Brandon Barrios

Era el año 1922. La tumba de Tutankamón ya había sido encontrada. Ganándose la atención de los grandes medios de ese entonces, Howard Carter, aquel ya no tan joven arqueólogo, y su equipo, financiado por el también célebre Lord Carnavon, conquistaban las inquietudes del mundo, provocando que su historia fuese contada muchas más veces que la que quien leyere este texto tendrá frente a sí.

Fue de noche, en un museo que en aquél entonces se hallaba ubicado en la calle Viamonte al 430, en pleno microcentro de la ciudad de Buenos Aires, que durante esos años comenzaba a hacer gala de su cosmopolitismo y de su herencia de la belle epoque. En una sala pensada para cuando las piezas de ese tamaño eran recién recibidas, un arqueólogo formado en Europa y perfecto conocedor de lo que veía, admiraba con superlativo asombro el cuerpo de una niña momificada en tiempos en los que el Tawantinsuyu había prevalecido sobre las poblaciones del norte argentino. Durante su estancia de seis años en varios países del Viejo Mundo, gracias a su desempeño y a los contactos de su familia, había tenido la oportunidad de estudiar a algunas de las momias egipcias recién descubiertas, e incluso se le había ofrecido la oportunidad de residir en esos países como investigador y docente, oportunidad que rechazó por tener el presentimiento de que una misión más grande lo esperaba en su tierra natal. No sin ganarse el asombro y las críticas de su familia por tomar aquella decisión, comenzó a trabajar en el museo donde transcurrieron algunos de los hechos aquí narrados.

Su ayudante se había ido antes, o él se había quedado más de la cuenta. Debido a sus conocimientos adquiridos, se le había asignado la tarea de realizar los debidos trabajos de conservación al cuerpo de la niña. En aquel momento, sólo estaba contemplándola. Recordó que cuando la desenterraron, —hecho para el que había sido convocado, pero al que no logró asistir— el día anterior había soñado con un rostro de niña que le hablaba en una lengua que no era la suya, pero que tampoco le parecía desconocida. Y algo había en las facciones de la niña —las pocas que se dejaban ver—, algo que recorría todo el aire y que extrañaba a aquel científico, al mismo tiempo que lo motivaba a quedarse despierto sin necesidad de recurrir a las bondades de la cafeína.

Un sonido que sólo él pudo escuchar, un viento que entró a la habitación, a pesar de que las puertas y ventanas estaban cerradas. La niña temblaba. Él se acercó a contenerla como si pensara que estaba sufriendo, había olvidado que se trataba de un cuerpo inerte. ¿Y cómo iba a recordarlo si estaba viendo lo antes descrito?

Aquel cuerpo comenzó a contorsionarse. Su movimiento parecía eléctrico, se movía como si en su cabeza habitara una mente en perpetua y sofocante agonía.

Fue cuando la niña dejó de temblar. Su mirada y la del arqueólogo se cruzaron. Ella habló, él entendió. Ambos cayeron. Nadie los escuchó.

Él se despertó con una palmada en el hombro y el sonido de una voz familiar.

—Doctor Argañaraz, Doctor Argañaraz, despierte. ¡Bruno!
Cuando abrió los ojos vio a su ayudante y amigo, el doctorando Weizsäcker.

—Te desmayaste cuidando a la momia. Qué anécdota –le dijo entre risas su amigo.

—Sí. –respondió Argañaraz mientras se incorporaba y era recíproco con las risas.

Luego de intercambiar unas palabras con su colega, Argañaraz decidió regresar a su casa, preguntándose si lo que había sucedido había sido un sueño. Al llegar a su residencia, luego de darse un baño, procedió a dormir un par de horas. Cuando despertó, le ordenó a Silvina, su mucama, que le preparara algo para merendar. Fue durante aquella comida que se dio el tiempo de consultar los pocos libros sobre los incas que tenía en su biblioteca, a los cuales también se sumaban los primeros dos números de una revista sobre el tema que había adquirido durante su estadía en Europa. Ambos libros eran demasiado generales como para satisfacer grandes inquietudes sobre pequeñas cosas. En aquel entonces, ni la antropología sociocultural ni la arqueología estaban debidamente desarrolladas como disciplinas, por lo que el lector interesado en sus competencias debía confiar en los libros de historia, a lo que se sumaba otro problema, que era que en aquella disciplina no se había cultivado el suficiente interés por las sociedades de la américa precolombina. Existían los escritos del inca Garcilaso, pero por la época de la que databan y por las apreciaciones que la academia hacía de ellos, eran considerados más cercanos a la literatura que a la historiografía.

Fue en las revistas que encontró algo que podía echar cierta luz a su desconcierto.

Un artículo, breve y de una concisión que parecía probar que nada es casual, hablaba de un mito del dios Viracocha, el cual había sido transmitido por el inca Ruiz de León, contemporáneo mucho menos reconocido del inca Garcilaso, del cual, según contaba el autor, poco se sabe, pues al haber sido hallado culpable de hurto y profanación, murió degollado por orden de la corona a muy temprana edad. Antes de morir, redactó un conjunto de mitos y leyendas que había sabido retener en su memoria, que también era la de sus ancestros.

Aquel mito contaba cómo Viracocha, compadeciéndose de sus súbditos, había descendido una última vez al Lago Titicaca luego de ser llamado para poner fin a una invasión extranjera, que el autor del artículo identificó como la de los españoles, siendo esa identificación necesaria debido a que el manuscrito había llegado incompleto. Viracocha eligió poseer el cuerpo de un niño y prometer que a donde quiera que el niño fuera, también iría él, causando que además el niño no envejeciera, y de esa manera, todo lugar en el que el niño estuviera, también estaría protegido por él, con la condición de que nadie dañara el cuerpo del que el dios era huésped. Una sucesión de hechos desencadenados a partir de esto, fue en parte responsable de la prolongación de la resistencia incaica en lo que hoy se conoce como los Incas de Vilcabamba, portadores de un linaje que en aquel momento se creía desaparecido por las fuerzas combinadas de la espada y la ley de los conquistadores.

Luego de años de enfrentamientos, de idas y venidas a favor y en contra de aquellos guerreros, el conquistador Francisco de Argañaraz y Murguía tomó posesión de los restantes territorios indígenas —que para aquel entonces, 1593, lo que quedaba de los Incas de Vilcabamba se había fusionado con las demás poblaciones, compartiendo únicamente el mito de la protección del ya mencionado dios— en parte gracias a que logró matar al niño, conociendo la importancia que tenía para ellos, resultado de lo que se decía de él. El mito concluía con que antes de morir el niño, el dios habló con su propia voz y atinó a profetizarle al conquistador que cuando el cuerpo de aquel infante y su descendencia se encontraran, su cólera sería liberada en el mundo, por lo que el conquistador concretó que se escondiera dicho cuerpo, ordenando que quienes supieran de su ubicación fuesen ejecutados después de hacer tal labor.
El resto son la historia, los mitos y las leyendas que ya se conocen: los dioses, las lenguas y los símbolos de aquella región fueron vencidos por aquellos que trajeron los hombres montados en sus corceles, no sin sembrar en la memoria colectiva de aquellos pueblos el germen de una ancestral resistencia de la que supieron enorgullecerse en los siglos que siguieron.

Aquella narración hablaba de la familia de Bruno. Sabía, por los relatos que cuando era niño se había cansado de escuchar por parte de sus padres y sus abuelos, que la historia familiar se remontaba a la época de la conquista, y que, de hecho, en la casa de su bisabuelo todavía se conservaba intacto el que en aquellos tiempos había sido el blasón familiar. Volvió a pensar de nuevo en el mito y en su profecía, y comenzó a especular sobre el destino del cuerpo del niño, y en el hecho de que el cuerpo que se había encontrado era el de una niña, y que, como ya se dijo, estaba momificada. Se le ocurrieron varias hipótesis, y todas coincidían en que lo más probable era que la transmisión del mito por parte del Inca Ruiz de León estuviese equivocada en hablar de un niño en lugar de una niña, y que el cuerpo de la infanta podría haber sido recuperado por los adoradores de Viracocha y por eso fue momificado y hallado en el sitio donde los arqueólogos lo hicieron.

De cualquier manera, esas conjeturas ya no importaban.

Todo sucedió demasiado rápido: un minúsculo proyectil atravesó su ventana y le dio en el cuello. A punto de caer desmayado, lo último que vio fue como un grupo de gente irrumpía en su casa.

Despertó unas horas después, ya era de noche y él estaba sentado en la sala del museo donde se hallaba la niña, rodeado por las personas antes mencionadas. No quiso saber cómo toda esa gente había logrado hacerse camino hasta allí. Lo único que entendió fue que lo habían secuestrado y que por el mito sobre el que leyó y reflexionó, todos en aquella sala estaban conectados de alguna forma.

—Ahora que está despierto podemos proceder con el ritual. Viracocha caminará entre nosotros de nuevo y su estirpe volverá a habitar la tierra, siempre recordando a quienes lo despertaron de su profundo sueño.

—¿Quiénes son ustedes? —inquirió Argañaraz.

—Los últimos Incas de Vilcabamba. Esos que sobreviven gracias a la memoria de su pueblo y al favor de sus dioses. Y de usted es la sangre que liberará a Viracocha de su encierro.

Cuando el líder acabó de hablar, Argañaraz apretó los labios. Se le ocurrió decir que eran sólo una secta, pero el temor pudo más que la intrepidez.

Procedieron a realizarle un corte en la mano y a dejar caer la sangre en la boca de la niña. Ella comenzó a contorsionarse hasta que su rostro y el resto de su cuerpo se transformaron en los que eran realmente del dios, y junto con su despertar llegaron sus primeras palabras en casi cuatro siglos. Habló en quechua, pero Argañaraz lo escuchó en español, sembrando la posibilidad de que como se trataba de un dios, hablase en todas las lenguas al mismo tiempo. “Volví y soy millones. Ahora, hijos míos, recuperen la tierra”, fue lo que dijo aquella deidad.

Boquiabiertos, como estaban todos los humanos allí presentes, observaron cómo de la carne del dios brotaron fuego y partículas de azufre, y cómo ambos elementos rodearon toda la habitación en un despliegue de colores y formas inenarrables por la experiencia humana, que para igual sorpresa de todos los allí presentes, incluido el dios, acabaron por disiparse casi como habían aparecido en primer lugar. El dios se hallaba desconcertado, sus acólitos también. Argañaraz comenzó a reírse.

—¿Qué es lo que te divierte, hombre? —le preguntó el dios.
Argañaraz tardó en responder. A medida que iba logrando contener la risa, mejoraba la articulación de sus palabras, y así fue hasta que logró decir lo siguiente.

—Parece que estar dormido tantos años le ha costado caro, divinidad. La pereza tiene ese precio—esta vez fue la intrepidez la que se había impuesto.
Entre la indignación del dios y de sus acólitos fue que Viracocha le preguntó a qué se refería.

—Tu soberbia es tan grande que no te permite entender lo que a un hombre de ciencia le es obvio. ¿Qué poder tiene un dios en tiempos en que su vida y obra sólo son un conjunto de mitos y leyendas?

Fue en ese entonces que el dios se hizo con un saber que no conocía, y que lo hizo cambiar de planes, por lo que respondió lo siguiente:

—El que me permita tener todo, aquel que ahora sabe que esos mitos y leyendas algo tienen de ciertos.

Y fue en ese entonces que de su cuerpo volvió a brotar una llamarada que alcanzó a todos los presentes en esa habitación. La noticia del incendio en el museo recorrió a gran velocidad las calles del barrio en el que estaba emplazado. Para cuando llegaron los bomberos, ya todos los presentes habían muerto quemados y el cuerpo de la niña había sido destruido. Sólo uno de los allí presentes se salvó: Argañaraz.

Fue llevado a un hospital y luego a su casa. En ambos lugares respondió un interrogatorio en el que contó la misma historia que se reprodujo aquí, pero omitiendo las partes más increíbles. La policía llegó a la conclusión de que había sido víctima del secuestro de una agrupación terrorista, probablemente con el anarquismo como credo y entendió el ataque al museo como un típico atentado.

Cuando se hubo recuperado, el doctorando Weizsäcker fue a verlo. Durante la reunión, tuvieron el siguiente intercambio:

—Se ve que tenés un ángel de la guardia—bromeó Weizsäcker.

—O quizás un dios adentro. —Respondió Argañaraz.


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