Génesis García

Contrario a la creencia popular, los vampiros no tienen múltiples deficiencias, ni puntos débiles. La luz del sol es molesta, sí, pero su efecto no pasa más allá de una insolación y un vergonzoso enrojecimiento similar al de un cangrejo. La estaca en el corazón resulta mortal, pero, ¿qué clase de criatura no moriría con una jodida estaca atravesando su corazón? El que afirmó que era una manera efectiva de acabar con un vampiro era un ser muy obvio y evidentemente de luces muy, muy cortas. La creencia de los ajos (ridícula, por lo demás) también resultó ser una falacia. La peste de los bulbos ofende más a su sentido de la elegancia que a su salud. Puede que alguno sea alérgico, pero nada tiene que ver con su condición vampírica. Las cruces, por otro lado, sí fueron motivo de preocupación para las generaciones anteriores. Sin embargo, en un mundo moderno y decididamente ateo, dejaron de ser un problema. De hecho, muchos vampiros (seducidos por la moda gótica y victoriana) las usan como parte de sus atuendos, sin arrugar una ceja.

La plata, en cambio, probó ser tremendamente peligrosa. La exposición prolongada al metal puede causar lesiones severas y finalmente, la muerte. Es por ello que muchos prefieren la bisutería, ignorando las marcas verdosas que esta puede dejar en la piel; detalles menores si se compara con la perspectiva de una muerte dolorosa. Lo que sí resultó ser una verdad innegable es que ningún vampiro puede atravesar el umbral de una casa si no es invitado. Esta imposición biológica, molesta para algunos, risible para otros, era motivo de una furia asesina para Camilla. Odiaba sentirse limitada por algo tan tonto como una puerta y la voluntad de un humano insignificante. Ella era una vampira, miembro de una raza antigua y poderosa que venció a la Muerte, a Dios mismo y que se hizo un lugar en el mundo a sangre y fuego. ¿Por qué debían limitarse por algo tan ridículo como un par de paredes? ¿Por qué no podía beber toda la sangre que quisiera? ¿Por qué no podía tenerlo todo?

El sabor de la sangre era como una droga para Camilla. Le gustaba la sangre dulce de las mujeres jóvenes, el sabor agrio y robusto del plasma masculino, el ligero regusto a cerezas y caramelo dentro de las venas de un niño. Cada persona tenía su propio aroma, su propia combinación de esencias y picos de sabor que los hacía únicos. Descubrir ese gustillo, esa nota singular de cada alma que arrebataba provocaba en ella un placer y un hambre insaciable, incontenible e intensa. Tan intensa como su amor por el dinero. La joven vampira no solo sentía hambre por la sangre humana. No, su apetito iba más allá. Camilla tenía hambre de éxito, de poder, de fama. Lo quería todo y todo para ella. Era egoísta y ávara, ambiciosa e implacable. Descubrió muy pronto que para ser alguien en el mundo, necesitaba dinero. Y no poco. Era el único modo de llevar la vida llena de lujos y opulencia que ansiaba y merecía. Así que se decidió a acumularlo y a amasar una fortuna.

Su inmortalidad probó ser de gran utilidad y más temprano que tarde sus arcas rebosaban de dinero: acciones, joyas, propiedades, caballos, autos, aviones. Camilla lo tenía todo. Vestía con los mejores diseñadores, se rodeaba de la gente más elegante y poderosa, asistía a fiestas con miembros de la realeza y aparecía en las portadas de las revistas. Era envidiada y admirada, deseada y codiciada por los hombres más boyantes del momento. Cambiaba de amante cada pocos días, ansiosa por probar algo nuevo; cada vez más audaz, más intenso. Tenía una vida brillante y lujosa… pero, no era suficiente. Camilla quería más. Lo quería todo. El hambre que parecía sentir a todas horas ya no se saciaba solo con sus visitas a los bancos de sangre, ni con los “regalos” que le ofrecían constantemente sus amigos más cercanos. Llegó a un punto en que no podía concentrarse, ni mantener su atención en nada que no fuera esa llamada urgente y desesperada dentro de su ser. Su trabajo como directora del banco más importante del país comenzó a verse afectado por sus continuos descuidos y pronto la junta directiva se volvió una espina en su costado, exigiendo más y más de ella.

El olor de la sangre fresca y cálida bajo la piel de sus empleados provocaba en ella una fascinación cada vez más grande y la tentación de hundir sus colmillos en las horribles y arrugadas gargantas de los miembros de la junta se hacía insoportable. Sabía, sin embargo, que ellos estaban fuera de su alcance. Todos los que la rodeaban estaban fuera del menú y eso amenazaba con arrebatarle la cordura. Desesperada, comenzó a recorrer por las noches los callejones y las plazas, buscando víctimas que nadie echara de menos. La sangre de los adictos y las prostitutas era repulsivamente dulce, pero, no tenía más alternativa. No podía atacar a cualquiera, por mucho que lo deseara.

En primer lugar, estaba el desagradable tema de las casas. Las jodidas paredes, puertas y ventanas convertían hasta el más humilde de los hogares en una fortaleza inexpugnable para ella, alejándola de cientos de potenciales presas mucho más apetecibles que una prostituta o un mendigo. Por otro lado, estaba la imposición del Concilio de Vampiros. Todos los vampiros del mundo estaban obligados a someterse a las decisiones del concilio para mantener la paz y el statu quo entre humanos y vampiros. Los ancianos prohibieron, so pena de muerte, atacar a los humanos a diestra y siniestra, especialmente si tenían familias u hogares a los que regresar. Sabían que debían evitar a toda costa una matanza innecesaria que llamara demasiado la atención, ya que un paso en falso pondría en peligro el secreto que rodeaba a su mundo y su propia supervivencia. Camilla siempre odió esas leyes absurdas y las ridículas imposiciones, pero, apretaba los dientes y obedecía, como todos los demás. Se amaba demasiado como para exponerse al escarnio público y a la ejecución. No, su hermosa cabeza pelirroja no rodaría. Aunque eso significara aguantar el hambre y el deseo.

Un buen día, sin embargo, una ingeniosa salida apareció frente a sus ojos. Cuando la sosa relatora de noticias bursátiles anunció el comienzo de la recesión económica y de la crisis del mercado inmobiliario, Camilla vio una solución maravillosa a su problema. Las altas tasas dejarían a cientos y cientos sin un techo y, a más personas sin hogar, más comida para ella. Regresó al banco con el corazón en llamas y la felicidad hormigueando bajo su piel. Impuso un nuevo régimen de intereses y cuotas que hicieron prácticamente imposible que las familias pudieran pagar sus créditos e hipotecas y con eso, las calles comenzaron a llenarse de gente sin hogar. Gente limpia, sana, respetable que sabía delicioso y que nadie echaría de menos porque, bueno, eran indigentes. Y los indigentes a nadie importan.

Así, comenzó una fructífera y satisfactoria cacería que, por una vez, sació su hambre. Los indigentes formaban parte de ese grupo anónimo y olvidado del que tenían permitido alimentarse con libertad, por lo que tenía vía libre para dar rienda suelta a su gula. Sentada entre los cuerpos sin vida de un pequeño campamento de indigentes bajo un puente, relamió la sangre de sus labios carnosos y suspiró felizmente, observando los cadáveres a su alrededor. Hombres, mujeres y niños le devolvían la mirada con sus ojos vacíos, marchitos. El pequeño grupo, compuesto por dos o tres familias, habían construido un refugio improvisado junto al agua y la ropa tendida, los sacos de dormir, los juguetes de los niños y los utensilios de cocina llenaban el lugar. Era claro que eran (fueron, en realidad) personas trabajadoras, decentes. Familias unidas y amorosas que se esforzaban por darle lo mejor a sus hijos y brindarles una vida cómoda y digna. Nada de eso sirvió, sin embargo, cuando la codicia de los ricos se cirnió sobre ellos como una maldición.

Nada de eso le importaba a Camilla. Era la ganadora. Y ahora disfrutaría de los frutos de su arduo trabajo.

–Como me gusta la desigualdad social…– murmuró, estirándose perezosamente antes de salir a cazar de nuevo.


Deja una comentario

Tendencias