El sol brillaba sobre su cabeza, implacable. Beric sintió una pesada gota de sudor rodando por su sien y la apartó con un brusco ademán, sin detenerse, pese al cansancio. Cientos de kilómetros yacían a sus pies, esperando a que los recorriera en la búsqueda de su meta: convertirse en un caballero del reino. Cada año, miles de jóvenes dejaban sus hogares cargando sus sueños, dispuestos a emprender el largo camino que los llevaría a ser ungidos como caballeros en las lejanas tierras de Elwing, motivados por la perspectiva del oro y la gloria. Ser un caballero representaba no sólo un honor, sino un medio de vida y una oportunidad para ascender en la escala social. Los caballeros se codeaban con los miembros de la Corte Imperial y unos pocos afortunados lograban ser incluidos dentro de ese selecto grupo, asegurando su futuro por generaciones.

A Beric, sin embargo, no le importaba ni el oro ni la Corte, ni su futuro. El joven, nacido y criado en una pequeña granja en las montañas, soñaba con que su nombre fuera recordado. Eso era todo lo que quería. No quería terminar como sus abuelos y sus padres, que nacieron y murieron sin que nadie supiera de su existencia. Su familia era sólo una más de las miles que servían al imperio en un silencio servil y abnegado, sin esperar nada más que una buena cosecha. Pero, la simpleza de esa vida no era suficiente para el joven.

Beric soñaba con ver su nombre grabado en las paredes del templo, con ser el protagonista de las epopeyas que cantaban los juglares y que todo el imperio reverenciara su memoria. Quería ser como Aldrich, el Astuto o como Edhelthir, el Asesino de Elfos. O como Gaxa, el Más Grande de Todos. Su escudo, cubierto de diamantes representando estrellas, fue un regalo de la diosa de la sabiduría, Arsha, de quién se dice estaba enamorado. El amor entre una diosa y un mortal está prohibido por los dioses, pero ella decidió abandonar la inmortalidad para unirse a él en matrimonio. Los dioses los persiguieron muchos años, encolerizados por la desobediencia de la diosa. Sin embargo, el legendario escudo tenía la capacidad de esconderlos de la mirada de sus enemigos y guiarlos siempre por el camino correcto. La pareja recorrió el continente en búsqueda de gloria y aventuras hasta que su rastro se perdió en las nieblas de la memoria.

Duilnas, Iecar, Breg… todos eran hijos de campesinos, como él y, aun así, todo hombre, mujer y niño del imperio conocía su nombre. Las madres llamaban a sus hijos en su honor y las doncellas tejían coronas de flores para adornar sus tumbas. Beric quería eso. Pero, el camino no era fácil. Las paredes sagradas de Elwing se encontraban escondidas entre las montañas y cada año, miles de jóvenes idealistas se lanzaban a la aventura, pero, al final solo unos pocos eran ungidos en el templo. La mayoría moría en el camino, consumidos por las enfermedades, agotados por el hambre y la exposición a los elementos, devorados por las bestias o secuestrados por las arpías que moraban en las montañas. Los peligros eran infinitos y el camino largo, pero eso no desanimaba a Beric.

El calor arreciaba y el hambre mordía sus entrañas, haciendo de cada paso una tortura. Puntos de colores bailaban frente a sus ojos y estaba a punto de rendirse cuando el brillo del agua apareció frente a sus ojos, devolviéndole la esperanza. Con un gemido de alivio, se lanzó a la orilla del lago, dejando caer su mochila y hundiendo la cabeza dentro del agua. La frescura del agua apagó su sed y disipó el calor por un momento, devolviéndole el alma al cuerpo. El muchacho se sacudió el agua del cabello y dejó que ésta corriera por su espalda cansada, mojando su piel caliente y aliviando su malestar. Con un suspiro de alivio, se reclinó contra el tronco de un grueso sauce cubierto de musgo, rebuscando en su mochila los últimos mendrugos de pan cuando el sonido de una voz lo sobresaltó.

— Bienvenido, aspirante…— escaldado como un gato, saltó hacia atrás con la espada entre las manos, dispuesto a defenderse. Pero, no había nadie. Confundido, miró en todas direcciones, recibiendo una risilla como respuesta.

— Estoy aquí, chico. Aquí abajo.

Beric bajó la mirada hacia las raíces del árbol donde estuvo sentado unos segundos antes y se estremeció al descubrir entre las ramas lo que parecían ser los restos de un hombre en armadura cubierto de musgo y plantas. Un yelmo de plata enmohecida cubría su cabeza y las cuencas vacías de sus ojos parecían observarlo con especial inteligencia, como si la situación lo divirtiera. El joven cayó sentado sobre la hierba y se alejó del cadáver parlante, pálido como un fantasma. Estuvo a punto de salir huyendo cuando sus ojos se encontraron con el escudo abandonado a un lado del cuerpo. La desvaída imagen de un cuervo negro con las alas extendidas sobre un campo azul cubierto de estrellas de diamantes lo mantuvo en su lugar. Él conocía ese escudo. Todos los niños del imperio conocían la leyenda de ese escudo.

—¿Sir Gaxa? — preguntó, sin aliento, incapaz de asimilar que estaba frente al héroe de las leyendas de su infancia.

—El mismo, muchacho. Veo que no eres tan tonto como pareciera indicar tu expresión…— Beric tragó saliva, aun incapaz de decidir si se encontraba en un sueño o no y se acercó al cadáver parlante, temblando como una hoja.

—¿Cómo… cómo es posible? — balbuceó, arrodillándose junto al cadáver.

—Los dioses no son enemigos misericordiosos, muchacho. Me castigaron con la vida eterna, pero, los cuerpos de los humanos no están hechos para durar…

— Entonces… ¿todo era verdad? — exclamó, sin aliento— ¿Arsha y el escudo y las aventuras?

—Todas las leyendas tienen algo de verdad. Mi amor fue verdad y también mi castigo… — replicó y el rostro de Beric se iluminó. Gaxa lo notó y su expresión se ensombreció— ¿es eso lo que buscas, chico? ¿Quieres ser una leyenda?

—¡Claro que sí! — respondió Beric, extrañado por la pregunta.

—¿Para qué? — quiso saber el milenario caballero. Beric frunció el ceño.

—Para que todos recuerden mi nombre— murmuró, confundido. ¿Acaso no es ese el ideal de un caballero? ¿No era esa la más grande hazaña de sir Gaxa?

—Todos recuerdan el mío. Y no sirve de nada. La gente canta canciones sobre mí, pero, nadie sabe dónde estoy, cómo terminé aquí, ni porqué me castigaron los dioses. ¿Quieres gloria, chico? La gloria no sirve de nada. Tu cuerpo se pudrirá en la tierra, sin importar si eres un héroe o un villano, un caballero o un campesino… ¿quieres ser recordado? ¿Quieres dejar tu huella en el mundo? — Beric asintió, tragando el nudo en su garganta.

—Sí…— musitó, sintiendo el horrendo peso de la realidad sobre sus hombros.

—Ayuda a tu prójimo. Defiende al débil, protege al inocente, lucha por la justicia y no rindas jamás tu espada, así te lleve la muerte. Así, te recordarán no en una canción sino en su corazón y sólo entonces vivirás para siempre…

Beric agachó la mirada y observó el escudo con los ojos llenos de lágrimas, sintiendo cada una de sus palabras muy hondo en su corazón. Toda su vida soñó con gloria, pero, ¿qué le trajo de bueno la gloria a ese hombre? Se le negó el dulce descanso de la muerte, condenándolo a pudrirse en vida y ver el mundo cambiar a su alrededor, atrapado para siempre en un cuerpo corrupto y decadente, sin poder hacer nada. Todo el mundo recordaba su nombre y su historia, pero, ¿a alguien le importaba realmente?

—¿Es ése el juramento de un caballero, sir Gaxa? — preguntó nuevamente; su voz firme, su ánimo renovado.

—Sí, muchacho. Ése el juramento de un caballero— Beric recogió su espada y la hundió en la tierra, hincando una rodilla frente a los restos del viejo caballero.

—Juro por todos los dioses que defenderé a los débiles, protegeré a los inocentes, lucharé por la justicia y no rendiré jamás mi espada, así me lleve la muerte— dijo con voz clara, sintiendo algo crecer dentro de él, algo que nunca antes sintió: orgullo. Era un caballero y de pronto, comprendió que con eso bastaba.

—Ya eres un caballero, muchacho— sentenció sir Gaxa, observándolo con complacencia— Puedes coger mi escudo y seguir camino a las montañas de Elwing para que tu nombre sea inscrito en el templo— ofreció— O, puedes regresar a tu hogar y cumplir con tu juramento…— Beric se levantó y recogió su mochila, acomodándola sobre sus hombros.

—Conserve su escudo, sir Gaxa. Regreso a casa…


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