Israel Celis Delgado
Dicho esto, Jesús fue arrebatado ante sus ojos
y una nube lo ocultó de sus ojos” –Apóstoles 1:9
Afligida, me encuentro muy afligida. Después de cuatro años de la muerte de mi esposo, conocido por la plebe como , por fin pude volver a su rostro. Realmente era muy hermoso y nuestros hijos tuvieron la dicha de heredar esa cara angelical. Llevo un año encerrada en este mísero lugar con suficiente espacio para deambular afligida. La gente cree que estoy loca, pero no saben el verdadero motivo por el que mi hijo Carlos, , junto con mi padre me han encerrado en este lugar amurallado donde no se me permite asomar las narices fuera del recinto. Cuando me dispongo a dar un paseo los guardias siempre interfieren la salida, quedándome yo con ganas de ver otros rostros y otros lugares. Pero he aceptado mi destino, mi Felipe vino a visitarme hace dos noches atrás. Vino a advertirme de grandes sucesos que están por sacudir al mundo entero, secretos que comenzaron a gestarse desde que los navegantes al servicio de mis padres encontraron una tierra rica, fértil y rica ahora bautizada como la Nueva España. Mi carne y mis huesos anhelan tanto ir a recorrer esas tierras, que por derecho natural me pertenecen. Pero mi hijo y mi padre me han encerrado para que ellos, hombres importantes y rufianes, puedan gobernar en mi nombre, si no puedo salir de Tordesillas mucho menos podré andar en las tierras del Nuevo Mundo. Mi difunto esposo llegó mientras yo dormía, una luz escarlata penetró por la ventana de la habitación que mi familia ha dispuesto para mí. Sigo sin tener la certeza que fue lo que me despertó primero, si la luz escarlata o un sonido atrevido de trompetas carente de melodía. Me sobresalté y cuando me disponía a llamar a los guardias noté que la silueta de Felipe se estaba dibujando en el umbral de la ventana. La luz se extinguió y la luz de las antorchas dio paso a la claridad de los rasgos del rostro de mi esposo muerto. No habló mucho al comienzo, yo no sabía qué decir, tomó mis manos con las suyas y sonrió.
—Hola, Juana. Amada mía—me estremecí porque nunca creí poder volver a escuchar su voz. Mi padre díjome alguna vez que Felipe tenía merecido el cielo, un hombre piadoso y justo. Pocos como él, pero creo que una de los motivos por los que también fui encerrada se debe a que nunca fui una mujer religiosa, mis asesores y maestros siempre me enseñaron a temer a Dios, pero lo que lograron con toda su sabiduría es que yo rechazara su existencia, algo que ponía en riesgo la fama construida por mis padres . Felipe y yo hablamos toda la noche y fue muy específico al recalcar que durante su próxima visita yo debería estar preparada con tinta y papel, el testamento del mundo castellano estaba por redactarse. Un nivel más abajo del castillo donde me encuentro recluida duermen mis dos damas de compañía. Por la mañana, después de mi fortuito encuentro con Felipe, pregunté a Anna y Macaria si habían tenido el privilegio de haber presenciado la luz cegadora que antecedió a la aparición de Felipe. Ellas rieron nerviosas e informaron a mi hijo que su madre estaba más loca que una cabra. Los guardias dijeron no haber visto nada, pero que se sintieron extrañamente adormecidos en un momento de la noche. Pero nada de luz, o al menos esa es la versión que han contado para que mi hijo o mi padre no les separe la cabeza del cuerpo. Sin embargo, Felipe siguió visitándome por muchas noches más y los secretos que me contaba me tenían con demasiados pensamientos introspectivos. Pero lo que más me sorprendió fueron las revelaciones de la existencia de la humanidad. No puedo contarlas todas, pero escribo esta carta antes de que mi hijo Carlos ordene suprimir mis herramientas recreativas como la tinta y el papel. La primera vez que intenté hablar con Carlos, hizo caso omiso a mis advertencias, rió y salió espantado. Su madre estaba más loca de lo que cualquiera hubiera creído, para ellos el Diablo gobernaba mi vida, el Diablo era mi concubino nocturno, disfrazado de mi difunto esposo. Pero no es el Diablo, no es Dios. Es mi esposo, el que a veces presenta un aspecto extraño, el que me visita y me cuenta secretos del porvenir. Secretos tales como la caída de la Nueva España para dar nacimiento a una nueva nación. También me habló del monstruo que los germanos están por adorar en unos siglos, un genocida intolerante a las minorías como los judíos. Pero también me habló del futuro de nuestra nación y la subyugación de otras naciones bajo un estandarte de doce estrellas. La última vez que pude ver a Felipe fue la última noche que disfruté de la tinta y el papel, la misión de mi esposo había concluido y me pidió que guardara estos documentos, cargados de atávicos secretos que sacudirán las entrañas del hombre, de la mujer y de todo ser pensante. La noche en que me despedí de mi amado tuve la oportunidad de vislumbrar, de manera breve, el aspecto atemorizante que mi esposo podía tomar. Mientras la luz escarlata entraba por la ventana noté que el cabello de su cabeza desaparecía, sus ojos se volvieron dos címbalos negros y el color pálido de su piel se trastornó en un color verde. La luz y el sonido de las trompetas impidieron que pudiera contemplar enteramente su partida, aunque logré ver que un vehículo de luz se lo llevaba al cielo, donde descansan todas las almas que hay y están por haber. Espero que este documento llegue a manos de una persona que pueda advertir a los demás, cuando la humanidad esté lista, de los peligros que están por llegar gracias a la tiranía.






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