La señorita Sara entró este martes a las once de la mañana a su consulta psicológica habitual, sin demoras ni contratiempos. La recibí en la puerta, como de costumbre. Debo admitir que la noté más nerviosa de lo normal, y ya es mucho decir para una ansiosa auto diagnosticada.

Tomó asiento con su acostumbrada postura tímida de piernas cruzadas y sus brazos cubriendo lo más posible del cuerpo—Tuve un sueño, o bueno, recordé un sueño—Me dijo casi de inmediato—Creo que sí lo soñé…

—Muy bien Sara, explícame porque no te estoy entendiendo—respondí tranquilamente, con ese tono de voz con el que intento demostrar interés y al mismo tiempo paz.

—Es que es un recuerdo, así se siente, pero al mismo tiempo sé que no lo es—comenzó a contarme—O sea, recuerdo que hace unos meses estaba en San Rafael, visitando a mis abuelos. Ya ve usted que en ese pueblito hay más vacas que personas. Es tranquilo y, de cierto modo, relajante. Me alejo de internet, de las redes y de las noticias desagradables de todos los días… Bueno, el chiste es que en algún momento de una noche super despejada, donde se ven los colores del cielo, las estrellas y la luna, ojalá hubiera noches así en la ciudad… perdón, esa noche escuché un ruido extraño. Me refiero a extraño para el pueblo, porque era muy similar a una compuerta de elevador abriéndose, o como cuando un juego de un parque de diversiones comienza a funcionar y se escuchan los pistones y los engranajes a moverse. Así se escuchó, seguido, claro, del mugido de un par de vacas. Me asomé para ver el patio, la casa de mis abuelos es una de rancho, vieja, con todo el terreno usado para el ganado, a unos doscientos metros de donde estaba mi ventana se ve el establo de madera que mandaron a hacer hace como veinte años. Por ahí también se ve la casa de mi tío Juan. Se ve pequeña, como si fuera de muñecas. Es el único de los hermanos que se quedó en el pueblo a cuidar a mis abuelos, y creo que por eso está siempre tan enojado… El chiste es que pude ver una luz muy fuerte viniendo de allá, de su establo. Estaba tan curiosa por saber qué era ese sonido de tecnología que escuché en ese pueblo donde de tractores no pasan, que salí a ver de qué se trataba. Mientras corría en dirección a la casa del tío Juan, del sonido y de la luz, pude ver una vaca en el aire. Sé que se va a reír, pero la vi, en el aire, suspendida, estaba rodeada de esa luz blanca tan fuerte y medio cegadora. Cuando la vi solté un gran grito y fue como si eso lo cambiara todo. La luz se apagó y entonces pude ver mejor… arriba, en el cielo, se vio perfectamente una nave, con luces y todo. En San Rafael no hay contaminación, ni cables o edificios que no dejen ver. Era eso, una nave. La vaca golpeó el suelo, fue como una sandía lanzada desde el segundo piso. La nave, redonda y brillante, se movió, se puso frente a mí y después mis recuerdos son vagos, mi sueño… lo que recuerdo del sueño. Recuerdo criaturas con dedos largos, sin pelo. Recuerdo ojos grandes y negros.

Recuerdo aparatos, luces, sondas, todo sin un orden en específico, después recuerdo despertar en la cama, en la casa de mis abuelos. Al bajar mi abuela se burló de lo tarde que me levanté, era la una de la tarde. ¿Qué significa, doctor? ¿Es normal?

—Sin duda es un sueño interesante—le dije—me parece extraño ¿Qué pasó con la vaca al día siguiente?

—Nada, no había vaca explotada ni faltaba alguna en el ganado—respondió.

—Claramente fue un sueño—se rió conmigo—mencionaste que tu tío Juan es el único que se quedó en casa de tus abuelos, todos los demás, incluido tu padre, se fueron.

—Así es.

—A la ciudad, donde hay tecnología, máquinas, formas distintas de vivir y de pensar ¿Correcto?

—Correcto.

—Tu sueño es simple, representaste la huida de tu papá de ese lugar, como si hubiese sido raptado por extraterrestres para ir a un mundo de tecnología fuera de esta galaxia. Sentiste un poco de empatía por él—Le expliqué.
Ella rió un poco más y dijo—mi mamá sería un alíen, entonces.

—¿Por ella salió de ahí?

—Sí, mi abuelita dice que se lo robó.

—Como se estaban robando a la vaca—continué— ¿Lo puedes ver?

—Eso me convierte en mitad alíen—se puso a reír y guardó silencio al ver que yo no reía—Es que se siente tan real, más como un recuerdo que como un sueño—me dijo al fin.

—Tal vez porque también te sientes raptada—le dije— ¿De dónde te sacaron? ¿Y quién te raptó? ¿Será que te sientes más cómoda en San Rafael que en la ciudad?

—No realmente—me dijo—No sé qué sea, me gusta el pueblo por uno o dos días, después me desespera la falta de internet.

El resto de la sesión se concentró en hablar de su adicción al celular, a las redes sociales. Se concluyó que el rapto simbolizaba como la tecnología la sacaba de la naturaleza y de la realidad. Sara decidió alejarse de las redes sociales y conectar más con su entorno.

La paciente se retiró de buen ánimo, confiada de que aquello fue un sueño y de recibir un avance en su vida. Yo, en cambio, me dirigí al escritorio y saqué de uno de sus cajones el aparato que me dieron cuando me reclutaron, me comuniqué con ustedes como me ordenaron. Al final ella sigue confiando en mí y logré distraer su mente de aquella noche y de su origen. Les aseguro, que todo esto lo considera un sueño y no más. Está todo bajo control.


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