¿En qué época te gustaría vivir si pudieras escoger? Esa pregunta se la han hecho al menos una vez en la vida, y muchos escogen casi sin pensar en la edad media. ¡Claro! Castillos, princesas, caballeros… parece ser un mundo maravilloso, y si a eso le agregamos la fantasía obtendremos magos, dragones, elfos y enanos, pero ¿saben que la vida no era como en los cuentos?

La fascinación por la edad media ha convertido a cada soñador en un eterno Quijote que va cambiando de mente, pero siempre con la misma locura. Desde libros como El señor de los Anillos, películas sobre el Rey Arturo o incluso juegos de rol como Calabozos y Dragones, la humanidad ha encontrado maravillosa la idea de trasladarse, cual novela de Mark Twain, a la corte más virtuosa de Inglaterra, allá por los 800 0 900 D.C.

La realidad es que la vida que se tenía en esa época era, por decirlo suave, deplorable. De virtuoso tenía poco o nada, y era peor si hablamos de roles de género. La falta de limpieza, aseo personal, condiciones dignas de trabajo, de vida, de rol social y gobiernos competentes daban una media de vida de 50 años, y de que fueran dignos mejor ni hablamos.

Entonces ¿Por qué nos maravilla? ¿Qué llevó a Don Quijote de la Mancha a perder la cabeza por la caballería? En mi opinión, es por lo sencillo que es diferenciar entre el bien y el mal. En esta época es más clara la división de lo bueno, lo virtuoso, lo valeroso de lo malo, lo cruel y defectuoso: el caballero y el dragón, el rey bueno y la bruja malvada, el reino noble y los vikingos invasores.

De hecho, la figura del caballero, hoy tan denostada, ejemplificaba todo lo bueno, bien lo dice su juramento: Un caballero ha jurado su valor. Su corazón conoce sólo la virtud. Su espada defiende a los desvalidos. Su poder sostiene a los débiles. Su palabra dice sólo la verdad. Su ira acaba con los malvados.

Visten de armaduras brillantes, en corceles obedientes, son ágiles y bondadosos, siempre dispuestos a arriesgar sus vidas por defender al pueblo, a la princesa, al rey y al reino, desinteresados de sí mismos, unos superhéroes, vamos. Pero si ponen atención, todos estos valores sobrehumanos son actos amorosos, de un individuo al prójimo, si hablamos de protagonistas de cualquier historia de esa época poco sabremos de su interés personal, lo bueno era hacer lo que sea por otro.

Mientras que del lado malvado están los monstruos, los brujos oscuros, las criaturas escondidas en los bosques tenebrosos, que parecen surgir de las sombras buscando saciar sus más primitivos instintos, sus deseos más personales, sus intereses sobre las necesidades de los demás, sin importar que un reino caiga o un caballero sea calcinado. Es curioso como conforme avanzaron los años la idea del bien y el mal se fue complicando. No todo era blanco o negro, ya no fue sencillo diferenciar uno del otro.

Nos volvemos Quijotes al creer que, si viajamos en el tiempo, no importa si es a través de un libro, una película, un juego o si literalmente viajáramos en el tiempo, el mundo se dividirá en dos bandos, los buenos y los malos. La locura es considerar que el Rey Arturo gobernó con sabiduría y justicia y que, por lo consiguiente, cada miembro de la corte, los puestos gubernamentales y la nobleza lo harían también; es creer que los soldados del Príncipe Jhon que expulsaron a Robin Hood actuaron por maldad y no por lealtad, compromiso o hasta por miedo y que no sintieron culpa o vergüenza de sus actos, como si todos ellos llegaran a ser malvados a sus cabañitas con sus familias.

Si tu eres de los que no han notado la gran subjetividad que hay en el bien y el mal, eres un eterno Quijote, navegando en su mundo virtual de caballeros y peligrosos molinos de vientos. Un depredador, así sea un gatito, un gran león o un magnífico dragón, cazan sin maldad en el corazón, porque el bien y el mal son creaciones de la mente humana.


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