz de doblaje. Lore. Mi Lore.
Lore prendió un cigarro y entre los dos, lo fuimos consumiendo para sellar la tregua, como en esas reuniones con su madre y sus tíos, en las que terminábamos bailando los tres, Lore, Vale, y yo, sin que nadie en la reunión sospechara los oscuros anhelos que albergaba mi mente. Me percaté de que su cuerpo, réplica casi exacta del de Valeria, se amoldaba a la perfección al mío, como dos piezas de rompecabezas. ¿Por qué la deseaba más? ¿Qué tormentoso deseo me inclinaba a anhelar más a la terrible e inestable Dolores que a la segura y determinada Valeria? ¿Qué dolor, qué vehemencia psicótica y de denominación clínica, me hacía preferir la tempestad por encima de la calma? No dormimos. Pasamos varias horas platicando. Ya conocía todas sus historias por medio de Valeria, tan idéntica a ella en lo físico, pero tan diferente en el alma, así que no me sorprendió cuando Lore me pasó la factura de sus fiestas, romances y copas rotas (que doblaban, sin dificultad, la cifra que Valeria había sospechado).
Nos quedamos en silencio escuchando la lluvia, y me quedé dormido, un poco, soñando que se declaraba, por seguridad, día de asueto, que era la peor tromba registrada en la historia y que, incluso, se cancelarían los vuelos, el de Valeria, por al menos tres días. Hasta que Lore me despertó con suaves caricias y nos metimos a bañar. Volvimos a hacer el amor dentro de la regadera, con una vehemencia que en mi vida he repetido. Hasta que no pude resistirlo, mi boca húmeda y salada doblegó los filtros de prudencia de mi mente. Entonces lo dije:
—Ojalá esta noche durara para siempre.
—Si no lo dices en serio, mejor ni lo digas Horacio —. Exclamó un tanto fría y luego volteó hacia su celular y lo tomó entre sus manos para responder mensajes, indiferente de la lluvia, de mis palabras, de la honda tristeza que sentía—. ¿Te sientes bien?
—Me hubiera gustado hacerlo antes o en otro lugar—. Tomé su cigarro entre mis dedos. Ella se recogió el pelo y puso música baja, que sonaba a lamento, a despedida, a súbito desenlace.
—¿Qué tiene de malo éste? —preguntó Lore sin voltear a verme, concentrada en su dedo que recorría la pantalla del teléfono. Yo no había visto el mío durante toda la noche.
—Nada de malo —le dije, nostálgicamente para romper el silencio que se había hecho en el cuarto, de súbito—. Solo me hubiera gustado que las cosas hubieran sido distintas.
—Las cosas pueden ser distintas. Solo tienes que pedirlo. ¿Te imaginas, Horacio…?— sus ojos lindos, tiernos, fulminantes. Luego se detuvo, meditando si debía continuar.
—¿De qué hablas? —le pregunté honestamente e intenté acariciarla, pero ella se movió de lado.
—De nada, de nada, ya sabes. Creí que vendrías por algo más.
—Ay Lore, sabes que no puedo, tú lo sabías y estuviste de acuerdo. Lo que pasaba esta noche se quedaba esta noche ¡y ya! No hay más.
—Está bien.
—Ven, dame un beso.
—Eres una mierda—ella se levantó sin pudor alguno en el mismo momento en que un trueno avisó con fuerza que se estaba cayendo, literalmente, el cielo—. Nunca he sido más que la otra parte, verdad. la pieza faltante de Valeria que tenías que conocer para llegar a ella completita.
—Sabes que eso no es cierto. Hay pasiones que no se pueden aceptar tan fácil— sentí que gritaba ante la insinuación a mi tremenda egolatría. ¿Cómo podía?
—Y, sin embargo, eres como los otros, que ven su oportunidad para tomar el premio y luego se van —exclamó Lore y, por primera vez en la noche, pude notar esas ojeras condensadas y las sombras en sus mejillas—. Siempre soy o la hermana, o la amante o la loca de la capilla.
Lore ya estaba vestida. Yo hice lo propio.
—Ahí te equivocas, Lore, tú no eres una capilla en lo absoluto— exclamé, frustrado, ya levantado, mientras intentaba abrazarla—. Sabes lo que está en juego. Amo a Valeria, tu amas a Iván, eso no lo podemos cambiar.
—Iván no existe, es tan real como Bogotá o tu futuro—se agitó, encabronada, muy. Imaginé un drama cinematográfico, una tormenta, — Pero entiende, Horacio, si lo pides, si tan sólo dices las palabras… Si supieras cuánto tiempo imaginé este momento, cuántas cosas extrañas tuve que hacer para que sucedieran y ahora estás aquí. Todo es posible.
Ella empezó a insultarme. Puto, cobarde, poco hombre. No supe en qué momento ya estaba en el recibidor, poniéndome los zapatos cuando me percaté de una pequeña ofrenda en la sala que no había notado antes. Era un altar pequeño, parecido a los que se ponen en Día de Muertos, pero sin comida ni colores. Más bien éste era sencillo, con algunos pelos, uñas, una oración en hebreo y una foto que, a lo lejos, no se distinguía si era de Valeria o de Dolores.
—Solo dilo, di que lo quieres, di que quieres quedarte conmigo y sucederá.
—¿Qué? ¿Qué quieres que diga?
—Qué quieres que se caiga el avión, ya sabes…esas cosas pasan y las vidas cambian.
Con miedo y con muchas dudas, caminé hacia la puerta
—Dolores, no digas chingaderas.
—Di las palabras y sucederá — me dijo al oído, antes de morderme la oreja—. ¡Dilo y se hará realidad!
En alguien tenía que caber la decencia, así que empecé a luchar contra la fatalidad y a resistir sus embates. Fue difícil. Lo más difícil que he hecho en mi vida. ¡Cómo me costó separarme y ponerme la ropa! Lo demás ocurrió muy rápido. Fue como una escena de terror en la que he intentado no pensar. Dolores, mi Lore, empezó a gritar y a aventar las cosas de la caja hacia las paredes. Mi dolor, mi angustia, mi más profundo anhelo estallaba con una furia terrible y gitana que, estúpida y extrañamente, me excitaba y me hacía sentir vivo. Logré salir y caminar hasta el coche, deseando caer en un charco inmenso que me ahogara dentro. No sucedió. Cuando volví a ver a Valeria, le conté todo. Bueno, no todo, solo que había dejado la caja y que Lore mandaba saludos. No hemos vuelto a ver a Dolores después de aquello.






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