Juan Pablo Goñi Capurro

Si los pulpos comieran embutidos, papas fritas, bifes a caballo, postres de crema o masas dulces, lo harían como lo hacía Gustav para horror de sus familiares, tan recatados ellos. La visión de ese ser que se metía merengue italiano en la boca y lo empujaba con salsa guacamole revolvió los estómagos de los comensales cercanos; casi al unísono abandonaron la mesa que los familiares de Gustav habían tenido el buen tino de evitar. El joven de cabeza maciza y cabello rojo comía a dos manos, parecía tener ocho tentáculos, ya que, además, alcanzaba delicias dispuestas en puntos distantes de su asiento. Los brazos eran macizos, fuertes.

Con disimulo, los invitados que quedaron sin sitio se paseaban picoteando algo por encima de los comensales sentados, cargaban las copas de botellas distribuidas en el salón, interrumpían a los mozos para recoger platillos de las bandejas; se las ingeniaban para ingerir mínimos bocadillos que no reemplazaban la opípara cena por la que habían pagado una interesante suma. Acabadas las raciones se volvieron más nerviosos. Abandonaron toda cortesía y observaron a Gustav con franco desdén. Entre ellos se destacaba Ferdinand, el médico enjuto de cuarenta y pocos años que atendía a varios de los presentes.

Los ojos del galeno llameaban al contabilizar el dinero que engullía el solitario ocupante de la que había sido su mesa. Su estómago ardía, el calor le subía por el tracto digestivo, le quemaba la garganta, poco más era un dragón en el centro de la sala; deseó haberlo sido, hubiera lanzado sus llamaradas a Gustav hasta carbonizarlo. Había pasado el mediodía en estrictas ayunas, cosa de tener más espacio para comer esa noche; tenía el cálculo exacto de las porciones que iba a ingerir para amortizar el costo de la tarjeta y agregar una ganancia.

—Es admirable verlo comer, por eso siempre lo invito.

La duquesa Bersil lo había atrapado observando al ser primitivo que deslucía el salón; Ferdinand enrojeció, primero por vergüenza, luego de furia al comprender que ese sujeto que devoraba sus alimentos ni siquiera había pagado para estar allí, como si fuera una estrella de la televisión. El enojo impidió al médico decir algo; aburrida por su parquedad, la duquesa fue por mejores oídos. Encontró muy cerca los del doctor Avina, médico nuevo que empezaba a hacer buena clientela.

Aquello no mejoró el humor de Ferdinand; salió al patio para evitar males mayores.

Estuvo solo por más de diez minutos. Se ubicó bajo una farola cuando se asomó al patio la hija de la duquesa; apoyada en una columna, lo miró como antes hiciera su madre. Al advertirla, el doctor se acercó, necesitaba remediar el fallo del salón, la hija tenía que llevarse la mejor impresión de él cosa de interceder ante su madre si la generosa duquesa Bersil evaluaba cambiarse de médico.

La joven Antonia no tenía bebidas consigo; Ferdinand se ofreció a ir por una, inquirió su gusto y ella respondió «algo rojo», con una voz abúlica que demostraba poco interés. En su afán por ganarse sus simpatías el médico no percibió el matiz en la voz; se preocupó por resolver el acertijo, algo rojo podía ser vino, Fernet con Cola, Cinzano o un combinado con jugo de frutilla. Adentro, la gente ya se limitaba a hablar. Habían abierto una barra con bebidas. Ferdinand buscó a la duquesa, hablaba todavía con el doctor Avina. Su billetera tembló en el bolsillo trasero del pantalón, no pudo evitar otro retorcijón. Pidió dos copas del vino más caro.

Centrado en las amenazas que se cernían sobre sus ingresos, no prestó atención a un detalle: Gustav ya no estaba comiendo, directamente no estaba en el salón. De entrar por otra puerta, lo hubiera chocado; en cambio, se topó con él en el patio. Palideció, estaba haciendo reír a Antonia. La furia provocó que otra vez Ferdinand se trabara; quedó de pie con las copas en la mano. Antonia lo vio, luego Gustav. El colorado cogió ambas copas de las manos del recién llegado y le cedió una a la heredera del ducado, cuyo vestido azul brillaba cuando quedaba expuesto a la luz de la farola. A Ferdinand se le cerró la respiración; Antonia estalló en un nuevo brote de carcajadas. Gustav bajó el vino de un sorbo. Colocó la copa vacía en la mano del médico, sostenida todavía en el aire. La risa de la joven era tan intensa que necesitó abrazarse a Gustav. El otro la trajo contra él, la apretó con fuerza y, para horror de Ferdinand, le lambeteó una oreja, todo ello con la aquiescencia de la fémina. Gustav se disponía a coger los delicados labios rojos con su jeta de primordial, en tanto ella reía y Ferdinand padecía los síntomas de un infarto, pero en ese instante quedó ante su vista la copa de vino de la futura duquesa.

El colorado, el traje azul cubierto de lamparones de grasa, chorreado por mil líquidos, soltó a la chica y cogió la copa. La bebió tan rápido como la otra, luego expresó giró y fue por una botella al salón. Ferdinand reaccionó. Se deshizo de la copa vacía, luego hizo un gesto indefinido en dirección a Gustav.

—Mamá lo adora, quiere que me case con él.

Ferdinand tenía treinta años, en su plan de vida estaba llegar a los treinta y cinco para casarse y tener familia, no fuera cosa que al fallecer todo lo reunido terminara en manos del estado; en la lista de mujeres a abordar en ese momento, Antonia ocupaba el primer sitio. La lista estaba compuesta por jóvenes con buena dote y ninguna mujer de la región poseía más que ella, la mansión en la que se encontraban era prueba de ello. Que el abominable Gustav se la llevara, era el peor de los insultos; era preciso intervenir para evitarlo.

—Su madre es muy bromista. Un bruto, un animal como Gustav, fíjese que se comió todo, pero todo, el contenido de nuestra mesa prevista para doce personas…

—Mm… se me hace agua la boca…

Ferdinand se sorprendió por esta salida. Antonia efectuó un ligero mohín de arrepentimiento. El médico no lo advirtió, aturdido por las palabras; a la vez, le era necesario volver a la barra y capturar ese vino caro, se terminaría la cena y no amortizaría ni el valor del coche que había tomado para ir hasta allí

—siempre usaba el de la misma empresa y lo descontaba como gastos de negocios.

—No entiendo, Antonia…

La mujer se aproximó al atribulado galeno. De tacos, lo superaba en altura. Le pasó un brazo por los hombros, el delicioso perfume mareó a Ferdinand, haciéndolo sufrir por el gasto absurdo que significaba comprar perfumes importados de alta gama.

—Gustav se come todo, es un animal, según me dices, eso hace que una mujer lo vea apoderándose de ella, o sea, lo veo comiéndome, Ferdinand, y eso es muy erótico, puedo asegurártelo, las mujeres amamos a los amantes desatados.

Tomó nota del tuteo, notable avance, pero quedó preocupado. ¿Amantes desatados? Eso era peligroso, podían tener lesiones carísimas de curar, romperse la ropa, destrozar un mueble; lo de amantes desatados era para otro. Aunque si lo hicieran en la casa de la duquesa, el gasto no sería suyo, terminó de evaluar Ferdinand. Ella continuaba sobre él, los labios a centímetros. Se abrió la puerta de la sala, se escucharon algunos vítores. Más cercana, una voz conocida.

—Hija, es hora de los postres especiales.

Los postres especiales y él en el patio. Se desembarazó en un instante de la rubia; prometió buscar platos para los dos. Se perdió el diálogo entre madre e hija.

—Te gusta joderme.

—No te quejes, como madre mía me diste los peores años de mi existencia, son mis lustros de revancha. ¿Querías morder al doctorcito?, ¿no es riesgoso?

—¿Desde cuándo necesitamos médicos?

—Lo digo porque es un personaje conocido.

—En realidad, mamá…

—¡La puta que te parió! Hija.

—Quería chupar a Gustav, debe estar buenísima esa sangre. A ese no lo quieren ni los parientes, no se lo ve nunca, jamás lo invitan… Lo tenía arrinconado, me lo ligaba, cuando este otro idiota vino haciéndose el mozo y el colorado rajó por vino.

—Y ahora, con los postres especiales, cargadita de azúcar…

Se miraron, encogieron los hombros y pasaron al salón. La mesa de platos especiales estaba copada, impedían acceder al hombre de cabello rojo. Gustav se había demorado catando vinos. Allí estaba el médico, amontonaba porciones en un plato, a los codazos con quienes tenían su mismo objetivo. El colorado no era el único que esperaba el turno, aunque sí el que hacía ademanes más grandilocuentes. Antonia sonrió al verlo. En segundos estuvo a su lado.

—Gustav, ¿no quieres probar versiones más exquisitas? Todos para ti solo.

—Claro que sí.

—Para que nadie sospeche y se sume al festín, sube las escaleras y espérame en mi cuarto, la cuarta puerta a la derecha. Yo iré cinco minutos después con el mozo.

Gustav trepó con agilidad insospechada la escalera y se perdió en el piso de alto. Ferdinand llegó a verlo cuando apoyaba su torre de postres sobre el mantel. Buscó a Antonia. La vio. Hubiera preferido no verla; subía por las mismas escaleras que Gustav. Tendría que ir por ella si quería evitar que se viera con el energúmeno glotón; desistió, era muy riesgoso abandonar los postres acumulados en manos de tanta competencia, no podía continuar perdiendo más dinero.

Ignorante de las tribulaciones de Ferdinand, Antonia se acercó a la puerta de su cuarto. Observó el pasillo, seguía libre. Cerró los ojos un instante. Se relamió, asió el pomo y dejó salir los gigantescos colmillos de su boca.


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