Andrei Lecona Rodríguez
Mi abuela era una mujer extremadamente católica, iba a misa todos los domingos, se casó a los diecisiete años y jamás se divorció, a pesar de las reiteradas infidelidades, borracheras y golpizas de mi abuelo. Siempre me decía que todos cargamos una cruz, casi siempre en la forma de una persona a la que estamos condenados. En cualquier caso, yo era muy pequeña y mis padres tenían que trabajar, así que, para mi desgracia, me dejaban mucho tiempo en casa de mi abuela. Nunca me gustó ir allí. La mayor parte del tiempo ella me hacía sentarme en el piso de su sala ante la agónica mirada del Cristo que tenía en su pared. Era el crucifijo más grande que había visto en toda mi vida y, supuestamente, era una reliquia que solamente el lado femenino de mi familia podía heredar. Estaba colgado de un clavo oxidado en una húmeda pared de yeso blanco. Todo el tiempo que mi abuela me mantenía sentada en el piso contemplando al dios agonizante, me aterraba que el viejo clavo diera de sí y que el pesado crucifijo cayera sobre mí. Imaginaba que, si no moría aplastada, moriría de horror cubierta por la sangre del hijo de Dios. Pero el viejo y oxidado clavo aguantó estoicamente, supongo que aquello era, literal y metafóricamente, su cruz.
Al abuelo no lo recuerdo, aunque dicen que sí lo conocí. Dicen que, como buen abuelo, el amor, la ternura y el respeto que parecía ser incapaz de expresar en su trato con mi abuela, inexplicablemente, lo tenía conmigo, su nieta. Los hombres son una cosa rara y horrible. Jamás me pude explicar cómo era capaz de golpear a mi abuela, y, al mismo tiempo, de amar a su nieta con tanta ternura. ¿Quién sabe? Tal vez el amor está hecho de algo mucho más oscuro de lo que imaginamos, tal vez el símbolo del amor no debería ser un bebé deforme con alas, sino un demonio con garras y colmillos. Me hubiera gustado preguntarle a mi abuelo cómo veía el amor, pero murió poco tiempo después. Los años pasaron volando, mi niñez se terminó demasiado pronto y, junto con ella, también terminaron las largas estancias en casa de la abuela.
Hace algún tiempo, mi abuela murió en su casa. Su muerte no me causó una gran impresión, porque realmente la vieja nunca se dio a querer. Mi familia me lo recriminó amargamente. No podían comprender cómo yo, de entre todas las personas, no parecía estar afectada por su partida. Yo, que pasé tanto tiempo de mi niñez en su casa con ella. Por un momento casi me sentí mal conmigo misma, hasta que recordé esas largas horas sentada en el piso frente al crucifijo. En su casa sí que estuve, pero no con ella. Más bien, la vi pasar horas enteras llorando en silencio mientras contemplaba a su redentor moribundo. Aunque, ahora que lo pienso, tal vez no lloraba por su dios, sino por mi abuelo. ¿Sería posible que lo extrañara incluso después de todo lo que la hizo pasar?
El año pasado mi madre pasó a visitarme un día sin avisar. La acompañaban dos trabajadores que cargaban una pesada caja. No me dijo gran cosa, se veía que estaba sumamente molesta, sólo entró a mi casa seguida de los hombres que llevaban la caja y empezó a decir algo sobre la última voluntad de mi abuela. Antes de que pudiera preguntarle a qué se refería, los hombres abrieron la caja y de ella sacaron el enorme crucifijo de mi abuela. No me valió ninguna protesta, mientras los trabajadores colgaban el crucifijo en la pared de mi sala, mi madre gritaba algo sobre honrar a los padres incondicionalmente y sobre cómo mi vida está vacía sin Dios. Se fueron tan rápido como llegaron y yo me quedé paralizada de miedo en mi propia casa.
Al principio quise tratar de quitarlo yo misma, pero al acercarme me sentía de nuevo como aquella niña sentada en el piso. El recuerdo del miedo infantil era avasallador, cada uno de mis intentos terminó en un incontrolable ataque de pánico. Decidí que llevaría una vida lo más normal posible hasta que encontrara las fuerzas necesarias para deshacerme de él. Con el paso de los días mi ansiedad bajó poco a poco e incluso pude soportar estar en la sala frente a la cruz. Estuve a punto de considerar que, después de todo, no podría ser tan malo conservar un objeto significativo para mi abuela.
Entonces, esa misma noche, llegó él. Digo “él”, aunque probablemente debería llamarlo “eso”, porque —si bien no es humano— cuando lo vi, percibí algo masculino, algo como una emoción o una energía violenta que se afirmaba a sí misma a través del dolor y el miedo. Eso fue, precisamente, lo que me despertó esta noche. No un ruido, sino una sensación. Me levanté en la madrugada con la boca completamente seca y un sabor amargo en la lengua. Caminé hacia la sala, pues de ahí provenía la energía pulsante que me llamaba. Avancé sin miedo hasta llegar frente a la cruz y por primera vez pude ver al agonizante dios de mi abuela a los ojos. Ya no me parecía una imagen temible, era como si toda el aura terrorífica que había despedido hasta entonces se hubiera disipado súbitamente.
De pronto, escuché un rasguño en el piso de madera detrás de mí. Volteé y lo vi. Estaba agazapado en un rincón oscuro, lo que me hizo pensar en una araña, de hecho, se movía como una, pero tenía la altura de un niño. No sé si podía verme o tan sólo percibirme, porque jamás pude identificar en él algo parecido a un ojo. Entonces comenzó a acercarse. Sus movimientos reflejaban al mismo tiempo agilidad, dolor, miedo y odio. Parecía como si todas las contradicciones más abominables se hubieran encarnado en un amasijo hecho de oscuridad, colmillos y garras. Creí que el corazón me estallaría dentro del pecho. Comprendí que el crucifijo había dejado de ser temible porque el ser que habitaba en él había salido de la reliquia para tomar una forma corpórea. Entonces escuché su “voz”, o lo que en semejante criatura podría considerarse una voz. Habló, no con palabras, sino con gritos, gestos y golpes. Repetía una y otra vez la misma frase: “Yo soy tu cruz”. Sus palabras se convirtieron en visiones y, de pronto, vi a todas las mujeres de mi familia que habían tenido aquel símbolo colgado en sus paredes.
También me vi a mí misma en el futuro, una anciana sola, llorando en silencio por horas. Vi a una joven mujer con la mitad de mi rostro, comprendí que era mi hija, sentada frente a la cruz. Detrás de ella, agazapado en un rincón, estaba él, acercándose lentamente. Grité con todas mis fuerzas, la visión se interrumpió y volví a encontrarme frente a aquel ser. Algo se apoderó de mí en ese momento, una fuerza como venida de todas las generaciones que perecieron entre sus garras. Arranqué la cruz de la pared y comencé a golpearlo con ella. Ni siquiera me atrevo a intentar describir el ruido que hizo bajo los golpes. No me detuve hasta que dejó de chillar. No me detuve hasta que quedó hecho trizas.






Deja una comentario