Angel Ramírez
Era un día soleado en la ciudad, esto resultaba muy conveniente, ya que tenía una mejor visión de su objetivo. Sus deseos se podían ocultar en el gran tumulto de la hora pico y, aunque había claridad, podía acercarse y alejarse cómodamente sin causar rareza entre los transeúntes.
Había perdido la cuenta de los días dedicados a estudiarlo, a conocer al detalle su rutina. Sentía que podía conocer cada excepción a la ruta; si se desviaba para comer algo inusual, si pasaba por un baño público, incluso las horas en las que comúnmente regresaba a casa.
Éste tenía que ser el día donde lo lograra, aprovecharía que visitaba a su mecánico de confianza, ubicado en una privada bastante solitaria. Sabía de qué calaña eran las personas que frecuentaban ese sitio y que los callejones y estrechas calles intricadas, proporcionaban un excelente medio de escape al corazón de la ciudad o hacia el conjunto habitacional cercano. Incluso en plena tarde era peligrosa esa zona; un laberinto de ladrillos y departamentos marginados en los lindes de la urbe.
Todo lo que podía pensar era en ver consumado su deseo, de verdad no tenía idea del tiempo dedicado a tal labor. Sus pensamientos sólo se enfocaban en cada intento y cada vez que lo perdió de vista. Había grandes lagunas en su memoria, pero no importaba porque las rellenaba con esa ambición insana de poder darle caza, y esta vez no habría más fallos.
Podía verlo a lo lejos, sentado en la orilla de una jardinera, se podía pasar varios minutos ahí observando a la gente que pasaba presurosa por las calles. Sabía cuál era su intención y eso provocaba un coraje incandescente que le daba una extraña energía, un intenso propósito para continuar sin importar el desenlace que arrastrara.
Era el momento de la verdad, lo supo cuando lo vio levantarse y dirigirse hacia la calle hacia su izquierda, lo seguiría rodeando dos manzanas hacia el sur. Se quedaría un momento en un puesto de la esquina a fumar esos cigarros baratos y de olor penetrante. Odiaba ese aroma, pero era útil y más fácil seguir el rastro de alguien que apestaba de esa forma. Una vez que le hubiera dado vuelo al vicio y llevándose algo más por delante, continuaría su caminata hacia el taller mecánico. En esta parte, es donde se adentraría en las callejuelas para perderse de vista ante las personas comunes y, con algo de suerte, encontraría algo interesante en aquellos desolados laberintos. Aunque conocía el destino de su presa, no quería perderlo de vista en ningún momento, debía de estar al tanto de cualquier camino imprevisto que tomara, aunque la verdad era que sentía un inigualable apego, sentía que una llama ardía en su interior cada que estaba cerca de él y cada que pensaba en que es lo que haría cuando la oportunidad lo ameritara.
Aunque las callejuelas eran angostas, supo deslizarse sin llamar la atención de su objetivo, esperaría un poco más. Al llegar al taller, observó cómo se detenía a platicar con el mecánico, al parecer pronto estaría la motocicleta que había dejado y sus esfuerzos darían fruto. Al menos por el tiempo que le durara la recompensa obtenida y encontrara algo más que dejar. La próxima ocasión, tal vez con menos daños por el forcejeo al robarla.
Una vez revisado su futuro botín, el hombre se internó de nuevo por el conjunto habitacional y así, salir en una parte lateral del centro de la ciudad. Justo cuando estuviera a mitad de camino lo haría, lejos del taller y no tan cerca de las partes concurridas; tenía que acercarse poco a poco para ganar terreno, pero sin levantar la menor sospecha por el ruido. Sería el momento en una curva pronunciada, donde el extremo de una casa apuntaba perpendicularmente al frente de otra. Justo cuando doblara, se apresuraría sin que el hombre pudiera observar a la persona que lo acechaba. Entonces, al estar suficientemente cerca, actuaría de una vez, con mucha suerte sin que supiera siquiera que pasó.
Se iba acercando a la curva mientras sentía cada vez más esa emoción incinerante, era el momento y no podía dar marcha atrás. Sin darse cuenta apuró el paso más de lo que debería y se produjo el silencio. El hombre se detuvo un momento, apartando los ojos del camino y aguzando el oído, creyó haber escuchado algo.
—¡Me ha escuchado! —pensó mientras se quedaba inmóvil y con el cuerpo congelado. No había otro lugar para ocultarse y menos lo suficientemente rápido para que le ganara al hombre. Sabía que había cometido la equivocación de apresurarse demasiado. Su insensatez fue más que el raciocinio y paciencia, pero la tensión disminuyó al darse cuenta que el hombre sólo continúo su camino, ni siquiera volteó hacia atrás mientras dobló en la curva.
Tenía que ser ahora y de la manera más fugaz que pudiera, sin duda, si apresuraba el paso como lo había planeado provocaría que el hombre pusiera más atención y mirara hacia atrás o saliera corriendo, no podía arriesgarse a arruinar todo intentando acechar sigilosamente, así que ahora era todo o nada. Dando zancadas largas, se escurrió lo más silenciosamente que pudo hacia su víctima, dobló y vio al hombre de perfil, detenido, esperando en estado de alerta. No hubo tiempo para titubeos, no había nada más que hacer, así que solo corrió estirando las manos para alcanzarlo rápidamente y terminar con su propósito. No iba a permitir que corriera y aunque se defendiera, iba a tomar a su presa sin importar cuanto daño recibiera o qué escándalo pudiera producir.
Ocurrió tan rápido que, al parecer, ni siquiera el hombre pudo notar su presencia, lo alcanzó en el cuello con su mano estirada, pero con frustración percibió que no pudo afianzar nada. Sintió que lo había apresado, no había duda de que lo alcanzó, pero aun así nada pudo sostener en sus manos. Mientras tanto el hombre continuó su camino de manera relajada, perdiéndose en el barrio que lo cobijaba y le servía de escape.
Cayendo de rodillas pudo recordar nuevamente lo que siempre olvidaba, que nunca podría vengarse de su asesino. Que cada día, su único propósito de existencia era la retribución y la ira, cada día fallaría, para desconocer por qué en cada alba y volver a cumplir el ciclo en cada ocaso. Un ciclo más se había completado con el día, donde el resentimiento sólo le permitía recordar lo necesario para la cacería, pero no su cruel condena. Tal vez, algún día podría desaparecer, pero ahora su propósito lo seguiría guiando y condenando. A la mañana siguiente se encontraría de nuevo al acecho, al menos, era lo único que un fantasma se podría permitir.






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