Ana Laura Bravo
Hay una mujer en el espacio. Sola entre un montón de criaturas incapaces de encajar entre sí. Se llama Última porque una civilización entera ha concluido con ella. Su nombre es un recordatorio. Vive en una embarcación galáctica que traza órbitas alrededor de las estrellas. Los ciclos pasan y Última deja de ser una niña tres días antes de que el coleccionista de los mundos extintos encuentre otro humano para su colección y el significado de su nombre se trastoque.
Apenas es un niño aunque ella no está segura de la diferencia en años terrestres: ha olvidado cómo calcularlos. El niño es pequeño y asustadizo, sobre todo al anochecer, cuando el coleccionista apaga las luces y todos se quedan inmóviles, algunos durmiendo y otros fingiendo dormir. La primera noche, sus ojos la despiertan. Tiene una pregunta en su mirada pero su boca está vacía de palabras porque todavía no aprende la lengua de las estrellas y ella ha olvidado otro idioma que no sea ese silencio exacto que llena el espacio y bulle en la embarcación.
Última palpa el suelo a su lado y él entiende. El niño se recuesta junto a ella y deja que lo cobije con sus brazos y su cabello y su olor. Suspira en su cuello y Última se estremece, pero no es miedo. Él palpa su cara y ella hace lo mismo. En las penumbras, se miran con las manos, tocan sus ojos, sus labios, doblan sus orejas, olfatean los dobleces de sus cuerpos. Se reconocen. Sus corazones dejan de aletear y se acompasan en un palpitar cada vez más lento, hasta dormirse.
Los siguientes días, el niño recorre la embarcación al lado de Última, quien le enseña las cosas que pueden comer y las cosas que pueden lastimarlo. Poco a poco inventan un lenguaje propio entretejido de miradas, caricias y ruidos que todavía no parecen palabras. En su mente ella lo llama Único porque no hay nadie más como él. Última se pregunta qué nombre le ha dado él.
Único crece. Se convierte en un muchacho. Un hambre extraña lo hechiza. Le susurra desde las estrellas. Lo mira a través de los ojos de las otras criaturas de la embarcación, todas ellas sobrevivientes de mundos para siempre perdidos. Parecen decirle que haga algo para que no desaparezca él también. Por las noches, el hambre extraña palpita en el calor del cuerpo dormido de Última. Su suavidad lo consuela y lo tortura al mismo tiempo. La aferra con tanta fuerza que deja marcas en su piel y le hace daño. Última supone que es por su tamaño, así que lo hace dormir en otra parte y se separan por primera vez.
Pero el hambre extraña vuelve en los sueños de Único. Murmura en los rincones de su cuerpo. Lo obliga a levantarse y regresar a donde está Última. La mira dormir, sumergida en sueños intocables. Se acuesta sobre ella y Última despierta sobresaltada. Trata de empujarlo pero poco a poco se rinde al peso de su cuerpo. Lo siente morder sus brazos, sus senos, su cuello. Última abre la boca y su respiración hace temblar el aire. Busca a Único con sus manos y encuentra su cabeza empapada. Él voltea y se miran a los ojos como si se preguntaran por qué tienen que hacerse eso, pero su lenguaje no alcanza para formular esa interrogante.
La noche vuelve a asustarlos. Pasan los días esperando que las luces se apaguen y temiéndolo al mismo tiempo. Es el hambre extraña. Las demás criaturas los miran: ellas no tienen a otro igual para completarlas. Su destino es ser piezas irrepetibles en la inmensidad del universo.
Última crece. Se ensancha. El coleccionista lo nota y la coloca tras un cristal donde Único no puede tocarla. Él no la encuentra hasta después de que las luces se han apagado. Golpea el cristal inútilmente. Se recuestan pegados a la pared transparente y tocan el vidrio intentando recordar el calor del otro.
La embarcación traza un nuevo ciclo a través de las estrellas y el coleccionista hace una nueva adquisición: una joven mitad humana. Único la mira de lejos sin alejarse del cristal que lo acerca y lo separa de Última.
Una noche, Última cree que una estrella ha estallado en su vientre. El dolor la hace gritar. Único golpea el vidrio y las luces se encienden. El coleccionista la abre y saca de ella una pequeña cosa muerta. Después de curarla le dice, en la lengua de las estrellas, que está vacía y que su cuerpo no puede dar vida. Entonces Última comprende que Único y ella no pueden restituir a la humanidad.
La pared de cristal desaparece. Único vuelve a dormir en los brazos de Última, pero no le permite tocarla: una parte del dolor se atoró dentro de ella. Único insiste. Se enoja. El hambre extraña ruge en su pecho. Golpea a Última como a la pared de cristal. La toma a la fuerza y al terminar, se levanta y la deja más sola que nunca.
Última no puede dormir después de eso. Mira la oscuridad. Distingue el resplandor de las estrellas que se cuela por el domo de la embarcación. Sus ojos hierven. De pronto, todo se ve borroso y una gota tibia moja su mejilla. Luego otra. Última se toca la cara y descubre que hay agua saliendo de sus ojos. Se queda maravillada: tal vez sí hay vida dentro de ella.
Al otro día busca a Único pero no lo encuentra. Se cruza con Nueva, la joven mitad humana. Su piel tiene un color que nunca había visto. Nueva la sigue. Copia lo que hace y cuando Última la voltea a ver, le enseña un signo nuevo: una curva con sus labios. Última se pregunta qué significa pero pronto descubre que es inofensivo y comienza a hacerlo también. Le muestra la comida, el agua. No saben cómo llamar a ese gesto, pero se sonríen.
Cuando las luces se apagan, Nueva se acurruca en el cuerpo de Última. Duermen juntas hasta que un gruñido las despierta. El hambre extraña murmura en la boca de Único. Trata de golpear a Última pero Nueva lo empuja. Único intenta de nuevo y entonces, la joven mitad humana se transforma, sus manos se agrandan y lo arroja contra la pared con tanta fuerza que algo se rompe dentro de él. Trata de incorporarse pero no puede. Ni siquiera se queja. Tose algo rojo como lo que había en el interior de Última. Cae al suelo. Se estremece. Última se arrodilla junto a él, coloca su cabeza sobre sus piernas y acaricia su rostro. No sabe que el tiempo de Único está terminando, simplemente se alegra de que no puede hacerle daño. Las manos de Nueva vuelven a achicarse y abraza a Última.
Único deja de respirar poco antes de que las luces se enciendan. Las demás criaturas miran el cuerpo inerte y el coleccionista lo recoge antes del anochecer. El agua vuelve a brotar de los ojos de Última. Nueva lame las pequeñas gotitas. Se recuestan juntas y miran las estrellas pasar por el domo de la embarcación y el cauce de sus ojos va parando. Cuando cesa del todo, Última todavía siente dolor, pero su nombre ha recobrado su significado.








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