Daniel Greene

Hace mucho olvidé mi nombre, antes que existiera esta ciudad. Olvidé también mi rostro, mi pasado y mi razón de haber nacido. Solo queda el Hambre. Cuando salgo por las noches y recorro la ciudad, me acompaña y me indica cosas que solo el Hambre puede ver: una rata muerta, una ventana rota por la que puedo entrar, un borracho dormido en un callejón. Como un niño que tira de las faldas de su madre para decir algo a su oído, el Hambre tira los bordes de mi conciencia, me pide acercarme y siempre engullir más, más, más. Me hace un agujero en el estómago y aunque mis entrañas son solo un concepto desde hace mucho, continúa la sensación.

Entre el tráfico y las personas que salen a disfrutar un viernes festivo, entendemos el Hambre y yo que la ciudad está desierta: las nubes de lluvia se reflejan en los edificios hechos todos de cristal. Las luces de los faroles flotan en la neblina como fuegos fatuos. Y en la muchedumbre, lo veo en sus rostros, no hay una sola persona con real ambición. Todos buscan solo pasar el día a día, someterse al tráfico, al trabajo, su ruta al matadero personal. Beber de ellos no me da satisfacción. En algún momento eran un festín fácil de obtener. Ahora son solo un alivio pasajero que, al poco rato chilla en mi estómago junto al Hambre, haciendo eco de sus peticiones, un fantasma dentro del Fantasma. Me piden comer; quieren comer ahora, ahora, ahora pero no me alimento de quienes no buscan de verdad. No sacian mi hambre si no tienen hambre como yo, hambre de vida y experiencia y de existir realmente en vez de solo vagar por la vida. Vagar como Fantasmas.

Hace tiempo morir era más fácil, por eso la gente deseaba. Aunque siempre ha habido personas que buscan recorrer el trecho entre la vida y la muerte con el menor número de eventualidades posibles, un cuerpo destrozado por una bestia salvaje, una casa entera vacía por la plaga suele otorgar idea de su propia mortalidad y eso les impulsa. Las mismas ganas de morir al ver a un ser amado que se fue de pronto, por un instante eso es verdadera ambición. Pero el instante se evapora, el deseo se va mientras la comida desciende por mi invisible garganta. Me deja hambriento y con sabor a cenizas en la boca.

Cuando nací era solo un sonido primario, el gruñido de un estómago. Envolví el primer rastro de sangre que encontré, un moribundo con el estómago abierto que se entregaba a su señor. Desde entonces tomé conciencia, tomé sustancia, entendí que no estaba solo, sino que el Hambre venía conmigo. Aún en la más rudimentaria existencia, estábamos juntos los dos. Lamíamos el suelo de las prisiones, manchado de peleas y alguna muerte en ocasiones. Luego, el cadalso. Engullimos animales enfermos que no lograban huir despavoridos, algún infante muerto cuya madre chillaba de dolor. Entonces, me vi en una vidriera, apenas el vapor de un suspiro que empañaba el cristal.
Cuando yo era el frío que se colaba por los marcos de las ventanas, el Hambre me contó que alguna vez viví. Era yo una persona que deseó demasiado sin tener satisfacción. Me levanté entonces como un fantasma, impedido del descanso por una ambición que la muerte y el tiempo no me dejan recordar. Ahora solo tengo el Hambre. Me murmuró al oído que mis alimentos me dan sustancia, me permiten tomar forma.

En aquel entonces fue un comentario casual pero el paso del tiempo me quitó la ciudad que conocía: las enormes casas de piedra fueron derrumbadas y edificios de cristal brotaron en su sitio como flores en la primavera. Los caminos largos que la gente transitaba solo de día se convirtieron en carreteras ocupadas a toda hora. Incluso el cielo se fue opacando con las luces de los automóviles y el smog. Ahora hay gente, mucha gente y nadie me ve.

No sé si alguna vez fui particularmente sociable y no busco ahora mezclarme con todo el mundo, pero la marca de un suspiro que empaña una vidriera se va, por las ventanas cada vez se cuela menos el viento helado. La luz me duele, me hace desvanecer, quizá si cobro sustancia en algún momento pueda volver al sol, pero por ahora únicamente aspiro a la tibieza de la gente apiñada en el transporte público, la exhalación de un niño cuando intenta calentarse las palmas durante el invierno. No podría decir que me siento solo, porque solo el Hambre siento, y es esa falta de sensación la que me impulsa a buscar sustancia buscando nutrición.

Pero cada vez resulta más difícil encontrarme algo qué comer. Me pregunto si otros fantasmas hambrientos como yo piensan lo mismo, o si han encontrado
toda la forma de cazar a quienes desean algo de la vida. Yo por mi parte me dejé guiar por el aroma del incienso, el montón de baratijas que colgaban de tu ventana y que el Hambre me dijo que eran para tu protección: ajo, salvia, una línea de sal mezclada con ceniza. Supongo que quien busca protegerse, como tú que no sales de casa y prendes velas en tu habitación a todas horas, le tiene a vivir un aprecio especial. Llevo un par de noches acurrucado frente a la ventana de tu apartamento, mirar cómo tocan el timbre y esperas cinco minutos antes de abrir la puerta y tomar lo que dejaron en la entrada. Comes en tu mesita, ovillada en tu lugar como yo me ovillo en el contenedor de basura para esconderme del sol. En las noches te veo recorrer tu apartamento, asegurarte que todas las cerraduras estén puestas y no se haya perturbado la línea de sal. El Hambre solo me permite observar una semana.
Pero cuando me doy cuenta de que realmente quieres vivir es la única vez que te veo salir de casa: el sol recién cae y te cambias de ropa. Te sigo y llegamos a un parque con una pista de correr. Para entonces ya está oscuro, la gente sale de trabajar y camina arrastrando los pasos, pero yo te observo desde el borde de la pista mientras trotas con suavidad. En una de esas vueltas, noto que sonríes y te dejo ser. Vuelvo junto a tu ventana, me pongo a esperar. Te aseguras de poner todos los candados, enciendes tus velas unos minutos y recitas algunas oraciones. Enciendes la alarma de la puerta. Le echas un vistazo a la línea de sal. Todo en orden, vas a la cama.

Cruzo el vidrio y paso sobre la sal. El ajo tiene algunos hongos, las hierbas están secas. Cuando paso por el corredor, miro una pared llena de espejos, en tu habitación flota el perfume de resinas y el velo grisáceo del humo. Desde tu ventana se ve la calle llena de farolas; a lo lejos, la avenida con un montón de puntos luminosos, un cielo estrellado para sustituir el que no vemos por el smog.

Duermes hecha un ovillo, tus manos estrujan una almohada. Sobre tu cabecera, un crucifijo color plata que refleja la luz con un destello. Cuando toco su rostro, despiertas y miras en mi dirección, los ojos fijos en mí como si me vieras en realidad. Tus pupilas, en las sombras, se dilatan. Te enfocas en mí, pero nadie más me ha visto. Preparándote para gritar, inhalas.
Me pregunto si los que son como yo obtienen placer de alimentarse o si sólo buscan hacerlo para ganar sustancia y volver a sentir. Sentir.

Siento el frío de la noche, tu aroma suave se desvanece y tu respiración se ralentiza poco a poco. Los sonidos de afuera ganan nitidez: un perro, una persona que habla a la distancia por su teléfono celular. Concentrándome un poco, miro hacia abajo: un par de pies que me pertenece, enfundados en zapatos negros y brillantes que, de alguna forma, sé que se ensuciaran. Las mangas de la camisa en mi abdomen tienen manchas pequeñas, los puños arrugados. Salgo al corredor de los espejos y, por primera vez en muchos años, una imagen humana me mira. Tiene profundas ojeras y un par de líneas de expresión, pero es una cara.

Al inicio pienso que apenas estoy acostumbrándome a andar, pero después noto que mis pasos son pesados. Camino por la calle arrastrando los pies y, en una vidriera, veo la imagen de la gente muy cansada para hablar. Somos similares, todos con ojeras y líneas de expresión, todos fantasmas hambrientos. La multitud me envuelve y hace tanto frío esta noche que me uno al cauce en busca de calor. Y caminamos, caminamos. Escucho la forma en que hablan con el Hambre al caminar. Le cuentan su historia como yo lo hago desde que existo con ella. No podemos hablarnos porque no tenemos nombre, lo hemos olvidado. No tenemos hogar porque no tenemos memoria. Con nuestro rostro nuevo no nos identificamos y no sabemos nuestro propósito porque no recordamos haber nacido.

Estoy seguro de que en algún momento saldrá el sol. Cuando el sol salga, existir tendrá sentido. Buscaremos formas de mantenernos materiales, de seguir sintiendo su calor. Mientras tanto, camino. Caminamos todos por la ciudad; aunque el resto de los Fantasmas desaparezcan, encuentro siempre
alguien que de algún modo busca el día siguiente, sobrevivir. Supongo que son Fantasmas como uno que poco a poco se han creído algo más que fantasmas, pero vagan igual. Arrastramos todos los pasos en busca de un hogar en ciudades que no existen, alimento que nos de sustancia, o tal vez solo vagamos en espera del próximo día para seguir en busca de nuestro matadero personal.


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