En la sala de reuniones el rey estaba reunido con el Aldous, el hechicero y el general Manrique. Habían recibido la noticia de que un grupo de orcos tendió una emboscada a una partida de soldados.

—Me pregunto qué querrán esta vez… es raro que secuestren a todo un grupo.

—Seguramente pedirán oro o alimentos, quizás tengan problemas de suministros.

Sus conjeturas serían respondidas pronto, porque en ese momento se abrió la puerta y alguien entró por ella.

—¡Capitán! —exclamaron.

Un hombre vestido de soldado entró a la sala. Su uniforme estaba sucio y raído. Hizo una torpe inclinación antes de decir:

—Disculpe mi aspecto, majestad, estuve en ese calabozo varios días, creo…no quise demorar más las noticias.

—No te disculpes — dijo el rey — no sabés cuánto nos alegra verte. No te quedes de pie, sentate y servite algo para tomar.

—Gracias — dijo el capitán mientras agarraba una copa y se servía vino.

—¿Cómo están los otros? – preguntó el general —¿Tuviste contacto con ellos?

—Sólo con algunos, no estábamos todos juntos. Pero los que estuvieron presos conmigo se encuentran bien, al menos por ahora.

—¿Y por qué dejarían de estarlo?¿Qué quieren?

—Tengo las peticiones de los orcos. Liberarán al resto a cambio de una considerable cantidad de oro, alimentos y que cedan la región sur.

—¿Ceder la región sur? – exclamó el rey aferrando con fuerza los apoyabrazos de su sillón.

La región sur limitaba de forma directa con un campamento de orcos y siempre había sido el escenario de conflictos y enfrentamientos entre ambos bandos. En guerras pasadas, los orcos habían intentado tomar la ciudad por asalto, pero parecía que esta vez cambiaron de estrategia. Todos se habían quedado mirando al monarca, esperando que dijera algo acerca de las peticiones que acababa de oír.

—No cederemos terreno — dijo al fin.

—¡Exacto! – dijo el general dando un golpe en la mesa — permítame encabezar un ataque y pondremos fin a esto.

—No, si lanzamos un ataque abierto será una sentencia de muerte para todos los prisioneros. Debemos ser cautos — dijo tocándose el mentón en una actitud pensativa. Miró al hechicero interrogándolo.

—Puede enviarles el oro — dijo después de haber permanecido todo el rato en silencio- o al menos una parte y ellos lo tomarán como una muestra de voluntad para negociar. Incluso puede enviarles una contraoferta y así ganar algo de tiempo.

—Les enviaremos un mensajero y al mismo tiempo un ataque comando para rescatarlos. Lo dirigirás en persona — le dijo al general.

—Majestad, me gustaría participar — dijo el capitán — quiero ser parte del grupo que libere a mis compañeros y además ya estuve ahí, puedo ser de ayuda.

—Que te examinen primero, luego el general decidirá. A propósito, ¿qué pasó con Theo?

Theo era un bravo soldado que tenía en su haber varias batallas y había recibido reconocimientos por su desempeño, más de uno por el rey en persona. Era el tipo de soldado que podía definir el destino de una batalla.

—Él está bien, durante la emboscada soltó sus armas para que no dañen a nuestros compañeros. Él será el último liberado.

Lógico — soltó el rey con amargura. – No perdamos más tiempo.

Todos estuvieron de acuerdo. Levantaron la reunión y comenzaron los preparativos sin demora. El capitán pasó su visita médica y el general le dio permiso para acompañarlo en la misión. Reclutaron al resto del grupo, mientras el monarca preparó un cofre de oro para enviarlo con un negociador que les haría saber a los orcos de la voluntad del mandatario para negociar con ellos, ya que quería preservar las vidas de sus soldados. Al mismo tiempo, el grupo comando se dirigiría a la región sur para realizar allí sus últimos preparativos.

Antes de cumplir el plazo fijado por los orcos, partió el grupo de soldados junto al mensajero que llevaría el oro, quién contaba con una escolta. La comitiva viajó sin inconvenientes, ya que el trecho que debían recorrer no era zona en la que se desarrollen conflictos o a la que los orcos pudieran acceder fácilmente. Al llegar a la región sur, las puertas de la ciudad se abrieron para dejarlos pasar. El mensajero con el cofre esperaría allí a que el grupo de soldados se alistara. El general se ofreció a guardar él mismo los cofres en sus aposentos para evitar problemas. Al llegar allí, vio a un hombre sentado que parecía esperarlo. Dejaron los cofres en el piso y miró al sujeto.

—Theo ¿dónde están los demás?

—En la barraca ¿Cómo salió todo?

—A pedir de boca, allá ustedes son mártires que fueron capturados.

—¡Ah!¡Cuándo se enteren que no fue así! ¿Qué pudieron traer?

—Oro, soldados y algunas armas. Hay un mensajero que, en teoría, les llevará el oro a los orcos y una propuesta, y después la respuesta al rey. Pero en vez de eso, les llevará nuestro mensaje…¿Sabés que lo tomará como traición?

Eso es lo que es, pero al menos, controlaremos esta región — dijo mientras servía vino para ambos.


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