Mi abuela, gran creyente de los mitos y leyendas, solía contarme las historias de su pueblo, de los embrujos y pociones que hacía la bruja del pueblo y del desdichado de José, quien por el embrujo de un amarre lo perdió todo, hasta su pobre y desdichada alma, decía mi abuela entre suspiros melancólicos, como si de un viejo amor se tratara, pero más que la llorona y el mal de ojo, lo que en verdad me aterraba era cuando me contaba aquellas historias donde mortales, ambiciosos y estúpidos, robaban las lagañas de los perros o gatos en busca de la verdad, de los espectros y fantasmas que nos rodeaban.

Mi abuela falleció en un noviembre frío y triste y con ella la sal en la entrada, las velas blancas, y las oraciones nocturnas.

Crecí y poco a poco fui olvidando su voz ,su sazón y sus historias. Nos mudamos de casa dejando atrás los pocos recuerdos que tenía de ella.
Mi madre se hizo comadre de las vecinas y mi padre se inmiscuía en apuestas de fútbol, por lo general perdía.

Un nuevo vecino llegó al barrio. Don Martín Fernandez, se presentó cuando lo invitaron a una carne asada que organizaba mi madre.

Tocó el timbre, tenía un porte raro, tieso como si el caminar fuera algo nuevo para él. Su ropa parecía sacada de alguna película de Pedro Infante, pero no éramos gente que juzgaba y como acá hay tanta gente rara, no dimos mayor importancia hasta que Camila, mi gata siamés de ojos azules, se encrespó al verlo antes de salir corriendo como si de un Doberman escapara.

—Gata loca— dijo mi madre a modo de disculpa.

—No se preocupe, los animales y yo no empatizamos.

Nadie habló del tema, no había nada de qué hablar. Yo ocupado en mis asuntos convencía a Lola para que se fuera conmigo por ahí, solo nosotros dos, pero ella insistía esperar hasta el matrimonio.

Todos se fueron poco a poco a altas horas de la madrugada, riendo y bromeando hasta que los perros, acostumbrados a los borrachos, empezaron a ladrar como locos, todos iban en bola, así que nadie prestó atención.

Don Martín empezó a frecuentar la casa, era el nuevo “ reparador” de la colonia: si había una fuga de agua el la reparaba, una coladera tapada,un piso flojo o un boiler que no prendiera, pero nada que involucrara tener contacto con los animales.

La pobre de Camila huía despavorida apenas y escuchaba llegar a este hombre y podía pasar días enteros en su escondite antes de animarse a volver a salir, también se hizo costumbre que los perros le ladraran o salieran huyendo con la cola entre las patas apenas lo olieran.

Ese día Lola y yo nos fuimos abajo del puente, por suerte mía ninguna otra pareja nos había ganado. Ella, recargada sobre la pared, me dejaba besar sus labios, su cuello mientras mi pelvis empujaba la suya. Yo empezaba a desabotonar su blusa, empezaba a ver su sostén blanco cuando una voz antinatural nos interrumpió.

Una voz gutural, grave, casi de terror hablaba un idioma extranjero. No entendimos ni una palabra de lo que dijo, pero la sensación que nos dejó, una sensación de que algo malo pasaba pudo más que mis ansias de Lola, ella me pidió casi llorando que la acompañara de regreso a su casa. En el momento no dije nada pero cuando íbamos caminando juré ver a Don Martín saliendo del puente o mejor dicho, vi una sombra con su raro caminar.

Después de eso, entendía un poco a la pobre de Camila, de poder, evitaba cualquier contacto con ese hombre pues también estaba el hecho de que cuando nadie veía, a partir de aquella noche, Don Martín se me quedaba viendo tan profunda e intensamente que sentía como si estuviera hurgando en mi alma, mis secretos, mis deseos, los recuerdos de mi infancia, las piernas de Lola.

Tanto “hurgaba” en mí que poco a poco los recuerdos de mi abuela volvían. Su olor a perfume de lilas, el rosario en su puerta, sus historias…

“Estás loco, Antonio” me dije a mí mismo mientras acariciaba a Camila. Eran puras historias a la hora de dormir, pero los ojos azules de Camila, esa mirada profunda de gata, me incitaba cada día un poco más a hacer aquello de lo que mi abuela me advirtió, pero tenía que hacer algo, las visitas de Don Martín cada vez eran más frecuentes, ya no solo para reparar algo sino también para platicar con mis padres, y cada vez me costaba un poco más de trabajo poder estar en el mismo espacio que él, era como si ya no tuviera que estar cerca para hacerme enloquecer…

“En fin… son puras historias, nada pasará” repetía como plegaria mientras le pedía a Cami que me enseñara lo que ella veía, que por un momento, me permitiera tener su mirada de gata y ella de algún modo aceptó.

Con un hisopo, recogí una pequeña lagaña y sin saber cómo funcionaba, la distribuí entre mis dos ojos.

Al principio, no noté ningún cambio, pero pasados unos minutos, todo se veía diferente, más nitido, en colores grisáceos, mi mirada buscaba algo, sin saber qué y de pronto, sombras aparecían entre las esquinas, sombras que parecían de otros mundos pero que parecían inofensivas, como si ambos mundos estuvieran coexistiendo en paz.

Fui a la cocina donde mamá se reía de algo que le había contado Don Martín.
No aguanté más cinco segundos, el me sonreía como si supiera lo que había hecho, pero lo vi, lo ví en verdad…esta creatura alargada, grisasea y de ojos negros que paralizaban, la sonrisa de dientes punteagudos cuales colmillos, pasba sus “manos” por el cabello de mi madre…y ella no lo notaba.

Y como si de algún tipo de telepatía se tratara, me dijo algo en aquél idioma, y aunque no lo entendí, el terror se apoderó de mí.. salí corriendo como lo hacía Cami, grité por toda la calle, pero nadie me creyó… nadie me cree y ahora, estoy encerrado entre estas paredes hablando con usted, mientras él sigue libre…

Y con las manos atadas, atrapado en este horrible uniforme blanco, lo único que puedo decir, advertirles, aunque no me crean, es que ellos están aquí.


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