Desde que era niña, odiaba los domingos. Y no por el día en sí, sino por lo que esto significaba. Ponerme un vestido rosado, un enorme moño sobre mi cola de caballo e ir a visitar a la abuela.
Desde que amanecía mamá se ponía de mal humor con todos, con papá, con Toby y conmigo porque odiaba ir a esa casa de la que mamá siempre salía llorando o enojada, y que olía a viejo.
Como cualquier otro domingo, mamá batalló para ponerme ese odioso vestido, me metió al carro a la fuerza y después de conducir por un rato, llegamos. Papá rara vez nos acompañaba a pesar de las miradas furiosas que mamá le mandaba en el desayuno, y como de costumbre, Silvia nos abrió la puerta.
—Está dormida la señora—nos dijo Silvia mientras se hacía a un lado para dejarnos pasar.
Todo estaba igual, los mismos adornos, los mismos libros, las mismas medicinas, el mismo olor a viejo que tanto detestaba, lo único diferente es que ahora, en la cocina, un niño jugaba con sus carritos.
—Mira, Mayna, te presento a mi hijo, Rubén, tiene la misma edad que tú, seis años, yo creo que se van a llevar muy bien—me dijo Silvia mientras sacaba unas paletas heladas de la nevera. —Solo no hagan mucho ruido, ya sabes que a la señora no le gusta.
—Te vez ridícula—me dijo Rubén en cuanto Silvia nos dejó solos.
—Y tú eres un tonto—le respondí sabiendo que tenía razón— ¿A qué juegas?
—A las carreras, ¿Qué no ves?
—Eso es para tontos, vamos a jugar a otra cosa, ándale…
—No voy a jugar a las tonterías que juegan las niñas…— me respondió Rubén haciendo una mueca de berrinche.
—¿Sabías que en esta casa hay un tesoro oculto?
—No te creo, eres una mentirosa…— me dijo Rubén, aunque en esta ocasión me había sacado la lengua, un gran insulto para esa edad.
—Pues eres un gallina, me voy a buscar el tesoro, yo sola, y no te voy a dar—le respondí con la dignidad que mi edad me permitía, para después, sacarle la lengua también.
—No, espera, yo también quiero buscar el tesoro—me gritó Rubén mientras brincaba de la silla para poder alcanzarme.
—¡Cuidado! —le grité a Rubén mientras lo empujaba…
—¡Oye!
—Tienes que tener más cuidado, ¿lo ves? Casi caes en arenas movedizas.
—¿Estás loca? Ahí no hay nada, solo es el piso.
—Shhh… hay que tener cuidado aquí en el desierto… si queremos llegar al tesoro, tenemos que cuidarnos de los ladrones ¿los ves?
—Solo veo a nuestras mamás…
—Si queremos encontrar el tesoro, no debemos despertar a la momia… ¿ves? Está ahí, dormida, sin hacer nada…
—¡Sí, sí la veo! Y qué eo huele…huele como…
—¡Huele a morido!
—Se dice muerto, boba y ¿tú cómo sabes a qué huele un muerto? ¿Has visto a uno?
—Pues huele a muerto, porque esa momia era la reina de su reinado, era la más hermosa de todos, y la más inteligente… tan inteligente que lograba vencer a todos los malos, pero un día su enemigo mortal la envenenó, y su príncipe no quiso perderla, por eso llamó a todos los brujos y hechiceros que conocía para que mantuvieran su belleza eternamente y aunque lograron que los huesos no se hicieran polvo, solo piel arrugada y huesos quedaron de ella… por eso sé que huele a morido…
—Ya boba, lo que tú digas, pero ¿dónde está el tesoro?
—Primero tenemos que encontrar el mapa, pero te lo advierto… esta no es una misión para gallinas…
—¿Me estás diciendo gallina?
—Ven corre, hay que ir a tierras más elevadas, ahí entre arañas y serpientes se encuentra el mapa…
—¿Niña, ya llegó mi hija? —preguntó mi abuela con esa odiosa voz entre fúnebre y chillona.
—Sí señora, aquí está. Se está tomando su té.
—Dile que venga… Hay pero que fea estás… seguro es porque te casaste con el vago ese… haragán es y haragán se quedará… te dije que no te convenía que solo te iba a hacer sufrir con su pobre salario de profesor… que desperdicio de belleza y pensar que eras casi tan bonita como yo…si no hubiera sido por esos dientes…
—¿Tu abuela siempre es así? Mamá dice que es una señora muy triste y que por eso…
—Shhh… la momia se despertó, le está dando órdenes a sus esclavos para que nos atrapen… ven rápido, hay que escondernos en las cuevas de arriba, así no nos podrán ver.
—Espera, mamá dice que no podemos ir arriba, que nadie puede subir…
—¡Oh, no! la lava empieza a quemar todo el piso, ven corre o morirás quemado.
Subimos corriendo hasta llegar al único cuarto de la casa al que nunca había podido entrar, no por falta de curiosidad, sino por el hecho de que cada vez que lo intentaba la puerta estaba trabada con seguro.
Era una habitación enorme, o al menos eso me pareció en ese momento. Recuerdo que en la habitación casi no había muebles, solo pegado a la pared, un enorme armario con hermosos grabados y un escritorio que le hacía juego, por lo demás, sólo eran cajas y cosas viejas que de seguro mi abuela se negaba a tirar.
—Genial, encontramos la cueva de los piratas…— seguí jugando con la emoción de haber entrado al cuarto prohibido
—¿Qué no eran momias?
—Sí, sí como sea, ven, ayúdame a buscar el mapa del tesoro antes de que la momia nos atrape y nos devore los cerebros…
—Las momias no devoran cerebros, boba, esos son los zombis…
—¿Me vas a ayudar o no?
—¿Esto sirve?
—Guau, no eres tan tonto como pensaba… encontraste la llave del cofre, que linda es, ¿ya viste?
—Sí, boba, ¿Cómo no la voy a ver si yo la encontré? Pero… ¿qué abre?
—¡Que el cofre del tesoro!, ven debe estar por aquí escondido…
—Pero en las películas, el cofre nunca tiene llave, siempre está abierto… espera, ¿qué haces? Mamá dice que no podemos andar abriendo los armarios, que es de mala educación…
—Ven, ayúdame a seguir buscando… si fueras una momia de miles de miles de miles de miles de años… ¿Dónde guardarías tu tesoro?
—En un programa de detectives vi que decían que las pistas siempre están a plena vista, solo hay que saber ver…
—¿Qué? No te entendí nada de nadita… pero hay que seguir buscando.
—Que boba eres… significa que …Espera ¿estás loca? Mi mamá me va a matar… no puedes estar husmeando en los armarios…
—Deja de ser un gallina y ayúdame a sacar la ropa, aquí atrás hay algo… creo que es una puerta…
—Puerta para enanos… ¿por qué tu abuela…?
—Shhh… no invoques a la momia o te caerá la maldición… mejor pásame la llave.
—Apúrate, yo también quiero ver que hay…
Un escalofrío nos recorrió la espalda apenas cruzamos la extraña entrada que se ocultaba en el armario, un escalofrío que atravesando nuestros pequeños cuerpos salió en forma de gritos aterrorizados al ver ahí oculto, entre telarañas y mugre, un esqueleto que por única prenda llevaba el viejo sombrero de mi abuelo.
—¡Niños! Vengan acá… no me hagan subir hasta allá—gritó mi mamá desde la sala.
—¡Te dije que nos meteríamos en problemas! —me dijo Rubén después de haberme jalado del brazo para salir de aquél horrible cuarto, mientras trataba de contener sus lágrimas.
—¡Mamá! ¡Mamá! ¡ven rápido!
—Al rato cariño, acaba de empezar mi telenovela
—Pero mamá…
—Ya sabes la regla, Mayna, a esta hora más vale que te estés desangrando…
—Pero mamá, encontré al abuelo…
—Mayna, lo digo en serio… cállate antes de que despiertes a tu abuela, no podría seguir soportando sus reclamos y sus críticas—dijo mi mamá mientras se perdía en el mundo de la televisión.
—Ven, Mayna, yo sé dónde guardan el tesoro—me dijo Rubén al ver mis lágrimas recorrer mi cara. —¿Ves ese monte de ahí?… solo hay que llegar hasta la cima y el tesoro será nuestro.
Y tenía razón, solo había que subir hasta la cima para poder alcanzar el mayor de los tesoros: una caja de chocolate que teníamos bien merecida después de tantas aventuras.
Y sobre mi abuelo, no volví a mencionar nada, después de todo, ningún adulto le creería semejante historia a ningún niño.






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