Mi madre la perseguía desde Norterra. La cazaba. La profecía decía que beber la sangre de una dragona plateada daba la inmortalidad. Ese no era su único objetivo, la venganza la empujaba. La buscó incansablemente por casi ocho años. No tuve noticias de ella en todo ese tiempo. Hubo otros, antes de ella, que la acecharon toda su vida hasta que las canas poblaron sus cabezas; sin que tuvieran la dicha de encontrar a la dragona. Se decía que era pequeña en comparación con los grandes dragones rojos que servían de diversión a los reyezuelos de aquellas tierras inhóspitas. Estos lograban capturarlos a costa de centenares de hombres calcinados por el voraz fuego que escupían de sus fauces. Conozco a los variados tipos de dragones. Desde que era una niña, han desfilado ante mi atenta mirada. Mi abuelo fue devorado por uno de ellos. Medio cuerpo de mi abuelo. El otro pedazo lo enterramos al lado de la casa. Sobre él descansa una roca gigante.
Cuando cumplí quince años, mi madre me abandonó para vengar al abuelo. No mataría un dragón rojo, un hombre audaz podría hacerlo. Ella quería trascender y utilizaba su duelo para impulsar su afán. Al cumplir veintitrés decidí ir tras ella. Me demoré varios meses en ubicar su rastro. Ella iba de feudo en feudo diciendo a todo el mundo que lograría su hazaña. Nadie iba tras ella porque pensaban que era una loca. Las historias contaban sobre fornidos hombres que no pudieron encontrar a la dragona plateada. Hombres que se volvieron locos, que murieron en el camino de tan descabellada empresa. En cada cantina le dejaban contar su patética historia de la búsqueda de la inmortalidad; solo porque era divertido burlarse de una cazadora de dragones: una simple mujer.
Cada año que pasó me hice más fuerte y supongo que mi madre también. Estaba a centenas de millas de mí sin saber que yo iba tras ella. Le perdí el rastro en el feudo de sir Galactus. Creí que esa sería mi última esperanza de encontrarla hasta que el gruñido de un dragón a la entrada del bosque atrajo la curiosidad de los hombres de la aldea. Tomé mis pertenencias y fui hacia allá. Muchos años estuvimos separadas por culpa de su mala cabeza. Entré al bosque y al poco rato me extravié. Quise regresar y me perdí aún más. Me alisté para pasar la noche ahí. Al amanecer abrí los párpados y al mirar a lo lejos vi un bolso. Dentro había un papel enrollado. Al abrirlo me sorprendí al descubrir que era su letra, la grafía de mi madre. Hace pocas semanas había pasado por ese bosque y habría extraviado su bolso con parte de su bitácora.
Nunca nadie había visto a la dragona plateada y había vivido para contarlo. Era un mito. A los dragones azules y verdes se les conocía como minoría y los rojos eran los comunes. Ella escribió con detalle la forma y rasgo de la afamada dragona. La había visto sobrevolar al rayar la aurora.
Tomé mis cosas y seguí la ruta que ella plasmó en el papel. A los días encontré unos trazos en la tierra. Confirmé que solo una loca haría tal cosa. Aun así, mi sexto sentido me animó a seguir el esquema. Cuando ya no supe hacía donde seguir, ante mí se mostró un papel arrugado cerca de un río. No podía creer que, ella sin saberlo, me estaba dando todas las pistas para encontrarla. En el escrito había más detalles sobre su presa. De cómo la dragona incluso bajaba el vuelo para que ella pudiera verla en su esplendor; como una invitación a seguirla hasta el fin del mundo. Luego de acabado el bosque divisé un llano y al fondo una gran montaña similar a un volcán extinto.
Seguí avanzando por instinto y con muy pocas reservas de comida. Ella estaría más adelante, tal vez muy cerca de mí. Pasé días de sed hasta que encontré un arroyo. No tenía más guía que mis ansias por volverla a ver. Le suplicaría regresar y vivir una aburrida vida lejos del peligro. Frente de mí estaba la montaña. Descansé un día completo para poder subirla. Cuando emprendí la escalada un raro gruñido me alertó. Nunca antes había escuchado un sonido así. Apresuré el paso y encontré una cueva. Apenas cabía, pero pasé. Al cabo de pocos metros de estrechez, adentro, el lugar era amplio. Nuevamente escuché el gruñido que era lastimero. Avancé por el cavernoso camino dentro de lo alto de la montaña; hasta que encontré luz. Mis palpitaciones no me dejaban pensar. Tenía el corazón latiéndome en la cabeza. Las venas de las sienes iban a reventar. Un halo de luz se filtraba por entre las rocas. Caminé unos pasos más y vi un gran nido. Era gigantesco. Con sigilo avancé agazapada. El nido era hondo. Apenas asomé la cabeza vi la escena con estupor. Una cría de dragona mordisqueaba un cráneo humano. En una esquina, alejada, la gran dragona plateada se veía moribunda. La cría estaba concentrada en su presa. Saqué mi pequeña espada filosa lista para vengar a mi abuelo. Trepé como pude y ya dentro corrí dando un grito de guerra. La madre dragona extendió su agonía para presenciar la muerte de su cría sin poder protegerla. Subí al lomo de la cría y perforé el área más vulnerable de la fantástica criatura. De algo me sirvió ser la nieta de un cazador de dragones. Las escamas de la pequeña criatura brillaban como la luna llena. En aquel momento maté todas las lunas del firmamento. Sin perder el tiempo y reservando el llanto por la crudeza de la escena, corté el cuello de la bella bestia. Procedí a beber de los borbotones de sangre que era azul. Así cumpliría con mi destino, aquel que labró la muerte de mi abuelo y la sed de venganza de su hija, mi madre. Fatigada me desvanecí. Al despertar hice una breve inspección. Debajo del cascarón roto reconocí las botas de mi madre. La cría se la había comido. Me desquité con el cadáver de la dragona madre atestando puñales que no traspasaban las gruesas escamas que brillantes no se opacaban ante la muerte. Lloré amargamente. En un momento de locura corrí por el camino que había recorrido para llegar ahí. Desbordada por el dolor me tiré por un breve acantilado para acabar con mi vida. Cuando caí no sentí dolor. Mis heridas se cerraron ante mis ojos. Gracias a mi madre y su descabellada persecución, mi inmortalidad sería un consuelo.






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