Una de las primeras películas que vi con mi papá, o al menos de las primeras que tengo memoria fue E.T. El extraterrestre.
Al ser una niña un tanto solitaria, después de ver esa película, se podría decir que me obsesioné un poco con estos seres provenientes del espacio exterior: cada que salía a la calle con mis padres miraba fijamente el cielo en busca de algún platillo volador que me trajera un amigo. En aquellos momentos no importaba que fuera feo y algo tétrico como E.T o graciosos y peludo como Alf (otra serie que no podía faltar en la programación familiar), yo sólo deseaba con toda mi alma tener a alguien que sintiera lo que yo sentía, a alguien con quién platicar hasta la hora de dormir, alguien a quien llamar mejor amigo.
Evidentemente esta obsesión sólo hizo que los demás se burlaran y se alejaran más de mí y en este círculo vicioso, mientras más me molestaban, más me obsesionaba con la idea de poder encontrarme con un alienígena.
Entre tanta obsesión, en algún momento, en un programa de televisión dedicado a comprobar la existencia de extraterrestres, apareció la palabra “abducción” y aunque a tan corta edad no lograba terminar de comprender el significado de aquella palabra, las pesadillas comenzaron a atormentarme cada noche cuando mis padres apagaban la luz: sueños en donde un alienígena fingía ser mi amigo para poder hacerme prisionera en su nave espacial; sueños de experimentos, máquinas, tubos y sangre; sueños en donde estando encerrada en habitaciones metálicas gritaba y nadie me escuchaba.
Fueron tantos los gritos y los sudores nocturnos que mis padres decidieron hablar conmigo y decirme una “verdad” agridulce: “los extraterrestres no existen” dijeron acompañado de un beso de buenas noches. “Y como no existen nadie te podrá hacer daño” continuaron mientras me arropaban. “Nadie te llevará a otro planeta ni hará experimentos contigo” dijeron mientras me pasaban a Teddy, mi osito de peluche.
Aquella noche no supe si sonreír o llorar, pues si era verdad lo que ellos decían, y no había duda de eso, si bien nadie me secuestraría ni me torturaría, tampoco tendría a quien poder llamar mejor amigo.






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