El arrullo de la lluvia sobre el tejado del potrero,
va mitigando la fuerza de aquel insigne guerrero.
Medio dormido, entrando a un mundo de mágicas tierras.
Medio despierto, perdiendo con el cansancio la guerra.
Indefenso, buscando en él fuerzas que ya casi se fueron
Indefenso, luchando batallas que otros grandes perdieron.
Su pérfida intuición le dice que el peligro ya es menudo;
que deje de lado su espada y su escudo.
Una sutil brisa viene y lo complica todo;
que escape de los brazos de Morfeo ya no existe ningún modo.
Cae su barbilla al pecho, por completo cierra los ojos:
De su lucidez, el ensueño, le hizo el más vil despojo.
Y así, en sus sueños, anduvo algún tiempo galopando,
sobre su brioso corcel, felizmente surcando
a la hermosa Deitania y sus largas dehesas,
buscando algunos castillos del cual rescatar princesas.
Reunido en tabernas con sus muchos compañeros,
Todos grandes héroes, grandes caballeros.
Libando licor y cantando bien fuerte
tonadas que contaban historias de valientes.
El fuego abraza raudo el tejado del potrero;
Despierta el guerrero entre un magno entrevero.
Toma con rapidez la espada entre sus manos;
pero ya le es muy tarde, su esfuerzo fue en vano.
Descansa ahora tranquilo el insigne caballero.
Descansa hoy tranquilo sin sus pesos postreros.
En un lado su cuerpo, empuñando aún su espada.
Del otro, su escudo y su cabeza degollada.






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