Pablo Díaz Varela
La máquina de alumbramiento C44, encargada de cuidar a los bebés recién nacidos había errado en sus análisis, después de años de funcionar de forma perfecta había cometido un error con un varón pequeño de nombre Alfred. Aquel niño prematuro tenía una retinopatía leve causada por un exceso de oxigenación, aquello le impedía ver la imagen completa del mundo.
Alfred había crecido como un niño normal, sin ser siquiera muy consciente del daño en sus retinas. Estas le permitían ver un marco negro en sus ojos, pero el asunto era tan mínimo, que tanto el niño como su familia le habían restado importancia.
Durante aquellos años de niñez se había desarrollado su interés por la ciencia, los libros de ficción que recreaban lugares increíbles y tecnologías imposibles se habían convertido en su mayor pasatiempo. Butler y Anacristina Rossi permanecían siempre en su mochila de escuela y le acompañaban en sus trayectos mediante ejemplares digitales. Asimov también tenía un lugar especial entre sus libros; disfrutaba por igual de sus cuentos cortos como de sus grandes novelas. Era capaz de comprender en Fundación los grandes principios de las historias modernas, mientras que cuentos como: “Cuarta generación” y “La última pregunta” lo hacían reflexionar sobre la complejidad del universo. Dichas lecturas habían influido en su proceso por comprender el mundo acercándolo a la disciplina que consideraba más propicia para obtener respuestas: la física moderna.
En el 2090 con tan solo diez años, el pequeño Alfred había comenzado a cuestionarse por las grandes preguntas de la física: el origen de la materia oscura, la complejidad del tiempo y la función de los recién comprobados: universos paralelos.
Debido al desgarre en sus retinas Alfred veía constantemente pequeñas manchas negras en sus ojos que le hacían sentir que el mundo estaba “incompleto”. Ese problema en su visión influía en sus ideas, haciéndolo consciente de los grandes huecos en el conocimiento. Alfred tenía un solo objetivo en mente: llenar aquellos vacíos con información.
Con el pasar de los años las dudas que Alfred repetía una y otra vez en su cabeza, lo habían llevado a explorar distintas áreas de la física: física molecular, astrofísica, mecánica cuántica e incluso geofísica eran algunas de las materias que estudiaba durante su formación universitaria. Esas diferencias entre los estudios y tipos de conocimiento que le ofrecía cada una de las ramas le hacían pensar a sus colegas que el joven no tenía seguridad sobre sus estudios. La hiper especialización en la materia se había convertido en un requisito casi obligatorio para los investigadores, lo que dificultaba que Alfred pudiese ser considerado como un buen estudiante. Sin embargo, gracias a esta variedad de conocimientos, Alfred sentía estar cada vez más cerca de las grandes respuestas y tras dos años como asistente de investigador en el centro experimental A24, había obtenido sus primeras respuestas.
Las respuestas aparecieron en su mente, en lo que él consideraba como “la forma más humana posible”. El suceso había sido causado por un puñetazo; uno de sus compañeros del centro A24 discutía con Alfred sobre el valor superior que presentaba el estudio de la física de partículas frente a la física nuclear y la geofísica, a lo que Alfred había respondido que no existía tal cosa como un conocimiento superior a otro, apelando al hecho de que cada uno podía conducir eventualmente a grandes hallazgos. Al parecer aquella respuesta había ido acompañada de un sutil comentario sobre el hecho de que aquellos que sostenían que el conocimiento debía ser jerarquizado, eran quienes gustaban de ser sometidos. Eso había sido suficiente para que Alfred recibiera un puñetazo en su ojo izquierdo, lo que había dañado con mayor fuerza su retina semi desprendida.
Cualquiera en su posición habría reclamado por ello, pero el joven estudiante se reía con alegría al descubrir que la respuesta de su compañero había sido la agresión física, aquel golpe rompía el debate por lo que Alfred se autoproclamaba ganador. Y mientras le comentaba esto a su agresor, una imagen extraña aparecía en su ojo izquierdo, estaba observando un espacio negro que cubría casi la mitad de la visión de su ojo y dentro de éste algunas líneas azules y amarillas brillantes parecían moverse de un lugar a otro. Se había desprendido la mitad de su retina, pero para Alfred aquella imagen representaba el tejido del universo. Y tras separarse de su compañero, había comenzado a anotar con su ojo bueno las ideas que le venían a la cabeza.
Alfred era consciente de que la vista disminuida podría conducirlo a la ceguera, pero las ideas que le venían a la cabeza le parecían más importantes. A tal grado que había desertado del centro de investigación, para formular una hipótesis sobre la relación entre las fuerzas fundamentales, la luz y el tejido del universo. Postular una tesis de tal magnitud en menos de tres meses era bastante extraño, pero el poder de convencimiento del joven le había conseguido la oportunidad de presentar su investigación al centro principal de A24. Quienes, tras leer su texto, habían aprobado su investigación, considerando la posibilidad de que aquella hipótesis pudiese conducir a una nueva teoría.
Un mes más tarde Alfred recibía una notificación en su cuenta personal de redes: los expertos internacionales habían recibido una copia de su tesis y tras desarrollar algunas fórmulas habían concluido que aquello podría concluir en una teoría revolucionaria. La mejor noticia era que su interpretación de la luz podía ser puesta a prueba en los laboratorios computacionales de Astra recreando las fuerzas fundamentales, si los resultados llegasen a ser concluyentes podrían responder por fin cómo resolver el problema de la medida, tomando en cuenta lo ya propuesto por Von Neumann y Celine Rojas.
Las noticias sobre su hallazgo lo hacían sentir que su ojo izquierdo realmente era capaz de contemplar el universo, por ello Alfred se había concentrado en mantener tapado su ojo contrario, concentrado su visión del lado izquierdo. Como científico sabía que aquella idea sobre la capacidad de su ojo no tenía sentido. Sin embargo, pensaba que si aquellas visiones amorfas podían serle útiles valía la pena quedarse un tanto ciego.
Algunos meses más tarde los experimentos de su tesis obtuvieron resultados favorables, y esto le otorgó tal fama que en poco tiempo fue convertido en profesor e investigador en el área de partículas. Alfred aceptó el puesto y mientras se instalaba en su nuevo empleo publicó nuevos estudios para explicar la entropía.
Cuatro años más tarde, Alfred seguía concentrado en investigaciones sobre el espacio y el tiempo, mientras el deterioro de su visión aumentaba. El interior de su ojo izquierdo se llenaba de manchas negras; dentro de ellas podían observarse algunas líneas moradas y azules como raíces, que se conectaban entre sí mediante puntos blancos. La fluctuación de luces en aquellos puntos fueron las imágenes que Alfred necesitaba para conducirlo a postular una nueva teoría sobre el tiempo.
Los postulados sobre el tiempo de Alfred (ahora doctor emérito) concluían con la siguiente línea: “jamás se trató de que el tiempo pudiese ir solo en una dirección, simplemente vemos una dirección porque estamos situados sobre un universo que tiene su propio tiempo. Podríamos ver las demás direcciones desde otros universos, aquellos conocidos como paralelos”.
Las fórmulas matemáticas junto con sus palabras resonaban en las últimas páginas de su libro y mientras los laboratorios de Astra comprobaban con éxito los modelos de su “teoría unificada del tiempo” Alfred estaba a punto de quedarse tuerto.
La visión de su “ojo bueno” y la influencia de su esposo: un geólogo reconocido de nombre Benjamín Sánchez eran quienes lo conducían hacia una de sus hipótesis más valiosas. Sus nuevas ideas giraban en torno a la comprensión del núcleo de la tierra, mediante varias hipótesis que podían ser puestas a prueba analizando las capas más profundas de la tierra.
Para ello Benjamín y su pareja se habían trasladado al desierto de California, en donde un grupo de mujeres expertas en física experimental les ayudarían a realizar sus pruebas. Sin embargo, tras pasar más diez años investigando en aquella tierra Alfred se había quedado ciego. Cuando una pesada edición de “Anochecer” de Isaac Asimov había caído desde un estante hacia su ojo derecho.
Enceguecido por completo, había logrado anotar sus hallazgos recientes en una grabadora virtual. Ahora que su mundo se oscurecía, Alfred comprendía el porqué de sus aciertos: si todo estaba hecho del mismo universo, era posible comprender las cosas con tan solo dejar de verlas, aquella sería su última hipótesis. Una sin rigor científico pero llena del misticismo de su ceguera.






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