Eduardo Honey

Definitivamente era un fiambre. El cuerpo estaba completamente desecado, la piel estirada y tensa sobre el esqueleto perfilando los huesos a la perfección, cuencas vacías y oscuras, la boca abierta como si gritara, aunque era la consecuencia de la súbita pérdida de agua en los maxilares. Manos engarrotadas al igual que las extremidades lo que provocaba que estuviera en posición fetal con brazos en cruz sobre el pecho.

—¿Cómo dices que se llamaba? —le pregunté al Cabo, el detective que me asignaron de emergencia cuando Salgado, tras ver al primer fiambre, prefirió tomarse las vacaciones que le debía la corporación.

—Valentín Farías, cuarenta años, uno ochenta de estatura. Modelo desde los dieciséis, galán de telenovelas y participa en ocasiones en el Chippendale.

—¿El qué?

—Bailaba con la ropa mínima en espectáculos para mujeres.

Maldije en silencio. Seguía sin existir patrón alguno para lo que ya eran doce ocurrencias durante un año. Uno cada mes y, fuera de que eran varones, iban de adolescentes a ancianos. Los cuerpos los podríamos encontrar en un motel, un cuarto en un roomie-depa, en un departamento, en una casa o a la mitad de un parque solitarios por la noche.

—¿El inmueble tiene cámaras, Cabo?

—Es lo que estamos revisando. Al menos hay en la entrada al residencial, a la entrada de la casa y en el primer piso. Estamos examinando si existen en esta u otras de las recámaras. ¡Ah! También los baños: Valentín tenía la mala reputación de grabar a escondidas a quién fuera.

A la mañana siguiente llegué a la hora habitual a mi escritorio: las ocho de la mañana. Los demás agentes y detectives, o estaban con alguna asignación en calle o todavía no llegaban. Me puse a acabar de documentar otros casos que seguíamos, pero su progreso era lento. Los del servicio pericial siempre ponían pretextos para cumplir con lo que les pedía: “es que tenemos mucha carga, jefe”, era el pretexto que me decían sin despegar la mirada del celular. Con ayuda de la otra mano se llevaban a la boca una de las megamaxitortas que preparaba Don Lencho en su puesto en la calle de al lado. Lo único que variaba era la torta: por la mañana, de salchicha con huevo; a medio día, milanesa y chuleta; por la tarde, de hígado con cebolla; y cubana en las noches.
Algo después de las doce llegó El Cabo.

—¿Qué? ¿Te tiró la cama porque ya no te aguantaba? —saludé con molestia. Él era el tercero en aparecer en la oficina.

—Pus no fue culpa mía, mi santa madrecita se puso muy malita por la noche. No pude conseguir ayuda sino hasta hace ratito Usté disculpe.

—¿No que tu mamá vive en Curiparintaguaríparo, Michoacán?
Si hubiera gracia divina, la mandíbula inferior de El Cabo habría sonado contra el suelo. Lo agarré en curva con la mentira y tardó en reaccionar.

—Es que… es que…

—Es que nada, eres igual de flojo que los demás —repliqué tajantemente y señalé a nuestro alrededor—. Vamos, ve con los peritos para que nos saquen copia de los videos de la casa de Valentín. ¡Muévete!

Durante los siguientes días, El Cabo retornó con una colección de respuestas “no hay personal para retirarla” (el área completa asistió y se la pasó festejando el cumpleaños del jefe), “es que necesitamos una orden del juez, ya la pedimos pero no ha llegado” (no supe si el juez o la orden) en todo caso era falso, hubo un homicidio y eso les daba atribuciones suficientes” que escalaban al grado del cinismo: “ya dejen de joder, está lejos y tengo flojera” expresó con naturalidad el perito que fue asignado al caso.

Decidí brincarme las excusas y cualquier tipo de tranca. La mañana siguiente fui a la casa de Valentín (al fin y al cabo, nadie me buscaría a las ocho de la mañana en la corporación). En el sótano encontré mesa de control a donde llegaba el video de las cámaras y la información se guardaba en un arreglo de discos.

Me senté en el escritorio y busqué el video de la noche en que Valentín fue asesinado. Mostraba que llegó a la 2:37 en su Ferrari, bajó y ayudó a salir a una chica de cabello negro, tez oscura y facciones delicadas cinceladas en su rostro. Ella portaba una blusa que dejaba al descubierto su abdomen, jeans rotos y unos tenis blancos. Tuve la sensación de que había pasado por alto algo, pero no me detuve.

Durante la siguiente media hora presencié a Valentín llevando a la invitada a la sala, servirle bebida, sentarse a su lado, charlar, reírse, acariciarle las piernas y luego, sin soltar copas, llevarla tomada de la mano rumbo a las escaleras, subir al primer piso, entrar en la recámara principal, avanzar unos pasos rumbo a la camba y que la besara de súbito.

En la serranía de donde vino mi tatarabuela hay una frase: “se lo chupó la bruja”. Valentín sintió que algo le pasaba e intentó zafarse de ella. No lo logró. Sobre su piel se extendió un brillo dorado que secó y consumió su ropa, los músculos y vísceras, quemó la piel al absorber su agua o energía vital. Valentín se fue encogiendo y se aligeró a tal grado que, el hombre que le llevaba dos cabezas de a chica, quedó sostenido por las manos de ella. Lo depositó en el suelo y se arrodilló sin separarse del labio superior de él.

Tras varios minutos la chica se levantó, giró sin dudar para ver la cámara, señaló con el índice hacia ella y luego se fue. Regresó por el camino por donde Valentín la guió, pasó junto al Ferrari y dobló a la derecha al salir del residencial.

Suspiré de alivio. El perfil de ella coincidía con el video de entrada al motel y otro, muy granuloso, grabado en el parque. En los demás casos no hubo video o las cámaras apuntaban para otro lado.

Saqué una copia de esos veinte minutos y me fui a la oficina. Las tres de la tarde y El Cabo no llegaba. “De seguro se le petateó la mamá”, pensé con ironía. Me valió y salí a rastrear la zona roja por donde había estado Valentín esa noche.

El Cabo me alcanzó casi a las ocho de la noche.

—Es que mi abuelita… —empezó a decir y lo corté de tajo. No tenía ganas de escuchar el pretexto del día. Le enseñé los videos y paramos en un Office Max de 24 horas para sacar fotos de la chica.

Empezamos nuestro rastreo por la zona roja. Serían noches largas.
Casi dos semanas después la pescamos. Primero la encontramos en el Short&Live en el centro de la zona roja. Ella no formaba parte del elenco, sino que estaba sentada en una mesa que quedaba a la altura del rostro y senos de las chicas.

Nos sentamos en la misma mesa y, en cuanto la saludamos, salió corriendo. Así inició una persecución que duró quince horas.

La teniente Ramírez nos ayudó a escoltarla y meterla en un separo en cuanto llegamos con la tipa. Fuera de dos elementos, además de Ramírez, ningún otro policía estaba presente en el cuartel que formaba parte del edificio donde estábamos. Ocupaba los primeros cinco pisos además del noveno.

Le agradecimos a la teniente y cuando nos retiramos, El Cabo ladró:

—Váyase a dormir detective.

Traté de debatirle, pero él negó con la cabeza. En realidad, decía que no trabajara más y que me fuera a descansar.

—Me encargo del papeleo, detective. Y veré que los peritos vayan por los videos.

Acepté, en verdad estaba muy cansado.

Soñé con una enorme extensión de desierto. En el horizonte se levantaban pirámides que refulgían blancas bajo el implacable sol. Me acerqué a ellas y descubrí que una parecía egipcia, otra recordaba a la de Teotihuacan, y la de más al fondo, una que descubrieron en Indonesia.

El sonido de trompetas y caracoles retumbaron por doquier. Era la señal para que ella empezara su descenso desde la pirámide más cercana. Se asemejaba a la de Palenque, pero las piedras tenían forma irregular que las hacía encajar entre ellas como si fuera un rompecabezas pétreo.

Al llegar al suelo, se bajó la capa y la capucha. Era la misma chica que habíamos atrapado. Su cuerpo medía casi lo mismo que yo, tenía senos pequeños, núbiles, una cadera ancha: en proporciones era perfecta.

El cielo se oscureció y el viento rugió. Las arenas del desierto se lanzaron contra nosotros y me hirieron. La carne de ella fue rasgada y se secó un poco más con cada paso que daba hacia mí. Refulgía con el brillo dorado y relámpagos corrían en el aura de azul cobalto alrededor de ella.

En cuanto me alcanzó, vi que tenía el aspecto de los fiambres que encontramos. Sin embargo, aunque su cuerpo crujía como papel, podía moverse con facilidad. Se llevó un dedo a sus labios y luego lo depositó en los míos. El sonido del celular me despertó.

No pude llegar a la corporación. Un despliegue completo de policía, guardia nacional y ejército impedía el paso. Me estacioné donde pude y recorrí el tramo a pie mostrando mi placa cada diez metros.

Ingresé al edificio y fue cuando vi el primer fiambre. Debía ser Benito González, policía encargado de recibir a los visitantes en el escritorio de bienvenida. Nervioso, me dirigí a los elevadores mirando hacia el frente y abajo. Por el rabillo del ojo se alcanzaron a filtrar fiambres por doquier. Sabía que eran compañeras y compañeros del trabajo: a pesar de los cuerpos desecados y desnudos, cerca había hebillas, placas de policía y armas reglamentarias.

El elevador estaba fuera de servicio así que subí los trece pisos en dos etapas. En el área de escritorios, donde se ubicaba el mío, estaba repleto de fiambres. Escuché el sonido de un comentarista deportivo y me di cuenta de que pasaban las semifinales donde participaba el equipo nacional. Entendí entonces porqué el piso estaba lleno y las megamaxitortas sobre los escritorios acompañadas de caguamas.

Con desánimo, me acerqué al escritorio de mi compañero. Estaba sentado y encogido en su asiento con papeles del dictamen y la computadora prendida. Escribía un correo y me incliné para leerlo.

Fue cuando la sentí. Giré y allí estaba sin ropa, mirándome fijamente y sin un gesto en el rostro. “Cara de póker” diría mi madre. Empecé a temblar con tal fuerza que me dejé caer de rodillas. Ella se deslizó por el aire y se detuvo frente a mí. Me tomó por la barbilla y alzó mi rostro hacia el de ella. Me besó delicadamente y supe del sabor de los desiertos que alguna vez fueron habitados.

Me soltó, sonrió y me murmuró: “Aaru te espera cuando llegue el momento, no dejes de labrar tu camino. No eres como los demás que quieren cosechar sin sembrar y son engreídos en la tierra yerma”.

Se convirtió en un torbellino de arena y voló para traspasar la puerta del área. Tardé en tranquilizarme y me apoyé en el escritorio del Cabo. El correo decía “Los creídos de los peritos son unos flojos”. Ella tenía razón: las excusas son la máscara de la soberbia de los perezosos.


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