Carlos E. H. García

La luna estaba por llegar a su punto máximo. Amarilla, fría, cobijada por nubes pasajeras. Era la más grande del año, la más bella, y la más odiada por los habitantes de Río Colorado. La gente corría en la plaza del Santo sin rostro, buscando donde acomodar la mesa de roble, lo más alejada de la iglesia de la Virgen de los colonos de Allende, pero por debajo de la gran luna amarilla tenía que estar de frente al naranjo que tanto le gustaba. El invitado era muy especial, no lo querían hacer enojar.

Don Lino Vargas se enjugaba el sudor con un pañuelo percutido. La noche era fría, el viento taladraba la ropa, y los nervios ardían como leña. Tenía que proteger a su gente. Le había pedido a Pablo Orozco que estanoche no se presentara, es más, para estar seguros que ni estuviera en los alrededores, que se llevara a sus santos de yeso, los crucifijos, la biblia y todo lo que fuera religioso, no quería molestar al invitado. Aquí y allá se escuchaban maldiciones y plegarias en susurros. Todos llevaban algo en las manos. Platos de oro, vasos de plata, joyas, carne cruda, cubetas con sangre.

Los faroles en las calles se apagaron, y como respuesta encendieron lámparas de brea que rodeaban la plaza de aquel santo que no los escuchaba. Doña Magda acomodó el mantel sobre la mesa y los cubiertos envueltos en servilletas de tela. Antes eran más de doscientas almas, pero desde que aquella cosa llegó, se fueron marchando poco a poco buscando una vida mejor. Se miraban los unos a los otros, viendo el fuego brillar en la película de sudor del que tenían al lado. Se encontraban nerviosos, mordiéndose los labios, comiéndose las uñas y jugando con los dedos de las manos.

A lo lejos, por la avenida del Nopal, aparecieron tres sombras con los ojos brillosos por la rabia. Mephisto, Lilith y Vaehl, los tres lobos que acompañaban a la bestia. Una neblina oscura y espesa comenzó a bajar desde los cerros y a reptar los tejados de zinc, carcomiendo la pintura de las paredes. Poco a poco se fue moviendo por los techos de lámina hasta llegar a la mesa y formar un bulto. En un abrir y cerrar de ojos se fue disipando la espesura de la niebla y apareció un hombre alto, flaco, con cadavéricas manos, piel pálida, escasos cabellos que le colgaban de las sienes y una boca diminuta que se le dibujaba en el rostro alargado. Aquella cosa se hacía llamar Sir Arthur Swamp.

El pueblo hizo una reverencia al verlo sin perder el miedo que siempre les causaba. Arthur Swamp los observó con aquel asco que muestra una persona al ver a las ratas. Fue directo a su silla de roble con los lobos pisándole los talones, viró a todos lados para cerciorarse que la iglesia estaba lejos, levantó la vista y miró que la luna la tenía de sombrero, fijó la vista enfrente para ver el árbol que tanto le gustaba. “En nombre de Río Colorado”, comenzó don Lino Vargas, “Le damos la bienvenida a…”. No era algo nuevo. Desde hace cinco años Sir Arthur bajaba desde algún punto de los cerros para pedir oro y comida, a cambio de dejarlos tranquilos las noches sin luna.

Jose López, el policía de Río Colorado le entregó un cuaderno grande con pastas negras y letras doradas. En él, estaban escritos los nombres de todos los habitantes del pueblo (subrayados con tinta roja los que ya habían muerto). Y comenzó: “César Alcantar.” dijo con aquella voz lejana. El señor Alcantar era un ganadero próspero en un pueblo chico. Llegó hasta el hombre flaco y le ofreció una vaca gorda. Sir Arthur la miró y la aceptó, lo despidió con un movimiento de mano y pronto mandó a llamar a otro, mientras los lobos se peleaban por la vaca. “Margarita Aguilar”, y la bella joven se acercó a Sir Arthur cubierta por un velo negro y le entrego una bolsa con monedas de oro rozando aquella mano fría. Fueron pasando por orden alfabético, algunos entregaban oro, otros animales, sangre, o carne cruda. Lo impresionante llegaba cuando era el turno de algún desafortunado que no tenía cómo pagarle a la cosa que se hacía llamar Sir Arthur Swamp. Tenían que entregar a un hijo pequeño, al monstruo le gustaba la carne tierna.

Todo ocurría demasiado rápido. El niño tenía que ir hasta donde la bestia lo miraba con aquellos ojos oscuros como la obsidiana, le comenzaban a crecer los dedos flacos hasta convertirse en garras. El pequeño temblaba, Arthur abría la boca de una manera inhumana y le crecían los colmillos; el niño lloraba cuando miraba ese rostro, y todo el pueblo se tapaba los ojos, mientras se escuchaban los gritos de los niños al sentir como Sir Arthur clavaba los dientes en sus cuellos; les succionaba la sangre y les arrancaba un pedazo de carne. Cuando le entregaban bebés, no dejaba ni los huesos. Aquel monstruo flaco iba engordando conforme pasaba la lista. La mayoría de las personas prefería entregarle oro, joyas y piedras preciosas. Así fue comoamasó toda su fortuna. Pero cada vez exigía más dinero, más oro, más carne, más sangre, y sobre todo más niños.

Siguió pasando su dedo largo sentenciando nombres cuando llegó a su favorito. “Humberto Frías”. Todos en Río Colorado le habían dicho a Humberto que aquella noche no se presentara, que se escondiera en su casa y rezara. Que ellos dirían cualquier cosa. “No está”, “ya no vive en este pueblo”, gritaron algunos. Sir Arthur chasqueó los dedos y los lobos saltaron hacia la multitud y comenzaron a olfatear, aquel hombre tenía un olor peculiar, no era miedo, sino tristeza, mucha tristeza. A la luz de la luna todos se parecian, eran bultos negros. Siguieron olfateando hasta que encontraron a la sombra llamada Humberto, la persona más triste de Río Colorado. No tenía trabajo, ni tampoco dinero, de los siete hijos que tenía solo le quedaban tres (a los otros cuatro se los había llevado Swamp). Los lobos lo olfatearon y aullaron, sir Arthur lo hizo llamar con un dedo largo, todos se sorprendieron al verlo, ¿cómo era posible que fuera a entregar a otro hijo? No entendían cómo podía ser tan estupido. Pero ahí estaba, y no llevaba a ninguno de sus hijos con él, sino un pollo asado en una vara. Sir Arthur sonrió cuando Humberto llegó a su lado.

–Esperaba ver a uno de tus hijos, Humberto.

–Perdóneme esta vez señor –le respondió Humberto en una súplica poniéndose de rodillas–. Le traigo este pollo, está muy bueno, es lo único que tengo, por favor.

–No creas que un pollo… ¿Qué es ese olor? –dijo Sir Arthur mientras sus ojos se dilataban y la boca se le hacía agua.

–El pollo, señor.

–Vaya, puede que te perdone, Humberto –tomó el pollo y le tiró una mordida–. Pero quédate mientras termino, si no me gusta, traerás a uno de tus hijos. Toma asiento.

Humberto lo odiaba, lo que más deseaba era acabar con aquella bestia que solo se burlaba de él, quería vengar a Susana, María, Braulio y Miguel. Se sentó, y miró como aquel monstruo devoraba su comida.

–¿Que lo trajo a Río Colorado, señor? –preguntó después de un largo suspiro.

–Este pueblo tiene algo en particular –Sir Arthur hablaba sin dejar de morder el pollo que le había dado Humberto–. Leí en revistas inglesas que México tiene de todo, brujas, chamanes, duendes, gente que se transforma en animales, y un tal chupacabras y dije, ¿Por qué no un vampiro?

–Pero ya no tenemos oro y la poca comida que juntamos en el año usted se la lleva, ¿Por qué quiere seguir aquí?

–Su pueblo, cof –Arthur se llevó la mano a la boca y eructo–. Su pueb… cof… sangre… Necesito sangre para pasarme el pollo.

Humberto Frías miró al monstruo y le tendió un vaso con sangre, esta le corrió por la comisura de los labios como ríos rojos que surcan la nieve. Por un momento la tos desapareció, pero algo en el pecho le quemaba.

–¿Qué es esto? –preguntó y volvió a toser.

–Cociné el pollo por fuera hasta que estuviera tostado, pero lo dejé crudo por dentro, eso fue todo.

–No estupido… cof… ¿Qué le pusiste?

–Ah… pues lo condimenté con dos limones agrios que tenía, sal, pimienta, clavo y mucho tomillo, para disimular el olor de una cabeza de ajo molido.

Los tres lobos comenzaron a correr en círculos y a pelearse entre ellos, terminaron huyendo por la calle del nopal. Sir Arthur apartó la silla con una patada y cayó de rodillas, trató de sostenerse en la mesa, pero el ajo lo quemaba por dentro, era la primera vez que aquel monstruo experimentaba el miedo. Utilizó todas sus fuerzas para ponerse de pie, pero Humberto miró la oportunidad que buscaba desde hace años.la vara con los restos de pollo y apuñaló el pecho de aquel monstruo; cuando miro cómo aquella cosa moría, sonrió como hace años no lo hacía. Todos dicen que fue un grito aterrador que se quedó impregnado en las noches sin luna, pero para Humberto Frías fue el grito de la venganza, de la paz, y de la victoria.


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