Los tambores de la guerra anunciaron su llegada aquel atardecer de otoño. Eran estruendosos, como el rayo que anuncia tormenta. Aquella armada había avanzado sin descanso durante días, y ahora, estaban a solo un kilómetro de su destino, la que ellos pensaban sería su última batalla por aquellas tierras. Diez mil jinetes de rinoceronte liderados por un raptor. La caballería más poderosa de Azarath. La élite de la élite, liderados por la mismísima Atzara en persona. Ellos lo sabían. Todos y cada uno en aquella fortaleza veían la muerte frente a ellos. Sin embargo, no se inmutaron. Diez mil rinocerontes… que importaba. Aun así, no podían dejar de ser precavidos, muros de granito y puertas de acero no pararían una embestida de tales bestias. Estaban en desventaja y saberlo solo hacía que les hirviese la sangre; se habían dignado en pisar sus tierras, así que les darían un lindo regalo de bienvenida.

Para la señora de guerra, aquella era una cacería más. Se había vestido de gala para aquel encuentro. Mientras que sus jinetes vestían armaduras completas de cuero o acero, ella iba embutida en unas mallas traslúcidas de tonos oscuros.

—Cobardes aquellos que hacen la guerra desde lejos —, gritó al enastar su bandera, viendo a los ojos de la fortaleza: pozos de eterna negrura custodiados por dos motas plateadas.

Aquello no pasó desapercibido para los caballeros quienes salieron vomitados por las puertas, novecientos hombres armados con dagas torcidas y grandes espadas. Los yelmos en pico y chaquetas de cuero, el nombre de su casta.

Atzara volvió a su raptor, y la máscara rota esmaltada en la bandera desencajó una sonrisa cuando su señora gritó:

—¡Aplastadlos!

El valle se volvió un caos. La estampida de rinocerontes bajó la colina tras la carrera del raptor, —una victoria fácil —, pensó Atzara, pero el grito de cierto hombre hizo palidecer y sudar a la intrépida guerrera.

—¡Fuego!

El cielo se tiñó en negro mientras una lluvia de flechas cayó sobre la armada. Atzara logró evadirlas gracias a la agilidad de su montura, pero sus tropas no corrieron la misma suerte. La tercera parte de sus tropas yacían ancladas al suelo los las lanzas que eran flechas, y el resto habían roto la formación al dispersarse por la planicie a los pies de la colina.

—¡Voy a clavar mi lanza en tu cabeza hijo de puta! —, gritó mientras soltaba las riendas del raptor, momento en el que dos rayos rojos serpentearon los cielos hasta caer en sus manos, tornándose en dos lanzas envueltas en vendas sangrientas—. ¡Add, de esta no te escapas!

Atzara sonrió mientras tres de los caballeros volteaban en su dirección. Uno arremetió, pero ella saltó del raptor hacia los otros dos antes de que el espadón la alcanzara. El crujir de los huesos se hizo evidente, así como los gritos ahogados de los hombres al ser despojados del corazón y la pelvis. Atzara no se quedó quieta, se dio vuelta con una sonrisa y vio al caballero restante junto al raptor ahora decapitado

—Quedamos sólo tú y yo, cielo —, y sacó las lanzas del cuerpo de los caídos.
El caballero no respondió. Reposó su espada a lo largo de su brazo izquierdo y dirigió la punta a la cabeza de la mujer.

Mientras tanto, los jinetes habían logrado reorganizarse a medias, habían acabado con cuatrocientos pero el golpear y huir de los caballeros era incluso más desgastante, corrían entre los cadáveres como una jauría de perros, mordiendo y escapando cada que uno de los jinetes lograba darles el frente, habían decapitado a muchos y derribado a otros tantos, no sin perder hombres también, aquella carnicería se había vuelto una corrida de toros en equipos, donde ambos bandos habían perdido tantos miembros que la llanura se vistió de rojo y cuero gris, vestido que fue decorado con una nueva lluvia de flechas.

—¡Mantened la posición! —gritó Atzara al ver como las flechas cercaban un muro que hacía correr a los jinetes hacia las fauces de la fortaleza, cerradas de nuevo al tragarse a sus perros.

Aquello no podía llamarse descanso, si bien la lluvia de flechas había parado, eso sólo era posible al estar a la sombra de la propia Carthus, —a esta distancia es imposible hacer llover esas cosas— pensaba Atzara, hasta que dos impactos de proyectil volaron en sendas explosiones los flancos de la caballería. Segundos después, otra centena de jinetes y rinocerontes yacían muertos del otro lado del muro de flechas.

Atzara miró furiosa los muros, donde un arco largo de plata y un carcaj lleno de jabalinas acompañaban a aquel que le devolvía la mirada con ojos de grisáceo hierro. ¿Acaso era aquello lastima?

Un nuevo grito de guerra asoló aquella planicie. Los jinetes se formaron en «V» a ambos lados de Atzara mientras ésta volvía apretaba con furia sus lanzas.

—¡Cargad!

Impacto directo. La estampida despidió una lluvia de escombros que llegó hasta el muro de flechas levantando una nube de polvo y arena tan alta como la propia fortaleza, si es que a aquella media herradura se le podía seguir llamando muralla. Atzara avanzó despacio, vio a los jinetes acariciando sus monturas por última vez, haciendo lo posible para que dejaran de llorar. Huesos crujiendo, cuerpos aplastados, decapitados y mutilados. Esa era la música que el bardo del cielo le entregó antes de disipar el polvo, descubriéndola indefensa junto a sus hombres, rodeados por una jauría de dientes de acero afilado, garras de hierro torcido y un lobo de plata que los acechaba desde lo alto.

—¡Vamos cobardes, peleen!

Y así hicieron Atzara y sus hombres, lanzas y alabardas en mano formados en una esfera donde apenas podían moverse sin pinchar al que tenían al lado. Uno, dos… ya no valía la pena contarlos, incluso habían olvidado que ya no llovían flechas, las embestidas los empujaban de a poco al centro del patio donde incluso más lobos se unían a la jauría. Sin embargo, ni soldados ni caballeros conocieron la muerte entonces.

—¿Por qué no nos matan? —se preguntó Atzara, viendo que ya casi tocaban las puertas del salón principal.

Entonces, los caballeros tomaron distancia, tan rápido que casi parecían temerosos de algo. No, aquello había sido un fracaso desde el comienzo, ya no tenía sentido demorar aquello. ¿La dejarían viva entonces?

Las respuestas vinieron condensadas en una ardiente explosión que la mandó fuera de la muralla.

Atzara sólo pudo ver aterrada como los trozos calcinados de sus hombres caían desperdigados por todo el lugar.

Cuando pudo, arrastró penosamente su cuerpo hasta sus lanzas, y usándolas luego como bastones regresó al patio. Sólo quedaba ella en aquel mar de cenizas. Las lanzas se rompieron y ella cayó de rodillas, mientras la sangre comenzaba a brotar de sus labios. Somnolienta miró hacia abajo viendo como una larga hoja le atravesaba el estómago.

No sintió dolor. Ni siquiera cuando aquel hombre cubierto en metales plateados y capa azul le arrancaba el espadón del pecho. Sus ojos se cerraron con pesar mientras aquel que le daba muerte salía de la fortaleza, con su sangre aún fresca sobre la hoja, escoltado por el aullido de los lobos.


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