Christian bostezó y subió el volumen de la radio para no dormirse. La carretera, oscura y monótona, no ayudaba a mantener abiertos sus ojos cansados. El trabajo, como siempre, fue una porquería: su jefe le gritó por un error que no cometió, lo culparon por un fallo en el inventario, alguien se comió el almuerzo que tan amorosamente empacó su esposa y, encima, una paloma con infección estomacal decidió cebarse con la pintura recién encerada de su auto.

Debido a la falta de personal, se vio obligado a permanecer durante cuatro horas tras su turno y ahora debía conducir a casa, cansado, hastiado y hambriento. La aguda voz de Morten Harket lo ayudaba a paliar la somnolencia, enviándolo a los años de su adolescencia, cuando no era más que un chiquillo que bailaba sobre las mesas y cantaba a voz en grito, soñando con el futuro. Si hubiera sabido lo que le esperaba, se hubiese lanzado de un puente.

La carretera era oscura, muy oscura. Las luces de su auto dibujaban extrañas sombras sobre el pavimento, jugaban con su imaginación y comenzaron a ponerlo nervioso. En ese momento, la música de la radio se distorsionó, producto de una repentina interferencia que sonaba como voces lejanas y gritos guturales. Asustado, Christian giró la perilla de encendido, esperando callarla, pero eso sólo aumentó la intensidad de los extraños y aterradores sonidos. El dolor de sus oídos se hizo tan intenso que se vio obligado a frenar de golpe para cubrirse las orejas con las manos en un fútil intento por alejar al dolor. Apretó los párpados con fuerza, gritando para contrarrestar la presión en sus tímpanos sangrantes, pero eso no evitó que la cegadora luz que apareció frente a su vehículo hiriera sus pupilas.

El pánico lo invadió y se arrojó de costado sobre el asiento del copiloto, encogiéndose sobre sí mismo para huir de la luz, del ruido; demasiado desorientado y adolorido para comprender lo que pasaba. Entonces, el horrible sonido de las latas de la carrocería rasgándose como papel se sobrepuso al ruido de la interferencia en la radio y el techo de su vehículo salió volando como un trozo de basura. Una fuerza invisible, inmensa e imparable lo arrojó lejos, envolviéndolo como una manta, jalándolo hacia arriba sin que pudiese hacer nada para detenerla. El sonido era atronador, la luz cegadora. El viento sacudía su ropa y su cabello como si se tratara de un huracán. Christian quiso gritar, pedir ayuda, pero nada salió de su garganta hasta que fue irremediablemente arrastrado a la fuente de la luz.

En cuanto traspasó el portal, el silencio y la oscuridad lo envolvieron. Por un momento creyó haber perdido la vista y el oído a causa de la fuerza de la luz y el ruido anterior, pero al cabo de unos momentos notó que sus sentidos seguían ahí. Pequeños sonidos y una luz muy, muy tenue se hicieron presentes poco a poco y entonces sus ojos se acostumbraron lentamente a la penumbra. Se encontró tendido sobre una placa metálica en una sala circular, de paredes desnudas y aspecto aséptico, como un quirófano futurista. La luz provenía de una serie de diminutos focos a ras de piso que imitaban la suave luz del amanecer y le permitió notar que se hallaba desnudo y atado con gruesas cintas blancas a la camilla.

Por su mente pasaron las imágenes de todas las películas y series que alguna vez vio sobre secuestros extraterrestres y su corazón se aceleró al pensar en lo que venía. Un Sudor frío cubrió su piel al imaginar las sondas introduciéndose en su cuerpo, el dolor de los escalpelos abriendo su piel durante la visección, la sangre caliente y espesa dejando sus venas, robándole la vida con cada segundo. Imaginó criaturas horribles, con garras y dientes, o quizás seres fríos y sin compasión, grises, con ojos enormes… ¿de qué clase serían sus captores? ¿de qué planeta? ¿serían algo como Alien o más parecido a Depredador? ¿querrían su cuerpo para experimentar con él? ¿para utilizarlo como incubadora? ¿para devorarlo? Cada pregunta sonaba más ridícula que la anterior, cada teoría más loca. El miedo crecía y crecía, haciéndolo sollozar de puro pavor. El tiempo pasaba, se arrastraba y la expectativa lo tenía al borde de un colapso nervioso.

Christian sollozó y se removió, intentando inútilmente librarse de sus ataduras. Las cintas lo envolvían con fuerza sin lastimarlo, pero su desesperación hacía que se enterraran en su piel y abrieran heridas superficiales que mancharon la nívea superficie de sangre. En ese momento, las puertas se abrieron y Christian se encogió en su lugar con los ojos muy abiertos y la sangre congelada en las venas. Dos figuras, altas y esbeltas entraron en la estancia y se acercaron a él en completo silencio. Sus rostros estaban cubiertos por sendas máscaras de apariencia metálica que imitaban rostros humanos fríos y serios que lo observaban con atención. Un extraño valor lo invadió y decidió que, si moría, al menos daría pelea y no se entregaría como un corderito en el matadero.

—¿Quiénes son ustedes? ¿Por qué me trajeron aquí? ¿Qué piensan hacer conmigo? —gritó furioso. Ellos continuaron mirándolo fijamente, sin responder y ante el pesado silencio de sus captores, Christian se desesperó— ¡Contesten, hijos de puta!

—No es necesario que te exaltes, hermano…— dijo una voz serena, de marcado acento sureño. Christian se congeló y su mandíbula cayó al ver cómo se quitaban las máscaras, dejando ver rostros MUY humanos, más comunes que corrientes. Uno de los hombres tenía el rostro surcado de cicatrices, mientras el otro lucía mayor, con las sienes pintadas de plata y un par de arrugas surcando su rostro

—No queremos hacerte daño— el mayor de los hombres hizo un gesto con sus manos y las cintas desaparecieron, al igual que sus heridas.

—Pero…pero… ¿qué son ustedes? — exclamó, sentándose sobre la camilla, de pronto muy consciente de su desnudez. El chico de las cicatrices sonrió y una delgada tela brillante se adhirió a su piel, cubriéndolo.

—Somos humanos, igual que tú— explicó, para sorpresa de Christian— Venimos de nuestro planeta de origen para liberar a la raza humana de la condena a la que fue sometida hace siglos…— ante la mención de un “planeta de origen”, el ceño de Chris se frunció profundamente.

—¿Qué? — exclamó confuso.

—La Tierra no es nuestro planeta de origen, hermano— continuó explicando el chico, sin inmutarse por la expresión de desconcierto en el rostro de Christia

—Los humanos provenimos de otro sistema solar, muy lejano a este.

Tristemente, nuestra raza fue condenada al exilio y al castigo eterno por un grave incidente intergaláctico con una raza inferior y por siglos ha estado recluida en este infierno. Pero, ha llegado el momento de regresar a casa— afirmó.

Christian jadeó, sin poder dar crédito a lo que escuchaba. ¿Otro planeta de origen? ¿Crímenes intergalácticos? ¿Humanos con poderes supernaturales? Todo sonaba tan extraño, y a la vez tan lógico. El relato de los seres extraños coincidía con todas las teorías de conspiración que hablaban de visitas extraterrestres en la antigüedad… ¿Y si fueron ellos? ¿Y si nunca fueron extraterrestres? ¿Y si fueron humanos los que ayudaron a prosperar a las antiguas civilizaciones? ¿Y si lo hicieron para asegurarse que la raza humana sobreviviera al nuevo y hostil ambiente que los recibió en la Tierra? Su cabeza daba vueltas, pero, finalmente una sola pregunta condensó todos sus pensamientos.

—¿Por qué yo? — preguntó, ganándose una sonrisa de parte de sus captores.

—Porque eres uno de los elegidos— afirmó el chico joven— Tienes el honor de ser uno de los primeros rescatados…— el pecho de Christian se llenó de orgullo. Era un elegido. Alguien importante, alguien valioso. “Chúpate esa, jefe”, pensó salvajemente, sonriendo muy amplio.

—Entonces, díganme qué debo hacer…— pidió ante el beneplácito de los hombres. Le indicaron con un gesto que los siguiera y Christian obedeció de inmediato, caminando con el rostro en alto y el pecho henchido de orgullo. Los hombres compartieron una mirada y sonrieron por lo bajo.

—Qué sencillo es engañarlos…— afirmó Kael en la mente de su compañero.

—Silencio, tonto. No queremos que se asuste. Su carne se vuelve amarga cuando mueren asustados…— reclamó Vialen y el más joven asintió, siguiendo alegremente a la cena en dirección a la sala de preparación.


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