Brandon Barrios

Buenos Aires, Argentina. No veo el amanecer, sólo me azota. Mi piel conoce esa sensación, a esta altura ya se da cuenta de cuando encima de cualquier techo y más allá de cualquier pared, está el día. Se reanuda el ciclo, pero ya no me es tan indiferente como cuando esto recién comenzaba.No soy oriundo de esta ciudad, ni siquiera soy argentino, y de americano sólo tengo el conocimiento de varios de los idiomas de los que se hablan en el continente.

Fui un conquistador español, un pirata inglés, y en Portugal tuve una esposa. El francés lo aprendí porque era común hacerlo en la época en la que lo hice y dentro de los círculos que yo frecuentaba.

Llegué a esta ciudad como polizón de un barco mercante, habiéndome ya retirado de todos los oficios que mencioné antes hacía ya mucho tiempo. Mi etapa como conquistador no mereció más que algunas pequeñas crónicas, que, según me dijo una vez alguien en mi misma situación, las únicas copias que han llegado a estos días se hallan en la biblioteca vaticana, no sé bajo qué categoría. Sólo diez o doce veces estuve en Italia, y en ninguna de ellas tuve acceso a dicha biblioteca, en parte porque no me lo hubieran dado de haberlo pedido, y en parte porque mi tiempo merecía ser usado en cosas mejores. El Moisés de Michelangelo es siempre una de ellas. Ni los libros ni los turistas coinciden conmigo: es mucho mejor que el David y que la Piedad. Él mismo me lo dijo una noche que caminamos juntos a orillas del Tíber, y yo mismo se lo reconocí en una carta que le escribí a orillas del Arno, recordando aquella caminata con motivo de una pregunta suya.

Me había preguntado por qué no lo había convertido cuando tuve la oportunidad. Yo le respondí que porque a él no le hacía falta ser como yo para ser inmortal, y que además, él había sido un buen amigo. A nadie le deseo mi condición, pero he maldecido a muchos con ella. También tuve que liberarlos las veces que, por sus descuidos, la Comunidad y yo corrimos el riesgo de ser expuestos ante el mundo. Es mientras escribo esto que recuerdo los episodios de Whitechapel durante el año 1888. Escribí “Desde el infierno” para ayudar a construir el mito, táctica que, según me explicó Byron una vez, el César Augusto se adjudicó a sí mismo cuando mandó a Virgilio a escribir la Eneida y a Tito Livio la Historia de Roma. Como mucho de lo que decía aquel extraordinario libertino, nunca sabré si es verdad. Pero una cosa es cierta: fue mi corruptor a la par de mi cómplice.

Ingresé a su vida como su médico personal, me había llamado a mí mismo John Polidori y no sin dificultades varias, construí una biografía de barroca verosimilitud, que es la que está disponible tanto en los libros como en el resto de las fuentes que hoy tanto abundan. Es en esas fuentes en las que se habla de cómo Byron continuamente me menospreciaba y humillaba siempre que podía. Sólo el matrimonio Shelley descubrió parte de la verdad. Mi desprecio hacia Mary también fue parte de la construcción de nuestros mitos personales, hábito que ambos compartíamos con mucho entusiasmo entre lecturas y vinos, en reuniones de las que Percy también participaba, pero no con la maestría retórica que tenía su esposa a la hora de hablar de cualquier tema, y que a ambos nos maravillaba, y que nos hacía comprender por qué una idea como Frankenstein sólo podría habérsele ocurrido a ella. Percy, en cambio, se convirtió en aquello sobre lo que él mismo había cantado: el ídolo de Ozymandias que habla de los grandes templos a su alrededor, mientras estos yacen devorados por las arenas, tanto las del espacio como las del tiempo.

Volvamos ahora a Byron. Mi primer encuentro con él fue a la salida de un típico club que frecuentaba. Yo había recién dado mis últimas atenciones a un paciente, y haciendo uso de lo que quedaba de mi vocación sacerdotal, también le practiqué la unción de los enfermos antes de devorarlo. Recuerdo haberme repetido a mí mismo que podía ser que Dios me hubiera abandonado, pero que no por eso abandonaría a aquellos con los que sus sacramentos todavía simpatizaran. Esos restos de la vocación sacerdotal de los que acabo de hablar, fueron los que Byron se ocupó de destruir.

Esa noche sólo lo vi, no supe quién era hasta que alguien que también salía aquel club se dirigió a él para alcanzarle un reloj que se le había caído y en lugar de llamarlo por su nombre real, lo llamó por el que todos conocemos. Yo había oído hablar de él, y aquello que se le adjudicaba me producía tanta intriga como desagrado. Decidí seguirlo hasta donde se dirigía, pero mis planes se frustraron cuando decidió subirse a un carruaje.

Sin embargo, la suerte decidió que debíamos conocernos: siendo que ambos teníamos un amigo en común, una noche nos presentó y Byron me contrató como su médico personal, ya que estaba por comenzar un viaje alrededor de toda Europa, y creyó que necesitaría de mis servicios.

Durante esa gira, intercalamos museos con burdeles y monumentos con clubes de hachís. Como dije, lo que quedaba de mi vocación sacerdotal acabó por perecer en ese viaje con mi tan excéntrico compañero. Fue durante una de aquellas veces en un burdel, cometiendo lo que en aquel momento identifiqué con el pecado de la gula por lo que hacía con algunas de esas mujeres cuando nadie miraba y con la complicidad de todos los que luego encontraban sus cuerpos, que recordé por primera vez en varios siglos mi pasado como caballero de la Orden de Malta, y de cómo, durante el sitio de Rodas, fue que conocí a quien me despojó de mi humanidad.

Arrodillado estaba yo en el suelo, usando mi espada como un bastón para mantenerme lo más erguido que pudiera. Habíamos perdido la ciudad en manos de Solimán. El estar tan malherido como recién describí me producía los más terribles delirios, por lo que no lograba distinguir entre si era de día o de noche, y si me hallaba entre los cuerpos de mis compañeros, o entre los del enemigo. Fue cuando escuché algo que parecía un pedido de ayuda en árabe, que atiné a usar mis últimas fuerzas como humano para enterrar mi espada en el cuerpo de quien estaba pidiendo aquellos socorros. Lo que siguió a eso fue que otro enemigo que estaba cerca de nosotros me atacara, no con el filo de su espada, sino con el de sus colmillos. Aquel sarraceno había atinado a decirme unas palabras en mi idioma antes de convertirme: “si creías que esto era entre nosotros, estabas equivocado”. Hace apenas unos años creo que comencé a entender a qué se refería.

Lo que siguió a eso me aproximó más a ser una bestia que un hombre.

Luego de curarme succionando la sangre del sarraceno que había matado, usé todas las habilidades e instintos que mi nueva naturaleza me había conferido para escapar de aquella situación hasta llegar hasta la que estoy narrando y llegar hasta el día de hoy, claro está.

El tan vívido recuerdo de aquella experiencia, producto tanto de la situación como de las sustancias que Byron y yo habíamos consumido antes de entregarnos a lo que sucediera en aquel antro, fue lo que terminó por desencadenar mi verdadera naturaleza.

Hasta aquel momento, yo sólo había experimentado los placeres carnales las veces que la ocasión lo había propiciado, salvo cuando estuve casado con una mujer portuguesa, la cual también me dio tres hijos, que, al igual que a ella, lamenté enterrar cuando la peste se los llevó, pero habiendo sido yo quien le diera la mordedura de gracia a los cuatro para detener su sufrimiento de una vez por todas. Con Byron eso había cambiado: no era para nada inverosímil decir que ambos competíamos por ver cuantos excesos podían aguantar nuestros cuerpos. De alguna manera, ambos éramos criaturas de la noche. Lo que más nos diferenciaba no era que Byron lo era por hábito y yo por necesidad, sino que yo además de pecar de gula pecaba de avaricia.

La vida nocturna, cuando se trata de gente honesta, sólo le permite vivir a las damas de los lupanares y las tabernas. Para costearme mis distintas residencias, me dediqué a devorar a los burgueses y a los nobles que salían de aquellos mismos lugares donde habita esa gente honesta. Fue en una de estas circunstancias, que el destino me topó con Paracelso. De él fue que aprendí los rudimentos del oficio de la medicina. Luego de eso, sólo tuve que estar atento a los distintos avances en dicha ciencia para poder seguir ejerciéndola y ya no depender tanto de mi otro oficio antes explicado.

Fue mi avaricia lo que me alejó de Byron, de nuevo desmintiendo lo que dicen los libros. Una noche, no recuerdo ya en qué ciudad, nos encontramos con que el burdel al que íbamos había sido clausurado por orden de las autoridades municipales. Volvimos a la suite que Byron había alquilado por esa semana y nos dedicamos a beber. Estando él vulnerable y estando yo harto de su persona, procedí a atacarlo con el objetivo de luego ir por todos sus parientes y riquezas, aprovechando el escándalo que seguiría su muerte y la “desaparición” de su médico. Fue un rayo de sol lo que lo salvó: al ver como mi piel ardía en llamas, asustado huyó de la habitación. Por lo que deduzco, nunca habló de aquel incidente con nadie. Me salvé de morir incendiado arrojándome a la bañera, que para suerte mía, estaba llena. Cuando el personal del hotel vino a ver qué había sucedido, ninguno de ellos sobrevivió a mi cólera, tampoco ninguno de los otros huéspedes. Esperé a que se hiciera de noche para ya con mis fuerzas renovadas, desaparecer de allí para luego fingir mi muerte con la complicidad de otros como yo.

Un tiempo después me enteré de que Byron había muerto a causa varias sangrías que empeoraron la enfermedad de la que estaba tratando de salvarse. Y pensar que yo mismo podría habérselas practicado de haber sido más paciente.

He repetido este mismo ciclo dos o tres veces más y la última me ha llevado a la ciudad en la que he decidido morir. El sol que a través del techo me azota es el que quiero que me libre tanto de la penumbra como de su ciclo. He invertido mis últimas fuerzas en intentar dejar una buena historia. Como dijo mi conversor, estaba equivocado al pensar que “esto” era entre nosotros: es entre el día y la noche, y entre la vida y la muerte, entre lo que hay de este lado y lo que hay del otro.

Pero como dicen algunos sabios que he leído al pasar, nadie vive su propia muerte.


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