Era la trigésima tercer noche del sitio al castillo de Fagotland, cuando se escuchó un estruendo, parecido al despertar iracundo de un volcán. Proveniente del interior de las murallas, hizo resonar vitrales, rastrillos y pozos, e incluso, resquebrajó los altos de la barbacana, esparciendo un polvillo sangriento en la boca de la fortificación.
Las tiendas del ejército invasor, los Crúores Alados de Luxariar, y cuatro divisiones de infantería, se agitaron cual olas en tempestad. Los caballos azotaron sus crines, resoplando y relinchando con temor. Las fuerzas habían menguado en su tercera parte; la moral retrocedía, amenazada por la neblina que cubría las torres, almenas y matacanes de la imponente construcción enemiga. Aquel rugido, infundió en los soldados un pavor insostenible. En sus corazones, el niño que fueron quiso encontrar consuelo en las faldas de una madre invisible.
“Guardan un Droncoatl”, gritaban entre los piqueros. “Duerme entre los muros el antiguo león de Nehemeria”, susurró un capitán arquero a su segundo. “Entrar ahí será la muerte”, repitieron los hombres de armas que compondrían la vanguardia al amanecer.
El príncipe Fernián, la Mariposa Negra, como le apodaban, sardónicos, sus detractores, salió de su raída carpa y observó desafiante cómo la torre del homenaje contraria se perdía en una espesa nubosidad. Escuchaba las quebradas voces de sus soldados. No podía esperar a que los refuerzos de su vasallo, Lord Grión, el Señor Ojo, llegaran con la maquinaria de asedio. No podía permitir que esas fantasías doblegaran aún más el ánimo de sus combatientes. Cada hora que pasaba, perdía cien hombres, intentando sujetar las escalinatas de madera a las paredes exteriores. Los Rurales, burlando su propio mote, habían revelado ser una armada organizada, eficaz e insuperable en la defensa. Nadie sabía cuál era su secreto. Parecían ser cientos de miles los enemigos resguardados entre las vísceras del castillo; pero, según sus informantes, los Rurales no eran más que seis mil. Había pasado un mes… Era imposible que tuvieran los víveres necesarios para haber resistido el asedio. No era lógico. Mientras, el príncipe temía que sus propios hombres sucumbieran al canibalismo.
Su padre, el Rey Hordore III se lo advirtió: “nadie ha entrado en Fagotland durante tres siglos. El castillo es impenetrable: está maldito. Es mejor replegarse hasta que el Señor Ojo y los hombres del río se unan a nuestras fuerzas. Ir ahora, sin arietes ni catapultas, es estúpido, suicida, ¡arrastrarás a este reino a su destrucción!” Imposible. Tenían que recuperar el Este. La caída de Fagotland era lo único que el país de Tenebra no podría soportar. Era clave para frenar su avance y darle un equilibrio a la guerra. Así había partido La Mariposa Negra, maldecido por su anciano padre, secuestrando parte de la armada de su patria, aquellos que todavía lo veían como un líder digno.
Fernián llamó a sus generales. A su escudero, le ordenó que preparase la armadura de batalla, en la que había mandado a incrustar piedra de obsidiana, hasta formar en el peto la silueta de una mariposa. En la periferia del campamento, aún se quemaban los cuerpos de los soldados caídos el día anterior.
“Es… muy arriesgado, señor”, dijo Lord Borja, uno de sus más viejos vasallos, mordiéndose la lengua para no gritarle “loco”.
“No ha funcionado antes, mi príncipe… nada nos dice que servirá hoy”…
“Esa arma es ineficaz. Lo mejor es esperar al Señor Ojo, mi príncipe”.
“El ataque será antes del alba”, sentenció la Mariposa Negra.
Una macabra puesta en escena atestiguaba la luna: los Crúores Alados vestían a sus caballos, sujetando el bridón en silencio; los alabarderos, trémulos, intentaban recobrar el aplomo afilando las lanzas; los caballeros, según la tradición de Luxariar, se cortaban el párpado inferior para bañar su filo con una lágrima de sangre. A la par de esa representación mortuoria, los alquimistas cargaban las frutas de fuego: el arma a cuya naturaleza se afianzaba la fe del príncipe.
El lance comenzó a las tres de la mañana. Los alquimistas, intercalados entre los arqueros, cargaban las esferas terribles, tras los escudos de hierro de la infantería. Fernián, advirtió que, en las ventanas saeteras, no había movimiento. Los centinelas de las torres, parecían no haberse percatado de la formación de batalla. Quizá aquella niebla estaba, por fin, del lado de Luxariar, quizá ese sería el mayor acierto bélico en su historia, o quizá fuese una emboscada. No había tiempo para dudas.
La Mariposa Negra iba montado en Karkor, su inmaculado animal de guerra, y lo acarició antes de levantar su espada oscura y ordenar el avance. No hubo cuernos ni tambores, sólo la voz desnuda del príncipe, rompiendo la madrugada.
No obstante, antes de que la primera fruta de fuego fuese lanzada, el puente levadizo crujió, bajando con lentitud. “¡Alto!”, anunció el príncipe.
Los generales en vanguardia se alertaron, aferrándose a sus armas, esperando que tras la puerta principal, los recibiera en efecto, un gigantesco león o una serpiente antigua. Los arqueros de Luxariar, comenzaron a ver, en lo alto de las murallas de Fagotland, a medida que la niebla se disipaba, una imagen de pesadilla: los soldados enemigos no los apuntaban con sus armas, como había pasado día tras día; en su lugar, los observaban sonriendo, con los ojos brillando de verde, como sonámbulos felinos. Eran menos de cien. No podía ser cierto. Fernián, escudo avante y acero en lo alto, veía con odio el puente caer, preparado para avanzar, sin importar lo que hubiese tras las puerta.
“¡Hambre! ¡Hambre! Hambre!”, comenzaron a gritar los soldados de Tenebra en lo alto de los muros.
Los Crúores Alados, en retaguardia, se mantenían en vilo, escuchando esa grotesca cantinela.
“¡Hambre, hambre, hambre!”, las voces resonaban hasta el claro lunar.
El puente bajó por completo. El rastrillo de entrada ascendió, y los portones se abrieron, pero, bajo el arco que coronaba la pasarela, sólo había una oscuridad gruesa, como la piel de la mariposa en el corazón de Fernián.
“¡Hambre, hambre, hambre!”
De las profundas negruras del castillo, emergió de súbito una gigantesca forma larga y húmeda.
“¡Es un Droncoatl!”, gritaron aterrados los alquimistas.
Desde atrás, los caballos de los Crúores Alados, se inquietaron, belicosos.
“¡Hambre, hambre, hambre!”
El príncipe de Luxariar miró la enormidad babosa que se erguía frente a él, sin acabar de salir de la garganta del castillo. No era un animal legendario. Era una lengua.
“Nadie ha entrado en Fagotland durante tres siglos. El castillo es impenetrable: está maldito…”
Era la parte final de la defensa de Tenebra. Antes de ser cubierto por la mojada oscuridad de la muerte, Fernián entendió que los Rurales no eran soldados, sino parásitos, iguales a las pulgas de los perros. Habían extendido el asedio para que el castillo tuviera hambre. La niebla no era sólo niebla: era la respiración de una bestia viva. Las murallas no tenían piedras: tenían escamas. Fernián bajó su espada, derrotado. Su padre tenía razón: él había llevado su reino a la ruina.
El Señor Ojo llegó tres días después, en la noche trigésima sexta. Lo alarmó no encontrar en el camino ningún guardia o mensajero. Ninguna flecha perturbó su llegada. Cuando su ejército comenzó a arribar al derruido campamento de Fernián, en los bajos del castillo, no encontró un solo hombre. Sabía que el príncipe no se retiraría nunca, pero tampoco había cadáveres en el campo. Miró hacia Fagotland: en su torre del homenaje, dos ventanas paralelas se iluminaban de un rojo sanguinario. Le recordaron a los ojos enfurecidos de una criatura hambrienta. Descendió de su montura, y, bajo el suelo, le pareció sentir el gigantesco latido de un corazón.






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