Una de las siete maravillas del mundo son las pirámides de Egipto, esas tres construcciones monumentales que, en realidad, son tres tumbas inmensas. Aunque son un poco más que eso, todo lo relacionado con la momificación es, por resumirlo mucho, un intento de inmortalidad.

Los faraones, esos reyes semi-dioses, fueron de los primeros ejemplos de lo que la soberbia puede llegar a ser. Se colocaban frente a su pueblo, extendían los brazos con el sol sobre ellos y exclamaban: ¡Yo debo permanecer! La historia me recordará a mí y solo a mí. Y bueno, Keops, Kefrén y Micerino siguen en el colectivo del presente, a más de cuatro mil quinientos años de sus muertes, o al menos sus nombres, que ya es mucho. El culto al ego los llevó a quedarse por siempre en la mente de la humanidad.

Pero después de ellos hubo miles de ejemplos más, reyes, artistas, tiranos, empresarios, de todo… en todo ámbito la soberbia se ha presentado como ese gran pecado social en el que, por la razón que sea, se cree que uno es mejor que otro, que merece más, que es superior, que se le debe hacer un altar de 50 metros de altura para que todos miren hacia la representación de su gloriosa existencia.

Y hoy en día está presente una curiosa variante de esta soberbia. Una en la que la tecnología ha formado parte y parece no poder contener. No hablo de un tirano ruso, o un racista americano, o un actor ganador del Oscar, sino de los Influencers… sí, esos de Tiktok, de Instagram y de Twitch.

¿Cuál será la diferencia entre estos nuevos artistas y los antiguos? ¿Estos ciber faraones y los del antiguo Egipto? ¿Qué tendrá Leonardo Da Vinci que no tenga Arigameplays?

El elemento que lo cambia todo es la pereza, ese otro pecado, más presente en la actualidad que en la construcción de las pirámides. Verán, a lo que me refiero es a lo siguiente: Aunque el faraón se sentara en su trono a mirar, él hacía algo, gobernaba al pueblo, dirigía la construcción de las obras, declaraba guerras. Da Vinci hacía diseños, era inventor, pintaba, esculpía, investigó la anatomía humana, los astros, ingenió el primer helicóptero y un tanque ¡Maldita sea! No había tiempo para la pereza.

Hoy se busca esa misma gloria bailando frente al celular y haciendo parodias malas sobre el trabajo de otros. No digo que no haya trabajo detrás de eso, pero para alcanzar la gloria que esperan, que imaginan, la que su soberbia reclama, deben hacer algo muchísimo más grande y eso sí les da pereza.

Esa mezcla de pereza y soberbia es la que hace que historias del estilo “Influencer va a restaurante a exigir comida gratis” se hagan populares y que, por obvias razones, hagan enfadar a la mayoría del público, o al menos los que tienen dos dedos de frente. Considero que, si hay que culpar de esto a alguien, es a la sociedad, no a quienes lo siguen… no, a esos fanáticos no, más bien al estilo de vida que tiene esta sociedad.

Estamos esclavizados a un celular, como los esclavos egipcios a un grillete (aunque se ha demostrado que nunca fueron esclavos en Egipto, pero… bueno, síganme en el ejemplo), construimos con nuestros likes las pirámides de nuestros ciber-faraones. Con sus regalos de patrocinadores como si fueran ofrendas de oro, todo por la pereza del público.

Dejan de esforzarse, les gana la pereza y permanece la soberbia… por ponerla más fácil de entender aun: el video con más likes en Tiktok era el de una chica moviendo los ojos y la boca al ritmo de una canción random, el que le quitó el puesto es de un plato con fresas bañadas en chocolate. Bella Poarch pasará a la historia, ya es un referente.

Creo que la sociedad está perdiendo valores y está llenándose de pereza, esa que les evita exigir contenido de buena calidad, trabajar para crear belleza real, moverse, liderar, innovar y experimentar, mejor prefiero ver el mismo video doscientas veces con diferente persona, aunque haciendo lo mismo a crear, imaginar, investigar.

A un faraón, cuando moría, le hacían el ritual mortuorio, le extraían órganos para ponerlos en jarrones artesanales, embalsamaban el cuerpo, lo envolvían en vendajes, lo metían en sarcófagos y colocaban al centro de construcciones que tardaban décadas en terminar… hasta entonces se volvían inmortales.

Michael Jackson, construyó su fama desde niño, compuso canciones, música, bailes, giras, innovó en la música, movió al mundo artístico de la época y lo juntó en una sola canción, y ahora es inmortal.

Hoy, tienen un video exitoso y se colocan frente a nosotros, con los brazos extendidos y el sol sobre ellos y nos gritan: ¡Yo debo permanecer! Yo y nadie más…. Y denme comida gratis en este restaurante.


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