Ayúdame imaginando lo siguiente: hace muchísimos años, en el inicio de la humanidad, un hombre, tal vez anterior al Homo Sapiens, vio salir del cielo nocturno una luz semejante a una serpiente, por cómo se movía, pero también a un árbol por sus ramificaciones; la vio surgir y desaparecer. Unos segundos después escuchó un rugido estridente, rompiendo la noche por completo, se asustó. Sin duda pensó que estaban relacionados, pero no entendía que estaba viendo ni escuchando. ¿Era algo vivo que gritaba al desaparecer? ¿Qué clase de ser vivo brilla de esa forma? ¿Por qué su rugido era tan potente, como ningún otro que conocía? ¿Era, acaso, un ser más allá de él? ¿Un ser por encima del león o de un águila y del humano? ¿Lo que había visto era un dios?

El cerebro humano no soporta aquello que no comprende, le causa molestia y en ocasiones sufrimiento. Antes de entender lo que era un rayo o un trueno, existían Thor y Zeus; explicaciones que confortaban esa ausencia de conocimiento. Incluso aquello que no es natural (y de igual forma aterra la mente de un ser incompleto) como el amor, el deseo, el bien y el mal, comenzaron a ser representados por estas figuras divinas, superiores, todopoderosas y, en la mayoría de los casos, indiferentes a la suerte de la humanidad.

Es entonces cuando surge el terror cósmico, no como un género literario, sino como un miedo genuino y ancestral. El miedo a saberse una especie pequeña, una más del montón, ese miedo que quita lo especial de nuestra existencia y nos vuelve igual de impotentes ante los deseos de seres más poderosos.

Con el paso del tiempo el horror cósmico nos ha acompañado de cerca. El infierno es un ejemplo de cómo ha marcado nuestros parámetros éticos y morales, frases como “No hay temor de Dios” trae a la mesa que, como humanos, nos creemos incapaces de cumplir las expectativas deseadas por este ser supremo a no ser por el miedo: no tenemos más control que el mismo miedo.

Howard Phillips Lovecraft estaba consciente de lo aterrador que era saber que no habría ningún tipo de control frente a algo tan grande, ya sea de tamaño o de poder. ¿Qué se puede hacer en contra de un ser tan inmenso que destruye un continente con el solo hecho de caminar? ¿Cómo enfrentar a una criatura cósmica que nos percibe más como polvo que como, al menos, hormigas huyendo por su vida? La falta de control, la impotencia, la sensación de insignificancia era el reflejo perfecto de una sociedad narcisista que crecía despiadadamente a pesar de su entorno, destruyendo bosques, mares, especies. Los relatos lovecraftnianos representan la sensación de aquel primer hombre que prestó atención a un relámpago en el cielo, así como el de la hormiga que enfrenta la pisada de un hombre al caminar sin darse cuenta donde pone el pie.

Conforme avanza la ciencia, la industria y la tecnología, la humanidad va aumentando en prepotencia. Como sociedad nos creemos más cerca de Dios que del perro, y eso no es otra cosa que ego desmedido. Subir tan alto en el pedestal no deja otra opción que enfrentar la posible caída. Resulta que Lovecraft dio en el blanco con uno de los miedos más primigenios y profundos del ser humano, tal vez más puro, y creó una narrativa completa de ello. Su trabajo se ve reflejado hoy en día en distintas formas, desde un Alíen de Ridley Scott hasta el payaso Pennywise de Stephen King, criaturas de otro mundo con capacidades que sobrepasan al ser humano que los enfrenta.

¿Resulta ser, entonces, que el terror cósmico es el reflejo de nuestro narcisismo como especie? ¿un miedo hipócrita de sufrir la misma suerte de nuestras víctimas? ¿O quizá es el miedo a no comprender y, por tanto, saberse finitos e incapaces?

Imagínate en medio del espacio. Tras una explosión en la nave que tripulabas en dirección a Marte has tenido que huir en una cápsula al espacio. Te encuentras solo, sin dirección, sin alimentos, probablemente enfrentando tus últimos días de vida. Has aceptado tu inminente muerte por lo que estás tranquilo, esperando, recordando tu vida y tus buenos momentos, tal vez recreando los malos a tu favor para visualizar el “¿Cómo hubiera sido si…?”. En eso un ruido te saca de tus pensamientos y te hace asomarte por la pequeña ventanilla que deja ver el espacio, el cosmos. Lo que ves te paraliza, es un ser vivo, no cabe duda, pues tiene cuatro extremidades más parecidas a garras que a manos, con un rostro repleto de ojos y colmillos. Se mueve sin problemas en el espacio, como si no tuviera que respirar, y aun así, es capaz de rugir mientras avanza junto al planeta más cercano, puedes notar que es extraordinariamente grande, es una criatura tan inmensa que utilizó el satélite de aquel planeta para impulsarse hacia ti con la boca abierta dispuesta a devorarte. Y lo vez, acercándose desde lejos, conforme avanza se vuelve más y más grande a tu percepción, comienzas a ver el interior de su boca, sus colmillos, pronto es lo único que vez, su interior rodeándote, y todo esto parece pasar tan lento como si no tuviera fin, pareces ser devorado eternamente. No puedes huir, no puedes defenderte, no puedes pedir ayuda, estás ahí, sólo, sin poder hacer nada, esperando.

Ya estabas esperando tranquilamente tu muerte, ahora esa espera se vuelve una tortura, una angustia… un infierno. Ahora esperas con miedo.


Una respuesta a “El terror del ego”

  1. Avatar de laemm123

    El mayor miedo que existe, es el miedo a uno mismo, a tus propios actos y deseos.

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