Juan Fernando Bastías Cofré

Fui enviado hasta un planeta olvidado, cercano a un nuevo sol. Decían que había inestabilidad y la sobrevivencia no era segura. Mi viaje podría ser considerado un castigo. Cometí algunos errores en la tierra que al parecer purgaría con esta arriesgada misión. Escogieron un lugar inestable, poco estudiado, de escaso interés y nunca antes explorado.

Había bajas probabilidades de encontrar algún elemento útil, ni mucho menos poder habitarlo en un futuro. Pero, querían experimentar con un nuevo sistema de abastecimiento de aire. Por mi parte, no tenía otra opción que aceptar, estaba estancado en los vicios que se hicieron triviales en mi mundo. Necesitaba este destino.

El planeta presentaba inestabilidad en su corteza, en ella se generaban constantes grietas que disparaban gases tóxicos provenientes del interior del cuerpo celeste. Dichas aberturas no se generaban con un patrón fijo, por lo mismo, en más de una ocasión vi en riesgo mi vida cuando el suelo a mis pies se comenzaba a quebrar sin previo aviso.

Los gases rosados y púrpuras, de textura espesa, se disparaban y mantenían suspendidos en el negro cielo, hasta disiparse y volverse traslúcidos. En ese momento se podía apreciar el brillo de las estrellas a través de ellos. Luego, al caer al suelo, pasaban a un estado líquido. La tierra azul pálida del planeta era teñida poco a poco por los colores de los elementos que venían desde las profundidades.

No puedo negar los enormes deseos de quitarme el traje y ser bañado por esa lluvia multicolor. Pero, por más que quisiera, hubiese sido mortal ser parte de ese hermoso espectáculo.

Dentro de mi casco, la voz electrónica me avisaba que tenía un llamado entrante, era el doctor Alzérreca, director de la misión. Una llamada fría. Solo quería saber qué tal había salido técnicamente el viaje. Tampoco esperaba más, soy un paria al que buscan alguna utilidad. Intenté contarle sobre la maravillosa visión que generaban los gases en este nuevo mundo, pero lo desestimó. Estaba interesado en la integridad de la nave y saber si los cálculos de energía prima habían sido exactos.

— ¡Claro que sí, idiota, todos tus estudios estuvieron correctos! —Solté después de haber cortado comunicación.

Caminaba por este nuevo mundo arrastrando mis pies y así poder sentir su tierra azul, cada cierto tiempo tropezaba con objetos sólidos que se encontraban ocultos bajo las arenas. Al desenterrarlos resultaron ser unos cristales blancos, no tenían una apariencia bella a la vista. Eran muy ligeros a pesar de que algunos eran del tamaño de un perro adulto. El traje me arrojaba gráficos y datos al visor, al parecer en su estructura había indicios de poseer algún material no identificado rico en combustible. Si el doctor Alzérreca estuviera aquí estaría encantado al descubrir este nuevo elemento. Pero no lo estaba, por lo que los volvía a dejar en su lugar.

Volví a la nave, tenía que administrar sus reservas de aire. Este era el punto de riesgo de la operación, en el cual el viaje podía ser solo de ida. El plan original consideraba probar un nuevo sistema, que consistía en que la nave taladraría para hacer un poco de terraformación, suficiente para obtener aire ilimitado desde el mismo planeta.

En caso de que algo saliera mal con este proceso (70% de eficacia me dijeron al despegar) solo tendría dos meses de vida. Dos meses aquí. Cuando estaba en mi planeta al escuchar este número con un psicólogo espacial, puse en riesgo mi participación en el proyecto.

Eso es más que suficiente para mí — solté al psicólogo mientras conversábamos en un monte cubierto de verde.

Parecía no estar alerta, solo se me cayó esa frase. Mi mirada siguió puesta en el suelo, pero podía sentir cómo los ojos del psicólogo Roldán buscaba alguna respuesta o que fuese una frase sin terminar.

Por unos segundos dejé de ver a Roldán como el psicólogo a cargo y pensé que era una conversación trivial con él. Lo había conocido hace unos 4 años, mientras realizábamos un magíster sobre la alteración de los sentidos en estados especiales. Aunque, divergimos en ramas diferentes, él continuó sus estudios enfocado en la influencia de los satélites naturales u otras fuerzas gravitatorias en las personas. Mientras que yo terminé estudiando los efectos de la animación suspendida.

Nuestra relación no era de mejores amigos, pero teníamos mucha confianza, o al menos él lo sentía así. Lo acompañé en el período de separación con su esposa. Me confió algunos de sus más tristes recuerdos, como haber visto morir a su hermano en una cámara de gravedad aumentada en mal estado.

Solían existir silencios incómodos en los que me miraba esperando que yo le revelara algo tan profundo como lo que me contaba él, pero no. Terminaba diciéndole algo casi sin sentido para no permitirle pasar más allá. Lo que hizo que nos alejáramos cada vez un poco más.

Los errores y descuidos que cometí azotaron en las vidas de los demás. Algunos rumores decían que, en parte, yo era culpable de la muerte del hermano de Roldán. Yo nunca lo vi así o no quería. Necesitaba estar un tiempo aislado, pues parecía que cada decisión empeoraba la anterior.

En la cámara de limpieza los chorros quitaban todo lo que podía ser contaminante de mi traje, yo solo extendía los brazos con los ojos cerrados, escuchando los sonidos de los líquidos golpear. Hasta que sonaba la alerta, eso significaba que no había podido ser esterilizado del todo y el proceso volvía a comenzar. Mientras esperaba el visto bueno de la nave miraba hacia el exterior por una pequeña ventana redonda que estaba en la puerta. Me perdía en el paisaje azul pálido.

Necesitaba un respiro del mundo, tomar distancia de todo. Pero aquí, con todos estos colores, texturas y formas, era una nueva realidad y me estaba dejando atrapar. Mi mente volvió al traje plástico justo a tiempo para escuchar el sonido que indicaba que todo estaba esterilizado.

Desperté muy tarde, en el exterior no había cambio alguno, siempre estaba ese paisaje nocturno, adornado con una hermosa luna roja que algunas noches se dejaba ver. Los estudios indicaban que cada cuatro meses el lugar se iluminaba por cinco días, aún faltaba más de 3 meses para ese suceso. El juego era si al despertar vería la luz del sol algún día.

Pasaron los días, las llamadas de Alzérreca y el marcador sobre mi cama anunciaba el día veinticinco. Cerca del primer mes y ningún indicio de terraformación de parte de la nave. Las llamadas pasaron de ser largas y tediosas a cortas, llenas de una especie de ira y desesperación. En sus voces sentía que sabían algo más que yo.

El día cuarenta y cinco me llamaron de la estación, su estrategia parecía haber cambiado, esta vez era Roldán. En primera instancia me preparaba para “lo peor”. Mis dos meses se acabarían y yo quedaría aquí. Una placa más de un mártir del espacio ¿Acaso no sabíamos que esto podría suceder? Desde un comienzo habían planteado esta misión como un salto al vacío. Ese era el castigo que estimamos a mis desagravios.

Escuché las palabras entrecortadas del psicólogo que en sus libros no encontró respuesta. Hoy es mi último comunicado. Me sigue hablando.

Debo contarte algo más, es parte de mi investigación, la gravedad del satélite natural puede que…

Pero ya no importa, en el cielo oscuro surge esa luna roja enferma, piel de dragón, ojos de mis demonios, prisión de mis deseos. En este planeta mis lágrimas formarán océanos que nunca nadie verá y a nadie le interesará. ¡Oh luna mía! cada dos semanas me dejas ver tu rostro e iluminas mi vida vacía de amores perdidos, de noches agitadas, remordimientos ocultos bajo mi almohada. Ya estás aquí para escucharme otra vez, junto con tu presencia llegan esas sombras casi humanas, que con una sonrisa se ocultan detrás de las piedras. Ellas me susurran verdades que ningún humano jamás me dijo. Bella de piel roja esta noche dormiré a tu lado, besaré tu mejilla, este planeta es mío y yo soy de él. La terraformación solo nos daña por eso la detuve. Preciosa, quiero sentir tu cara, dejé todo atrás por ti, quemé mi pasado, mis faltas, mi piel te necesita, mi casco estorba, quiero sentir tu tacto, ya nada importa. Ahora soy tuyo.


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