De alguna forma, tal vez con mucha suerte de su lado, lograron escurrirse hasta un lugar seguro y sin testigos alrededor para discutir su siguiente paso, un tema muy delicado, tomando en cuenta sus circunstancias. Sólo pensar en el castigo, hizo que Saeri sintiera ganas de vomitar, pues su vida nunca volvería a ser la misma. Por mucho que consiguieran deshacerse de las pruebas, su conciencia nunca le abandonaría.

—¡¿Me escuchaste?!

Eiran la sacudía para hacerle entrar en razón.

—¿Eh? Pues…

—¡Atenta! Mira, se ve mal, pero te necesito conmigo. Por favor, no me dejes cargar solo con esto.

—Sí, ya… perdón. Es que…

—Te pregunté si será mejor el basurero o la alcantarilla.

Ante la nula respuesta de su hermana, Eiran aceptó que cargaba con dos pesos muertos y todo dependía de sus decisiones. La primera opción quedaba lejos y cada noche caían miles de desperdicios, por lo que sería perfecto para esconder el cuerpo. Por otro lado, arrojarlo al drenaje de la ciudad permitía deshacerse del problema ahora mismo, pero demasiado cerca de su hogar.

—Vamos al basurero, es una apuesta arriesgada necesito que dejes esa cara de culpable.

Eirán la jaló para que avanzara, mientras él siguió empujando la evidencia: un cuerpo demasiado raro, duplicándoles la altura, con sólo un par de brazos y piernas, por no mencionar lo que parecía ser su cabeza cubierta con una extraña textura y varios envoltorios suaves sobre su piel, que era de un color tan raro… Nada de esto era culpa de los hermanos, sólo tuvieron la pésima idea de jugar en el sitio equivocado y descubrir que uno de sus vecinos escondía un portal clandestino, de esos que tantas veces les advirtieron.

—¡Espera! — Ella le jaló para que retrocedieran— Ahí viene un transporte de guardias.

El vehículo pasó de largo. Todos sus tripulantes iban armados con paralizadores; esas cosas de verdad podían hacer mucho daño, sin importar la edad del sospechoso. Avanzaron lejos de todas las luces posibles, sólo escuchando el sonido levitatorio del contenedor, cada uno pensando en qué historia podrían inventar si alguien veía a dos jóvenes con esa caja tan grande. ¿Basura? ¿Mudanza? ¿Mercancía?

—Alguien debería denunciar esa casa y su portal.

—¡No seas tonto, Eiran! ¿Cómo vas a…?

—Puedo dar un aviso anónimo y escapar antes de que las cosas se pongan feas.

—No funcionará y lo sabes. Lo mejor es quedarnos callados, eliminar esa cosa y listo. ¿O crees que serán considerados con nosotros por esa información? Los Ejecutores no son así.

Al ver el arco reluciente, distinguieron el portal y la curiosidad ganó, como suele hacerlo en todas las especies del universo. ¿Y si lo atravesaban sólo por un segundo? ¡Lo suficiente para tomar algo del otro extremo y presumirlo como trofeo! Ahora se daban cuenta de que fue la peor idea de sus vidas, pero se complicó cuando el portal hizo más que activarse. Fue tanta la energía que sintieron cómo les succionaba para tragarlos y tuvieron suerte de sostenerse al marco de la puerta.

Sin embargo, la vida fue cruel al otro lado. Un humano seguía su rutina nocturna, recomendada por el médico para evitar enfermedades a corta edad. Orgulloso de su buena salud, aceleró por el parque solitario de béisbol y de pronto, fue succionado muy lejos de casa, sin posibilidad de regresar.

Aunque su resistencia física le permitió soportar lo vertiginoso del viaje sin morir, el repentino cambio de atmósfera acabó con sus pulmones, mientras los dos venusianos le observaban agonizar. En segundos de agonía, no tuvo oportunidad de apreciar que era el primer humano en el planeta y mucho menos, las maravillas de su civilización subterránea con tecnología suficiente para blindarse contra el clima exterior.

Llegaron a los límites de la ciudad. A unos cientos de metros comenzaba el terreno llano, hecho de roca infértil y seca. Ahora, las cosas se complicaban más, pues aunque el número de habitantes era muchísimo menor que en el centro, también les haría sobresalir demasiado ante cualquier ronda de vigilancia que llegase a pasar por casualidad. Saeri fue adelante para observar las calles.

—Ay… ¿de verdad?

Eiran vio que la batería del improvisado sarcófago estaba por agotarse, dejando su función anti gravedad. Demasiado pesado para arrastrarlo, pero ¿cómo iban a saberlo? Esa caja también la robaron, ¡imposible detenerse a comprobar detalles así! Ella notó su preocupación y esta vez, ninguno pudo controlar el pánico.

—¡No vamos a llegar, tíralo a la alcantarilla! —pidió Saeri.

—¡Baja la voz! Está bien, vamos a tirarlo aquí y ahora.

Usaron la poca batería restante para esconder el contenedor en un área menos abierta a miradas indiscretas. Con sonidos mecánicos, le abrieron para revelar el cuerpo. Estaba comprimido y para horror de los venusianos, movió una mano en actitud suplicante, mientras su garganta emitía sonidos extraños. Estaba agonizando en ese ambiente.

—De verdad fue un accidente, no queríamos…

—Hermano, es imposible que entienda nuestro idioma.

—Al menos quiero disculparme…

—¡No hicimos nada malo!

El humano vio a las criaturas darse empujones entre sonidos guturales cada vez más fuertes que le lastimaban los oídos. Por último, lo tomaron entre sus deformes extremidades para llevarlo a un agujero. Antes de desaparecer en las profundidades del planeta más cercano al sol, recordó la semana anterior, cuando había visto una película de extraterrestres donde experimentaban con humanos. Al parecer, su suerte fue distinta y no sabía si alegrarse o culpar al destino caprichoso.

Mientras, muy lejos a la distancia, se compartía su foto en redes sociales para denunciarlo como desaparecido, sin saber que estaba muy lejos de cualquier explicación que la frágil mente humana pudiera dar a la vida oculta en otros planetas.


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