El elfo llamado Aranur cabalgó con furia a través de los restos calcinados de la ciudad de Shamnar hasta que por fin pudo dar alcance a Panegros, el dragón diamante, uno de los desterrados hijos de Kaudrull, la Serpiente del Caos. El viento abrazador agitaba su cabellera gris y la ceniza cubría su rostro marcado por la ferocidad de múltiples incursiones en contra de Ebraxys, el Imperio Brillante. Vestía una armadura de placas abollada y un abrigo de plumas de cuervo aleteaba sobre su espalda. El jinete disparó en repetidas ocasiones contra la creatura divina, pero sus flechas cargadas con potentes sortilegios de ponzoña y aletargamiento fueron repelidas por las impenetrables escamas, había enfrentado muchos enemigos durante su estancia en aquella dimensión pero nunca uno tan formidable como éste.

Mientras tanto, Artabax, el Invocador, armado con una vara reluciente volaba montado en un gran halcón de guerra creado a partir de hechicería tratando de convocar asistencia pues sus encantamientos anteriores tampoco habían surtido efecto alguno en la bestia.

—¡Vamos! ¿qué estás esperando? ¿también se te acabaron los trucos? somos los últimos defensores en pie y tú pierdes el tiempo de manera miserable, además, recuerda que me prometiste que cuando esto terminara me enviarías de vuelta a casa, estoy cansado de pelear tus batallas, creo que ya es hora de que comience a pelear las mías— gritó Aranur

—Esto toma su tiempo, mercenario, además, el ser un Elfo de la Bruma no te capacita para comprender lo que implica trabajar con las fuerzas que sostienen al universo, sé que algunos de ustedes son versados en la magia pero te he observado bien y me he dado cuenta de que no es lo tuyo, así que gana tu paga y haz lo que mejor sabes hacer que es pelear— respondió malhumorado el mago.

—Como gustes, veamos quien será el último en caer— murmuró el guerrero mientras trataba de rodear al dragón.

Panegros agitó sus alas con violencia y la ventisca provocada arrancó del suelo al combatiente y sacó de balance a Artabax quien terminó estrellándose de manera irremediable contra los escombros. Aranur maldijo y escupió sangre mientras se incorporaba para continuar, dio por muerto al hechicero y tomó una espada larga de entre la silla de su montura inutilizada. El monstruo vomitó potentes ráfagas blanquecinas cuya fuerza hacia vibrar los cimientos de las pocas construcciones a su alrededor. El elfo rodó esquivando cada ataque con atléticos movimientos pero de un momento a otro terminó por perder el aliento al no encontrar la manera de acercarse lo suficiente a la creatura quien comenzó a burlarse de él esbozando una sardónica sonrisa.

—Te he estado observando, escoria, sé lo que intentas, no me tomes por estúpido, no soy una vaca idiota a la que puedes montar y doblegar, juro que ganaré este maldito mundo para mi madre y todos mis hermanos, junto con tu vida—bramó el dragón.

El mercenario no respondió y el punzante aliento de la creatura divina llegó hasta él pero este no dio muestras de miedo pese al escozor que le comía la piel.

—No eres tan débil, basura inmunda, este mundo infecto pronto será mío y también tu tumba.

—No hagas promesas las cuales no puedas cumplir— respondió Aranur con resolución.

—¿Es todo lo que tienes mercenario? creí que podía esperarse mucho más de Aranur, el Destructor, el Usurpador, el Azote de la Serpiente, y me parece que no estoy exagerando —dijo una voz directo en la cabeza del contendiente sorprendido—. No, no te molestes ni te preocupes por mí, he guardado para ti mi último hechizo, sólo estaba esperando el momento, así que ve y termina con ese hijo de perra, ¡hazlo ya!, por cierto, nunca escuches a un dragón, la lengua de los hijos de Kaudrull puede ser veneno puro si les concedes demasiada atención.

La voz del invocador se fue diluyendo hasta convertirse en un murmullo y tras de Aranur se dibujó un circulo luminoso y de él emergió una inefable mujer de túnica celeste cuyos ojos eran dos abismos de paz y sabiduría, sin perder tiempo la fémina tendió en los cansados brazos del guerrero una gran lanza de metal refulgente y cristalino la cual parecía latir con vida propia.

—Esta es Borrasca, sólo puede ser utilizada por alguien destinado a terminar con los hijos de Kaudrull, no pierdas más tiempo y acaba con él, es todo lo que debes de saber, aún puedes defender esta realidad.

Aranur asintió y tomó la reluciente arma que la aparición le ofrecía para luego disponerse a atacar el punto débil de la creatura. Sin dudarlo, el combatiente arrojó el arma hacía su objetivo y esta silbó impulsada por la magia de la cual estaba imbuida perforando el ojo izquierdo del reptil hasta llegar a su cerebro, la creatura aulló y su dolor ardiente hizo eco entre las ruinas de la ciudad mientras su cuerpo descomunal se desplomaba sobre los escombros. El ganador gritó golpeando el aire para celebrar la victoria y luego se desvaneció, al despertar ya no había ciudad ni rastros del mago ni los restos de la bestia así como de la aparición convocada, ahora se encontraba en una habitación húmeda iluminada por una tenue flama, en el centro del recinto se hallaba Artabax quien vestía un jubón negro y al ver al elfo comenzó a aplaudir de manera pausada.

—Bien hecho mercenario, bien hecho. Tardaste un poco en aparecer y mientras las cosas se han complicado, ahora que nos deshicimos de Panegros sus hermanos y su madre buscan venganza y tratarán de esclavizar este mundo, tal como él lo intentó en Shamnar, me temo que aún no puedo dejarte ir debido a que nuestro destino está compartido con los de su especie y con el de muchos otros seres en el universo, digamos que mi trabajo es ponerle las cosas difíciles a los dragones y para eso he de convocar a diversos campeones, tú entre ellos.

—No es mi problema, yo sólo deseo regresar a casa y finiquitar mis asuntos, no me importa tu estúpida cruzada ni el universo,si no regreso con mi familia no me importa lo que pueda pasar al universo, o más bien, a tu universo— dijo Aranur mientras sus manos se crispaban.

—Entiendo, toma las cosas con calma, sé que te he dado muchas largas y a estas alturas sientes que me he estado aprovechando de ti todo el tiempo, nada más lejos de la realidad, todo ha sido con un fin mucho más alto del que crees, si ellos ganan no quedará a donde puedas regresar,ellos son poderosos e inteligentes, más de lo que puedas imaginar y por ello son una fuerza a combatir, por sobre todas las cosas, lo de Shamnar no fue más que una avanzada,no necesitan de un ejército porque cada uno de ellos lo es por sí mismo, imagínalos combatiendo juntos, sería el fin de todo, y con respecto a tu batalla no estuvo del todo mal pero debes tener en cuenta que no es lo mismo luchar contra hordas enteras de trasgos y soldados ebraxianos que contra dragones, eso ya lo aprenderás con el tiempo, claro, si es que deseas seguir colaborando conmigo, como ya te diste cuenta hacemos un gran equipo— dijo Artabax con cautela al tiempo que entregaba la lanza mágica al guerrero.

—¿Tengo alguna elección?

—Claro que sí, siempre la tuviste y mientras los dragones existan necesitaré de ti— dijo el mago mientras un rugido ya conocido por ambos hacía vibrar las paredes de la habitación.

—Mierda, aquí vamos de nuevo— refunfuñó Aranur.


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