Alejandro Benítez, “Radio Nahual”
Su mundo estaba cambiando y eso no estaba bien. Después de mucho tiempo en paz, había disputas entre las criaturas nocturnas, todo a raíz de que llegaron extraños soldados con corazas brillantes, animales gigantescos y armas de trueno. Años atrás, el imperio más peligroso había caído y desde entonces, nada había sido fue igual.
Meztli observó el pueblo montaña abajo, donde su olfato le indicaba la existencia de muchos bebés, en especial de “esos”; criaturas que, con su piel pálida y exótico sabor, habían desencadenado peleas encarnizadas entre las tlahuelpuchis.
Pese a estar en completo desacuerdo con esa guerra silenciosa, comprendía las razones. Probar la sangre de dos niños “nuevos” fue una explosión de sabores recorriendo su boca. En lo personal, ella lo percibió como “bastante bueno, pero sólo eso”, había sido como probar carne de ave, sólo que en distinto platillo. Caso contrario a las demás de su especie, enloquecidas ante el novedoso alimento. Si bien la sangre de un recién nacido ya era un trofeo que muchas ambicionaban al punto de la mera adicción, las nuevas familias trajeron consigo algo nunca antes saboreado.
Las nubes cubrieron el cielo, sumergiendo el valle en tinieblas que ofrecían cobijo para cazar. Cuando estaba dispuesta a convertirse en ave para ir de cacería al pueblo, el viento del oeste llevó dos aromas que detectó con su fino olfato. No estaba sola, otras buscaban el tesoro.
Ahora la pregunta, ¿seguir adelante o resistir el hambre un par de noches más? En la mejor de las situaciones, las tres tlahuelpuchis podrían compartir sus presas, pero por mera experiencia, supo que eso era imposible. Todas deseaban quedarse con cada gota de sangre infantil para ellas solas. Este era el aspecto más peligroso: si la habían detectado, era probable que buscasen eliminar a toda competencia. Meztli prefirió escapar de la zona, ya cazaría a un viajero desprevenido, aunque la sangre tuviera un gusto rancio. Con su forma de ave, emprendió el vuelo sobre las copas de los árboles; no se involucraría en peleas innecesarias.
Surcando la noche, sus reflejos fueron rápidos cuando una saeta le pasó demasiado cerca, casi derribándola. Otra más atacaba desde la derecha y Meztli esquivó las garras por muy poco, obligada a aterrizar entre el follaje para protegerse de nuevas embestidas. De nuevo como humana, esperó hasta que alguien dijo con voz aguda:
—Sal o te buscamos.
—¡Ya me voy! —Anunció a sus semejantes— No quiero pelear, el pueblo es todo suyo, pero hay al menos otras dos cazando por el oeste.
Silencio. ¿De verdad podía tener tan mala suerte? Era rarísimo encontrar a seres tan territoriales trabajando en pareja, ¿y ahora había dos equipos así? Meztli repitió la advertencia, pidiendo que la dejasen pasar.
—Te escuché la primera vez —era otra voz, hablando desde el suelo—. También las olemos. ¿Pudiste hablar con ellas?
—No. Vine a comer, pero estas peleas son tontas y no quiero morir.
—¿Y debemos creerte? —dijo la voz aguda mientras se acercaba contoneando las ramas—. Es demasiada coincidencia que haya otras tres en el mismo lugar.
Podrías estar con ellas.
—Vivo sola, trabajo sola.
—Imagino que te sientes orgullosa de eso, viendo cómo las adictas pelean entre sí para conseguir sangre blanca…
—Y ustedes deben estar felices de que nos matemos así. No hacen falta más enemigos si nos exterminaremos solas.
Las tlahuelpuchis saltaron frente a Meztli, apoyadas sobre delgadas ramas que luchaban por no romperse. Ella retrocedió, a la defensiva Una de ellas era demasiado joven para cargar con esta maldición y se veía decidida a abrirse paso sin medir consecuencias. Su compañera le sostuvo por el hombro, sabiendo que era impulsiva. Más tranquila, pero firme, habló:
—Somos las dueñas de este valle. Es nuestra casa y de nadie más. Si estás aquí, es porque querías robarte nuestra comida. Tontas como tú nos complican todo; tenemos un ciclo para beber sangre sin levantar demasiadas sospechas.
—Comemos en un pueblo —interrumpió la joven—, queda en paz por varias semanas o meses mientras vamos a otro sitio. Un ciclo perfecto…
—Hasta que llegan invasoras como tú a comer sin razón, embrutecidas por el aroma y entonces vienen los problemas. Aldeanos con fuego…
—No queremos eso, ¿verdad?
Se acercaban a Meztli, quien hacía equilibrios entre ramas cada vez más frágiles, sabiendo que era imposible escapar; así tomase cualquiera de sus múltiples formas, ellas le acorralarían. Por fin, su peso fue demasiado para el árbol y cayó, apenas amortiguando los golpes. Antes de que tocara el suelo, ellas le tenían sometida, mostrando sus colmillos.
Meztli pataleó para defenderse. La más joven estuvo a punto de morderle el rostro, pero ella logró trabarle la mandíbula con un trozo de madera que llegó hasta la garganta. Tosiendo, la tlahuelpuchi cayó contra el suelo mientras las otras dos forcejeaban en un tronco.
Un nuevo grito de la chica, pero fue tan distinto que las mayores detuvieron su pelea. Fue un alarido largo, agudo y lleno de dolor que no pudo provocar la defensa de Meztli. La mayor preguntó si estaba bien y cuando la vieron, ella se arrastraba con una flecha en su pierna, alumbrada por el resplandor de varias antorchas aproximándose. Era una horda de aldeanos provenientes de cada rincón en ese valle, buscando exterminar a los seres endemoniados que asesinaban a sus hijos.
—¡Vuela! —gritó su hermana, soltando a la invasora— ¡Vámonos ya! ¡Ya!
Le ayudaba a ponerse de pie, con los exterminadores cada vez más cerca. Estaban tan concentradas en matar a la extraña que no les olieron. Meztli trepó hasta una distancia segura, donde las hojas podían cubrirle para espiar. O quizá… ¿qué ganaba por ayudarles? ¿ellas la habrían entregado?
Fue muy tarde para decidirse. Las tlahuelpuchis quedaron sometidas en el centro de las antorchas, con la turba abriendo paso a alguien más. Un hombre alto, con ropas extrañas, sosteniendo en sus manos un libro y otro objeto pequeño que Meztli no alcanzaba a distinguir.
—¡Ayuda! —Gritaban las dueñas de ese territorio— ¡Haz algo y te daremos todo el valle para ti sola!
Ella tuvo suerte de que su idioma fuera desconocido para los pobladores, pues de otra forma le habrían delatado. La horda quedó en silencio, mientras el hombre del libro decía algo extraño, imposible de entender, pero que provocó un dolor terrible en Meztli. De pronto, estaba muy mareada y sentía todo su cuerpo ardiendo en una fiebre demasiado agresiva. Mordió su propio puño para no gritar de dolor, pero ellas no podían hacer lo mismo.
El misterioso objeto era una botellita plateada y ese hombre vació todo el contenido sobre las tlahuelpuchis. Meztli no pudo más, sabiendo que su vida corría grave peligro. Apenas consciente, se transformó en ave, pero no podía volar. Sólo saltaba de rama en rama para alejarse de los cazadores. No supo lo que pasó con esas dos mujeres.
Comer era cada vez más difícil con los territorios disputados por todas las tlahuelpuchis. La exquisita sangre neonata desataba peleas a muerte entre sus semejantes y ahora ese hombre amenazante logró herirlas sólo con hablar, ¿y si había otros como él? Más que nunca, estaba decidida a actuar por su propia cuenta, ¡que otras murieran por la nueva sangre, si tanto lo deseaban! Podían matarse entre ellas por el control de las montañas y valles, ¡ella no les necesitaba!
Meztli tenía mucho miedo. Los tiempos habían cambiado.






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