Las ramas de las encinas golpeaban con frecuencia la armadura del caballero. Los anillos de su loriga se sacudían haciendo gran ruido a cada paso de su caballo, la lanza daba constantemente en el escudo, sonaba la madera, sonaba el hierro, bufaba el caballo. No había ninguna esperanza de un avance sigiloso a través del bosque para un caballero completamente armado. Cada vez estaba menos seguro de estar cabalgando en la dirección correcta, pues el sendero, que nunca había sido demasiado claro, había desaparecido días atrás. Sir Galahad no había anticipado ninguna de estas dificultades al momento de su investidura en la corte del rey de Gales, cuando, ante la vista de todos los asistentes, juró solemnemente que no descansaría hasta derrotar al campeón de los druidas de la Oscura Floresta. Mucho le rogaron las damas de la corte para disuadirlo de marchar en dirección a aquel bosque maldito del que ningún caballero jamás regresaba, pero todos los ruegos fueron en vano, pues el oficio del caballero impone sus propias exigencias a los miembros de la orden.
“—El hombre que no sale inmediatamente a buscar honra por los caminos después de ser armado caballero deshonra sus espuelas —decía su padre—. Un caballero no teme a ningún peligro del cuerpo.”
Sir Galahad recordaba las palabras de su noble padre mientras descansaba su lanza sobre el estribo derecho de su caballo, pero en el pecho, debajo de todo el hierro, le crecía una sensación que se hacía más difícil ignorar a cada paso. No era solamente el frío inclemente que anunciaba la proximidad de un largo invierno lo que perturbaba al caballero. Los hombres de estas tierras sentían por los bosques un temor religioso, pues sabían que las almas de sus antepasados pertenecieron a los seres que aún bailan entre los árboles durante las noches de luna llena. No hacía demasiado tiempo atrás, el reino cristiano de Gales había sido territorio de druidas paganos que ofrecían sangre humana a aquellos que entre los campesinos viejos aún son llamados como los antiguos. Se dice que los sacrificios durante las fiestas del Beltaine aseguraban las buenas cosechas, pero la adoración de los antiguos acabó cuando el obispo Wulfila llegó a Gales para convertir al rey a la verdadera religión. En unos cuantos años, los galeses abandonaron el culto a los antiguos, que ahora eran tenidos por impíos demonios. Cortaron los árboles sagrados del nemetón, levantaron una gran catedral en su lugar y expulsaron bajo pena de muerte a los druidas al bosque en el norte, conocido desde entonces como la Oscura Floresta. Antes de irse, los druidas anunciaron que los antiguos no se conformarían con la derrota, que tomarían por la fuerza la sangre que ahora se les negaba de entre los hijos de quienes adoptaron la cruz. Declararon también que el castigo duraría hasta que su campeón fuese derrotado por el mejor caballero del reino. A partir de entonces, todos los años, invariablemente, un recién nacido desaparecía sin dejar rastro aún estando en la cuna frente a la mirada atenta de sus padres. Inmediatamente, caballeros de todo el reino comenzaron a partir en dirección a la Oscura Floresta para desafiar al campeón de los druidas y así terminar para siempre con los raptos, pero ninguno de ellos había regresado con vida de aquel desafío.
Bajo la escasa iluminación del bosque, los troncos de los árboles parecían hechos de hierro negro retorcido por manos de gigantes. Sir Galahad levantó la mirada para buscar la luz del atardecer, pero el denso ramaje se extendía sobre él como un millar de largos brazos cadavéricos que intentaban asirse a su alma. Poco después, la oscuridad envolvió al caballero solitario, por lo que se vio obligado a descender de su montura. Guió por las riendas al caballo que bufaba nerviosamente hasta que pudo ver un resplandor de fogatas en un claro. Como no esperaba encontrar gente alguna de bien en esas tierras hostiles, llevó la mano al puño enjoyado de su espada y desenvainó el fulgor de la herida. Con la espada en la diestra, Galahad salió al claro iluminado por grandes fuegos en donde vio a una multitud tomando parte en una celebración pagana. La multitud bailaba salvajemente al ritmo de címbalos y flautas alrededor de hogueras dispuestas entre enormes menhires de aspecto temible. Las llamas daban a los cuerpos de los danzantes un aspecto rojizo, de modo que más parecían demonios bailando en los infiernos que seres humanos. Cautelosamente, Sir Galahad avanzó entre la multitud extática que parecía no notar su presencia hasta que el ruido de un gran golpe sobre piedra interrumpió la música.
“—¡Un cristiano! ¡Un caballero! —gritó una poderosa voz desde lo alto de un menhir colosal —¡Un nuevo contendiente ha venido a desafiar a nuestro campeón!”
En lo alto de un monolito había un anciano druida que sostenía en la mano derecha un nudoso báculo de madera con el que daba golpes en la piedra. El caballero se preguntaba cómo era posible que aquellos golpes, en apariencia débiles, podían producir un sonido tan profundo que podía sentirse en los pies. El druida vestía una túnica raída de lana gris ceñida por un cinturón que sujetaba una gran hoz afilada para cortar fácilmente las hierbas necesarias para elaborar las pociones mágicas que son el orgullo de los druidas. En la cabeza solo le quedaban unos cuantos mechones blancos de cabello, pero su barba era tan larga que debía llevarla metida en el cinturón para que no le estorbara. Una espléndida piel de oso pardo le cubría los hombros a modo de capa.
“—¡Atended a su caballo! —ordenó el druida —. Que cansado debe estar por el viaje. Tratadlo con honor, pues buen corcel es, puedo verlo.”
“—Ciertamente, druida, menos cortesías me esperaba de paganos —dijo Sir Galahad.”
“¿Con cuántos paganos, oh guerrero, habéis tenido tratos para hablar tan ligeramente de sus virtudes? —respondió el druida desde lo alto.”
Un grupo de niños de todas las edades se acercó para llevarse el caballo de Galahad a un prado cercano donde abundaba el pasto. El caballero examinó con la mirada a los niños y quedó pensativo un momento. Luego alzó la mirada para preguntar algo al druida, pero el anciano había desaparecido.
“—Sé lo que pensáis, Sir Galahad —dijo una voz a su espalda.”
El caballero volteó y se encontró con un viejo druida parado frente a él, apoyado sobre su báculo, pero no permitió que ningún atisbo de sorpresa asomara a su rostro, pues ya había comprendido que estaba en presencia de algo fuera de lo ordinario.
“—Y la respuesta a tu pregunta es sí —dijo el anciano—, estos son los niños que los antiguos han tomado para castigar a los traidores.”
“—¿Dónde está mi hermana? —preguntó Sir Galahad con una voz gélida, apretando el puño de su espada —.”
“—A salvo, como todos los otros niños bajo mi cuidado. Pero solo podréis verla si sois capaz de derrotar a nuestro campeón.”
El druida golpeó el suelo nuevamente con su báculo. Inmediatamente, la multitud emocionada formó un amplio círculo alrededor del caballero, el druida y una gran hoguera. El mismo grupo de niños que atendió a su montura, ahora traía las armas que Galahad había dejado en el caballo. Uno de los pequeños, dando tumbos por el peso del escudo, se lo ofreció al caballero, mientras los demás se aseguraban de que su armadura estuviera correctamente sujeta al cuerpo, luego fueron a tomar sus lugares entre la multitud. Listo para el combate, Galahad se dirigió al druida:
“¿Dónde está vuestro campeón? —gritó el caballero mientras golpeaba el escudo con el dorso de su espada —. ¡Traedlo enseguida!”
El druida daba la espalda a Galahad, su silueta recortada sobre las llamas de la hoguera parecía completamente negra.
“Estáis frente a él —dijo el anciano, mientras bebía una pócima que sacó de entre sus ropas.”
Con un nuevo golpe de su báculo, su silueta adquirió dimensiones descomunales. De su cabeza brotaron largos cuernos retorcidos y su báculo se convirtió en un pesado garrote de dos manos. Lentamente, el campeón de los antiguos se acercó a su oponente. El anciano druida era ahora un guerrero cuyo imponente físico daba la impresión de poder dominar un toro con las manos. Galahad trató de buscar la mirada de su enemigo a través de lo que supuso era un gran yelmo con cuernos, pero descubrió que aquello no era un yelmo, sino un cráneo de ciervo con las cuencas oculares vacías. Incluso su respiración transmitía fuerza, pues cada exhalación del guerrero hacía brotar una nube de vaho desde las fosas nasales del cráneo con gran potencia. Nada quedaba de aquel viejecillo de aspecto frágil, salvo la piel de oso pardo que aún cubría los hombros del campeón. Pero Sir Galahad no se dejó perturbar por los encantamientos infernales del druida. Sabía que volvería al castillo paterno victorioso o no regresaría. El caballero asumió una posición de defensa tras su escudo.
“—¡San David! —gritó el caballero galés mientras lanzaba el primer golpe .”
Y el combate comenzó…






Deja una comentario