Hice todo lo que Dios nunca hizo por ti y eso que rezaste un chingo después que el viejo se murió. Sí, te quedaste sola, o eso le decías a todos, como para que sintieran pena por ti, pero yo me quedé, acuérdate de eso, yo me quedé.Habríamos permanecido bien solas, con nuestra vejez de por medio. Habríamos estado bien, pero quisiste llenar el vacío de tu Dios mudo y de la ausencia que deja la muerte con lo que fuera porque nunca te bastó mi compañía.

Me acuerdo del primero que desató todo. Amaneció un día en el patio con el ala rota y de ahí los fuiste enjaulando a todos. Cuando menos me di cuenta, limpiaba la mierda de una enorme jaula con aves de todos los colores y tamaños. El lindo sonido de unas cuantas aves al amanecer, se volvió el chillido constante de una parvada hambrienta que te gustaba alimentar. Imaginabas que reunías a esas aves dándoles una familia, un hogar, sin pensar siquiera de dónde las habías arrebatado. Me hacías limpiar los cuerpecitos de las aves que morían atacadas por las otras porque tú no querías darte cuenta de lo prisioneros que éramos todos de ti. Nos enjaulaste a todos con tu falsa idea de tranquilidad. Por eso todos se fueron de esta casa, menos yo.

Las alimentabas desde afuera y ellos volaban haciendo un estruendo horrible. Sólo había paz de noche y cuando los primeros rayos de luz tocaban la jaula, empezaba el incesante graznido. Te sentabas a contemplarlas por la tarde y por la noche, yo las cubría para protegerlas del frío.

¡Qué ganas de dejarlas ir! Pero las amabas, con ese amor podrido que tienes para todos. Yo hice por esas aves lo que tú nunca hiciste por ellas. Lo que no hiciste por nadie. Por eso, cuando la edad te dejó tullida y cansada te entregué a ellas. Te deseaban con odio y en un acto, como única forma de amor que les enseñaste, hundieron sus piquitos en ti, hambrientas. Tapé la jaula, chillaron, toda la noche chillaron como no lo hicieron nunca. Al amanecer, todavía frenéticas y llenas de ti, las dejé ir.


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