La madre Stella a sus 81 años sentía haber desperdiciado su vida en la iglesia. Pese a la guerra, esta se mantenía vigente por la leyenda del ser supremo que arrojó a su propio hijo crucificado a las bestias de aquella tierra maldita, a la muerte.

Había sido azotada y violada por haber tocado el órgano como ella lo había querido hacer siempre, con secuencias y velocidades diferentes, sonidos exquisitos, habían hecho vibrar los rincones más íntimos de aquella tierra consumida por la ignorancia, la enfermedad y el hambre. Recordó en su encierro. Mientras los sacerdotes la alejaban del teclado, había podido percibir el olor de las mujeres presentes en la misa de aquella catedral, sus cuerpos suaves y delicados la invitaban a lamer sus senos, acariciar sus vientres, penetrar sus orificios con sus maltrechos dedos, besarlas y beber la sangre que ha de bajar entre sus piernas. Esto la remontaba años atrás, a aquellos bellos rostros apenados de las recién llegadas, cuando debía subir sus faldas para bajar y verificar la pureza de sus cuerpos. Le habría gustado saborear tan solo a una.

Aquella noche no rezó, tan solo cerró sus vistas iluminadas por la luz de la vela. De pronto sintió presión en el pecho, al abrir los ojos, la oscuridad era absoluta, había una presencia.

—¿Quién está ahí? —preguntó temerosamente, nada ocurrió, pero al tercer llamado algo respondió con voz penetrante, grave, como si tres seres hablaran al mismo tiempo.

—Dame tu alma y tendrás todo lo que siempre quisiste —Stella comenzó a persignarse. Aquel acto hacía rugir aquella presencia.

—¿Quién eres?

—Soy el Mago, ve a la montaña y busca reposo en el esqueleto. Ve al nacimiento del río, humedece la madera con lo que han de hacer rocío de cruces y rosas. Ofrécete en sacrificio sobre la cúspide al gran chupacabras, quítale su poder adrenocromo, entrégate a mí grandeza.

Inesperadamente, aquella presencia desapareció como si fuera humo, dejando en aquel rincón un silencio sepulcral con un olor intenso a azufre y carne podrida.

Stella salió como pudo de aquel lugar hacia un exterior nocturno que no había visto en años, percibió el aroma del Mago, intenso hacia la profundidad boscosa. Siguió aquel rastro hasta que encontró una tumba que profanó colocándose la túnica roja del cadáver. Esta sanó sus heridas. Se dirigió al río, cortó una rama tan gruesa y afilada como la puntilla que perfora los pies de los crucificados. A medida que el sol nacía, sumergió aquella estaca diciendo.

—Benedictus es, Domine Deus omnipotens.

Subió a la cúspide y se recostó desnuda sobre una gran roca, dejando el trozo de madera envuelto en sus harapos. Cuando el sol se ocultó, vio que una bestia delgada de gran estatura se acercaba desde los matorrales, poseía largas púas en su espalda de piel verdosa, ojos almendrados que parecían orbes de sangre luminiscente y afiladas garras semejantes a los puñales del matadero.

Stella se encontraba inmóvil por la influencia de aquella criatura, intimidante se desplazaba de manera impredecible, parecía teletransportarse, desaparecía al percibir su vista. Cuando su larga lengua comenzó a saborear la vagina de Stella, ella invocó mentalmente el poder del Mago.

—Mecum Satanás —se liberó de aquellos grilletes invisibles, rodando en entre la maleza, alcanzando el trozo de madera que ahora le quemaba las manos.

Como si sus reflejos hubieran sido potenciados por una energía desconocida, la estaca se clavó sobre el ojo de la bestia, haciéndola gruñir de dolor hasta que finalmente yació sobre aquel suelo de rocas filosas y flores marchitas por la sangre infernal.

Líquido viscoso y cálido, Stella succiono sedienta, exquisito, el mejor de los vinos, tan extraño y profano, como beber del intocable cáliz de la maldita catedral.

La noche hervía, las criaturas del bosque manifestaban su angustia, chillando ante la luna eclipsada. Stella comenzó a levitar, sentía que era penetrada, tan placenteramente como nunca lo había experimentado, quería gritar, pero se encontraba insonora, sola a simple vista. Copulaba con alguien que no estaba en el plano material, quien le hizo sentir entre sus entrañas el fuego, tan acogedor como la leche. Extasiada, ya no sentía pena ni remordimientos.

El Maestro dijo.

—Yo soy el Mago, tuyo será el control de la mente, la transformación en fauna, el lobo y el murciélago darán paso a la última forma demoniaca diseñada por mis súbditos para mis esposas. Mátalos a todos.

La piel de Stella comenzó a desgarrarse, develando la juventud que poseía a los 18 años, pero también extraños jeroglíficos que culminaban en filosas puntas, largas zarpas y una interminable cola que como un sable cortaba cualquier cosa, haciendo susurrar el aire. Su cabello pasó de castaño a dorado filosamente largo y sus ojos de marrón a rojo hipnotizante. Impredecible, veloz, etérea, podía danzar sobre las corrientes de aire, transportarse entre los cristales, aquellas superficies que no podrían reproducir su reflejo pues ella poseía la esencia reflectante de los cristales mismos. Emergiendo de cada destello, secuestró hasta el último infante de aquella tierra consumida, para dejarlos desangrándose sobre el altar.

Stella pudo ver a través de los innumerables reflejos de la catedral, las caras aterrorizadas de los sacerdotes cuando vieron a los cadáveres apilados, perforados con la daga del gran cardenal, mientras los lugareños se agolpaban frente a las puertas del templo buscando ayuda. 

Al abrir las puertas y ver el altar de carne, interpretaron aquello como un sacrificio al Dios que había consumido sus riquezas durante años. Los sacerdotes empapados de sangre ajena tan sólo se limitaban a señalar la obra del demonio que jamás habían visto de frente. Pero los progenitores enardecidos no quisieron escuchar ni un sermón más. Las novicias gritaban, se escondían mientras Stella se adentraba a sus aposentos para morderlas y poseerlas. La sangre de sus concubinas la fortalecía, sentía amarlas de verdad, mientras la masacre se consumaba por los desdichados. En aquella época Stella tocó el ensangrentado órgano, reclamándolo, celebrando el fin de su maldición, el inicio de una placentera vida.


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