Frank Clemente

La luz del día nuevamente se extinguía.
Por el manto de la noche era mi alma arropada.
Noche de negro profundo y brisa desbordada.
Era noche de esas en las que Ella se aparecía.

¡Y así fue! Sentí al rato sus frías pisadas
acercándose con lentitud a mi puerta.
Sabiendo otra vez vendría se la dejé entreabierta:
esconderme de ella ya no servía de nada.

Pasó y se sentó como siempre lo hacía:
con su tez lastimera y su mustia mirada.
Nada ella me decía, solo permanecía callada.
Juro que al ver su cara toda el alma me dolía.

Sentía dolor de parto en mi alma consternada,
con la frustración viva y la esperanza muerta,
como naufrago olvidado en una isla desierta,
dejando de gran tristeza toda mi alma anegada.

Sintiendo que mi vida ahora nada valía,
sintiendo que mis penas eran carga muy pesada,
busqué inútilmente ver mi alma liberada
de aquel vulgar demonio de muy infame porfía.

¿Hasta cuándo me castigas, Depresión malvada?
¿Hasta cuándo mis penas mantienes despiertas?
¡Lárgate te imploro! De mí no estés alerta.
Este es mi cuerpo, no lo veas tu morada.

Y sentía que cada vez yo más enloquecía,
viéndole tranquila, allí despreocupada,
con su tez lastimera y su mustia mirada,
sabiendo claramente que por dentro se reía.


Deja una comentario

Tendencias