Eric Michel Villavicencio Reyes
“Solo para desahuciados”, clama el cartel de la entrada, y quizás por eso no se le acerca nadie, a pesar de ser un restaurante vacío en un día convulso.
Cumplo los requisitos, y estoy hambriento. Obras de caridad como esta no se ven todos los días; apenas una olla de sopa y una papa para todos suele ser más que suficiente para contentar a los muertos de hambre.
Entro, me recibe una calidez inusitada, algo que no conozco, o finjo no conocer para no extrañar. Las empleadas, todas mujeres, me esperan formando una fila, me guían a una mesa con una sola silla. Todas sonrientes, todas expectantes.
Me siento y vienen, una a una, todas, con una sonrisa, a servirme un vaso de agua y traerme una carta, siempre diferente, y siempre llena de deliciosas opciones. Bebo el agua que no es agua y presto atención a las empleadas. La última de ellas se para frente a mí, luego de una procesión tan grande que no me tomé la molestia de contar. Abre la carta, y la recomendación del chef capta mi atención de inmediato.
No dudo, no pienso, y escojo esa, señalando con un dedo huesudo que creo que es el mío. Ella sonríe, deja la carta sobre la mesa, da una palmada, y el mundo cobra color.
Aparecen, de la nada, una decena de chicas ataviadas con los trajes más curiosos que haya visto: todo color, todo luz, todo desnudez. Llevan, cada una, una bandeja sobre la mano, y comienzan a bailar al ritmo de una música que no sé cuándo empezó. En ondas, me llega el olor suculento de la comida, como si se moviera al ritmo de las caderas y se desliza por mi tráquea como el sudor por la curva de los senos mojados.
Las empleadas del restaurante se les unen, y entre todas forman un círculo a mi alrededor, y se van acercando, lentamente. La comida es destapada, y vuelan bocados directo hacia mí. Los atrapo con las manos, con el rostro, y como; vuelan besos también, y como.
Se enroscan a mi alrededor, me desnudan, me llenan, me vacían. Devoro a una, penetro a otra, me pierdo entre los huesos y encuentro la salida a través de la vagina. Tengo sed, así que bebo, como un cóctel, la mezcla entre saliva, frutas, jugos y alcohol, mucho alcohol.
Me pierdo un segundo, abro los ojos, y me descubro sobre una montaña de hembras, mordisqueando un glúteo que descansa en la cima, bebiendo de un pecho que flota en el aire, aferrado a mi mano, suave y gelatinoso.
Vuelvo a cerrar los ojos, y al abrirlos bebo de otra boca y como de otra carne, y luego repito el proceso diez, cien, mil veces.
Y cuando creo que ha pasado más tiempo del que puedo recordar, suenan las campanadas de las doce, y la fiesta apenas comienza.
Increíble que, perdido en este banquete, rodeado de placer, de lujuria, no haya notado los cuchillos, la vara y el fuego que, como las mujeres, se acercaron a mí, muy lentamente.
A los animales nunca se les debe asustar antes de que mueran, pues la carne se pone dura y correosa, casi imposible de masticar. Quizás por eso es el placer el método que han escogido para evitar que la presa entienda lo que pasa y tenga tiempo de asustarse o huir.
Pero fallan, y advierto, aunque muy tarde, que soy el último plato, y me dejo comer con placer,no tengo nada que extrañar ahí fuera. Esto es solo para desahuciados.






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