Cesar Toral

Los veo a los ojos, pero no siento nada. Es decir, si entre los humanos esa falta de empatía permea cada vez que ven a un animal que servirá de alimento, entre los de nuestra especie ocurre lo mismo cuando vemos a los humanos. En mi caso tengo que lidiar con más humanos que la mayoría de mis congéneres. Y no es por un extraño fetiche. Todo es exclusivamente por negocios.

Mi verdadero nombre se ha perdido en los anales de la historia, enterrado entre los tantos sobrenombres que he usado en cada una de las distintas épocas. Hoy en día todos me conocen como Trash. Ese apelativo, como muchos otros que he usado a lo largo de mi vida, no tiene ningún significado oculto. Desde mucho antes de alcanzar mi perfección, siempre fui capaz de encontrar la ventaja donde otros solo veían dificultades y desperdicio.

Desde el principio, los vampiros nos hemos caracterizado por ser unos cazadores, tanto sanguinarios como seductores. Siempre hemos sabido usar nuestros encantos y belleza para enamorar a nuestras víctimas. No obstante, en los tiempos que han transcurrido últimamente, nuestra imagen se ha degradado tanto ante la mirada de la gente, que nos hemos vuelto más un objeto de burla y entretenimiento, que objeto de temor y hasta veneración. Nuestra forma de cacería se ha tenido que modificar radicalmente. Nos hubiéramos quedado sin suministro alguno, si no hubiera salido con la mejor de las ideas. La tradición siempre ha dictado nuestras costumbres de cacería. Seducción, refinamiento, poder… Todas estas cualidades son parte de nuestra esencia.

Mi negocio es próspero y rinde para una pequeña sociedad de individuos. Es un poco ridículo al principio si no estás familiarizado, sin embargo, es como ciertos licores: sabe mejor cada que lo vuelves a probar. El mismo sexo es de esa manera. Cada uno de nosotros descubrimos nuestros gustos y orientaciones a través de cada experiencia nueva. Todo consiste en conseguir el lugar ideal y proseguir con el experimento. ¿Dónde les gusta más a mis clientes cazar? Quizás una enorme casa o al aire libre. Soy muy versátil a la hora de dar mis servicios. Un bar, un antro, un teatro… También soy muy generoso a la hora de dar el mejor servicio, para que mis hermanos se alimenten. Es el epítome del clasismo y la agonía. Muchos de mis compradores vienen a mi famélicos a buscar mis servicios. Desesperados por la infamia de la ridiculización y el señalamiento. Solo les devuelvo un poco de esa dignidad robada. Yo mismo viví las mismas condiciones hasta que descubrí la forma de deshacerme de eso para siempre: cultivo y crianza. Ni más ni menos.

Fue un proceso un poco lento al principio. Funcional solo para su servidor y, poco después, para unos cercanos allegados. Es fácil hacer desaparecer unos cuantos niños, drogadictos y gente sin hogar de vez en cuando; lo difícil viene después: mantenerlos con vida. Cual reses, necesitan ciertos tratamientos, para que cuando te los comas, o, mejor dicho, succiones su sangre, ésta sea de la mejor calidad. Lo bueno de los humanos es que, a diferencia de las reses, pueden ser usados varias veces antes de ser completamente desechados. Es por eso que en mis granjas hay un ala dedicada solo a la recuperación de sujetos. Así que tengo una de las compañías más sustentables del mundo, y ni siquiera cotizo en la bolsa de valores.

Ya que toco el lado del dinero, he de decir que no fue fácil vender la idea al principio. Lo bueno es que por un lado no hay vampiro que sea pobre. Legalmente debemos de estar muy bien amparados cuando caminamos en el mundo de los humanos. Los más pobres terminan escapando a los lugares más alejados de las grandes urbes o acechando los caminos, pero eso es degradante. La mayoría de los vampiros somos demasiado refinados y cosmopolitas como para permitirnos terminar así. Así que usé la mayoría de mis recursos para mantener con vida a ciertos especímenes de prueba. Con el paso del tiempo me di cuenta que era más fácil de lo que pensaba. Con las ventajas que tenemos sobre ellos, no sé por qué no hicimos esto antes.

A excepción de la luz directa del sol, y otros artilugios que no merecen ser nombrados, somos invulnerables y, por ende, inmortales; si tenemos los debidos cuidados. Por lo tanto, como granjeros, tenemos la ventaja de ver varias generaciones de nuestras cosechas, hasta encontrar el método perfecto de cultivo. Cuando ya poseía una sustanciosa granja fui capaz de llevar mi idea hasta las alturas. Otra ventaja yace en nuestro poderoso e inminente carisma y poder de persuasión, capaz de poder hacer que cualquiera haga lo que sea por nosotros, hace que nuestras autosustentables granjas también sean autogobernadas. Eso significa que nuestros humanos son capaces de cuidarse a sí mismos por el bien de la compañía. He ahí el origen del nombre y lema de nuestra marca: Humans Inc. “Experiencia en experiencias.”

He de confesar que la codicia me ha cegado en ciertas ocasiones. Pero no sólo a mí y a todos los socios que he hecho en casi un par de siglos de selectas cosechas. Tampoco a todos aquellos que han copiado mi idea a lo largo del mundo y han abierto sus propias granjas. Sino también a todos esos acaudalados hijos de la noche capaces de obtener este tipo de servicios. La ya de por sí enorme brecha entre los vampiros pobres y ricos (que, a diferencia de los humanos, los ricos somos más que los pobres), ha crecido enormemente, casi a la par de la brecha humana. Los que hemos aprovechado la facilidad de alimento hemos sufrido ciertos cambios físicos a lo largo de, sobre todo, el último siglo. En lugar de nuestro característico color pálido, el exceso de flujo sanguíneo nos ha puesto ruborizados y rozagantes. Algunos de nosotros tendemos ser desde cachetones hasta rellenitos. A mí han empezado a decirme Big Trash desde hace casi medio siglo. Pero la mayoría de nosotros conserva cierta condición física, agradable para los humanos que no son de criadero y apta para la “caza deportiva”. Así se le llama a la forma antigua de alimentarnos. Digna ahora solo de anécdotas interesantes y presunción anticuada.

También, pensar que nos habíamos librado de toda la burla y el escarnio por nuestra forma de vida, por parte de los más impresionables, solo fue una tranquilidad pasajera. Confiados en nuestras nuevas apariencias, al principio tuvimos la facilidad de mezclarnos, sin ser considerados raros por nuestras góticas figuras pasadas. Eso desencadenó en una nueva moda, de las más ridículas que han existido desde que los mortales han comenzado a copiar nuestras exquisitas imágenes. Entre los humanos siempre han existido los dos extremos no deseados en su apariencia física, hasta que nos mostramos ante ellos, sobrealimentados, pero en la mejor de las formas. Y esta moda ni siquiera está relacionada con la imagen vampírica. Esa imagen se quedó congelada en el imaginario colectivo como la figura estilizada y sombría. No hay nada más humillante que, hoy en día, nuestra imagen sea ejemplo de vitalidad y salud emocional.

Como sea, cada cambio de siglo trae consigo nuevos retos para nosotros. Los humanos se ponen como locos cuando el calendario cambia. Cuando pasó en 1900 no se la creían, en el 2000 pensaban que el mundo se acabaría. En esta ocasión los vientos futuristas huelen desde la distancia de este milenio que acaba su décima parte. La población mundial ya ha aumentado a más de diez mil millones. Nosotros también hemos aumentado nuestra población en gran medida. El tan buen control que quieren tener de su población los ha llevado a husmear varias veces en mis negocios, todos bien disfrazados de albergues, centros de ayuda y casas hogar. Sin embargo, esas solo son las filiales más pequeñas. Como ser del inframundo de negocios que soy, debo de pensar en distintos escenarios, sobre todo de bancarrota. Varias de mis inversiones ya están puestas en proyectos del futuro venidero. El desarrollo de tejidos sintéticos y la clonación le va a hacer maravillas al negocio. Sinceramente, considero que somos los inmortales los verdaderos beneficiados de los avances tecnológicos. Cada generación de humanos trae consigo novedades intrínsecas casi imperceptibles al principio, pero enormes con el paso del tiempo. Somos como esos ancianos eternos que se sorprenden con cada invento de los jóvenes.

Los vampiros también hemos hecho nuestros aportes en medicina, por ejemplo. Gran parte del capital inyectado en el desarrollo de sangre sintética provino de su servidor y mis socios. Justo ahora me dirijo a una prueba de producto en Reino Unido. Es un largo viaje de tres horas y media desde mis oficinas principales, en Shanghai. Pero no me preocupo, voy muy bien acompañado de un delicioso bocadillo de mi cosecha personal. Es una fémina de veintidós años, entrenada como dama de compañía. Varios de mis colegas la han llevado de cacería un par de veces, y casi siempre regresa con dos ligeros puntos rojos a un costado del cuello. Su sangre es de lo más exquisita, y la mayoría de las veces solo deja que se la succione yo, sin poner mucha resistencia; a menos que se lo solicite.

No está en mis planes ahora, pero si dura al menos diez o quince años más en leal servicio, podría ser capaz de otorgarle su libertad. A cierta edad dejan de pelear y ya no es divertido, ni apetitoso. Muchos ganaderos de humanos los subastan, la mayoría hace buffet tipo rodeo. Los menos optamos por jubilarlos por sus años de servicio. Los más imbéciles han llegado a transformar unos pocos. Estos se dedican ahora a tratar de sabotear y sacar a la luz nuestras operaciones. Nosotros les llamamos vampiros de rastro, y están en el escalón más bajo de nuestra sociedad; justo debajo de los que acechan caminos. Yo nunca le daría el don nocturno a Ivanova, mi almuerzo. Sería como darle las llaves de mi auto a un perro, cuando ya nadie conduce.


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