Luis Ariel Alfonso Conyedo
Gunthar, Gran Maestre de los Caballeros Solares se dirigió al pequeño grupo a su espalda:
—Desenvainen las espadas y estén alertas, el último de esos monstruos se va a defender como un león arrinconado.
La voz en la mente del veterano habló:
—Ya deja de resistirte, Gunthar, sé que lo quieres.
El hombre sacudió la cabeza, su antebrazo derecho empezó a dolerle.
—¿Señor, es cierto que ese monstruo ha acumulado las riquezas de cientos de personas? —Es cierto, al igual que un dragón ese demonio ha estado robando toda clase de tesoros y lo ha llevado a su guarida.
Ese día Gunthar iba a poner fin a la amenaza vampírica en cuanto asesinara al último murciélago gigante. La guerra que peleó su padre y la inició el padre de su padre, él iba a concluirla.
Recordó el combate que tuvo unas semanas atrás. En un templo, el único humano que había abrazado al vampirismo y seguía con vida cayó bajo su gloriosa espada. Rememoró el instante en que aquel desgraciado le hundió sus colmillos en el antebrazo derecho. Sin importar el tiempo pasado la herida no sanaba. Lo peor era que escuchaba la voz del que debía estar muerto.
Se escuchó un ruido.
—¡Todos alertas!
Vieron a la monstruosa criatura. Semejante a un murciélago deforme, pero mucho más grande de lo que permite la lógica, un drakulheo, el demonio al que los vampiros adoraban. De nuevo la voz en su cabeza:
—Puedes matarlo, pero en el fondo sabes que deseas el poder para ti.
En ese momento tuvo que darle la razón. Él estaba a punto de finalizar la guerra que iniciaron sus ancestros hacía cuatro décadas, sin embargo, tendría que compartir el tesoro con esos guerreros de poca monta que le seguían. No es que los despreciara, pero…
Un chillido, un grito de dolor, un guerrero tirado en el piso ahogándose en su sangre. El monstruo voló todo lo que pudo dentro de su fortaleza subterránea. Aterrizó sobre un montículo de oro y emitió un rugido que retumbó en las paredes. Los caballeros se sintieron mareados, Gunthar supo que debía arengarlos:
—¿A qué esperan? ¡A la carga! ¡Por la Orden!
Algunos pocos levantaron sus espadas, los demás estaban tan asustados que ni eso pudieron hacer. El dios vampiro los observaba como haría el león con una gacela. Gunthar resopló, ¿iba a compartir la gloria con esos cobardes?
—¿Creo que deberías conseguir aliados más feroces? —dijo la voz en su cabeza.
—¡Cállate, demonio! —gritó furioso.
Arremetió contra el enemigo con el mismo ímpetu. La guerra que peleó su padre y la inició el padre de su padre estaba a punto de concluir. La espada de Gunthar restallaba como un látigo mientras azotaba al drakulheo. Los otros caballeros decidieron intervenir en el combate. O a juicio de Gunthar, decidieron estorbar. Se interponían en su camino, hacían que el monstruo saliera volando cuando necesitaba que aterrizara y lo dejaban en tierra cuando lo necesitaba en el aire. Las órdenes apenas se escuchaban entre los bramidos del demonio.
¿En serio debía compartir el tesoro con esos incompetentes? Los mataría a todos si el drakulheo no lo hacía antes.
—Justamente eso es lo que trato de decirte, deja de verlo como a un enemigo y te darás cuenta de que es tu aliado —la voz del vampiro que supuestamente ya no existía volvió a la carga, esta vez con más fuerza.
—¡Te dije que te callaras!
Su antebrazo derecho empezó a sangrarle. Esa herida que nunca había sanado le recordaba que estaba allí. Gunthar se dio cuenta de que tenía sed. Todos esos deseos tan básicos debían ignorarse en medio de una batalla y él como guerrero experimentado lo sabía muy bien, sin embargo tenía sed.
El monstruo trató de escapar volando. Vio que era de día y como los rayos del sol podrían destrozarlo, se quedó a pelear por su madriguera. La batalla fue memorable, cualquier bardo le habría dedicado cientos de canciones. El murciélago, con cientos de heridas se arrastraba por el suelo. Los caballeros, tuvieron que presenciar cómo muchos de sus hermanos eran devorados por ese demonio. Gunthar, ahogado por la sed hizo frente al enemigo como un paladín legendario. La bestia se levantó sobre sus patas traseras y trató de morderlo. Un rápido movimiento y la espada del guerrero se le hundió en el corazón. Manó un torrente de sangre. Parte del líquido vital le entró por la boca. Ese gusto salobre apaciguó su sed y en ese instante le supo mejor que cualquier vino.
—Eso es lo que te digo, Gunthar, ya sabes lo que debes hacer.
Los otros caballeros se abalanzaron sobre el botín. Gunthar no iba a permitir que le quitaran lo que era suyo por derecho. Recordó la figura del vampiro en ese templo, aunque ya no con asco, sino con admiración. La sed continuaba. Sintió que al igual que aquellos monstruos, su piel palidecía, sus ojos se encendían y sus colmillos se aguzaban.
Lo que ocurrió después fue una espiral de violencia. Sus hombres no esperaban el ataque. El sabor de la sangre y la esperanza del botín eran algo tan… ¡adictivo! Gula y avaricia, lo que una vez fueron pecados ahora eran virtudes.
Se dejó caer sobre sus riquezas mientras lamía las últimas gotas de sangre. Sonrió satisfecho. En cuanto cayera la noche iba a continuar el festín y la cacería de tesoros. La guerra que peleó su padre e inició el padre de su padre seguiría en pie.






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