Luis Ariel Alfonso Conyedo

Esa noche Gabriel soñó de nuevo con la momia. Solo que en el mundo onírico no veía al cadáver envuelto en harapos, sino a un hombre de una hermosura indescriptible. Ese hombre le miraba. La forma de sus ojos, el ángulo de su nariz, no parecía humano, sino algo superior. Algo perfecto.

Gabriel, casi sin darse cuenta, se arrodillaba. Debajo de la majestuosa criatura surgía un trono que reflejaba toda la opulencia de su portador. Luego aparecían hombres, mujeres y niños que parecían venir de toda clase de épocas y lugares: samuráis, guerreros aztecas, legionarios romanos, caballeros medievales, druidas… Todos se postraban y entonaban cantos en un babel de idiomas que el egiptólogo no alcanzaba a comprender.

La criatura se levantaba y adoptaba una postura regia, era la soberbia personificada. Mirarlo a los ojos era como mirar al Sol. El ser les contestaba, esta vez Gabriel sí pudo comprenderlo:

—¡Adórenme! —esa era la palabra.
El cántico aumentaba su intensidad. Gabriel miraba a todas partes entre sorprendido y asustado, ¿qué debía hacer?

—¡Adóralo! —dijeron.

—Pero yo…

—¡Adóralo! —repitieron.

—Es que…

—¡Adóralo! ¡Adóralo! ¡Adóralo!

Los rostros empezaron a perder su humanidad. La piel y los ojos se derretían y caían al suelo como si fueran muñecos de cera puestos al sol. De repente, todos esos representantes de la historia del mundo eran cadáveres putrefactos y esqueletos que continuaban repitiendo la misma palabra una y otra vez. Restos que se convirtieron en polvo. El grito de “¡Adóralo!” pasó a convertirse en un eco que arrastraba el viento.

Gabriel trató de huir, pero no pudo hacerlo. Su cuerpo no le respondía. El glorioso faraón volvía a ser la ajada momia envuelta en vendajes, con su garganta podrida por los siglos le ordenaba:

—¡Adórame! ¡Adórame! ¡Adórame!

Despertó. Era de madrugada, estaba en el museo. En cuanto amaneciera tendría que dar un discurso en la sala egipcia sobre el descubrimiento de la momia ¡Maldita momia! Aquellos restos echaban por tierra todo lo conocido sobre el Antiguo Egipto: estaba en un punto del desierto que nunca les había llamado la atención y por si fuera poco, la datación por radiocarbono y los análisis de isótopos indicaban que era de una época muy antigua, en la que los hombres no debían ni existir. Por supuesto que no tenía ningún discurso preparado. Presentar aquella cosa al público era destruir todo el trabajo de historiadores, arqueólogos y egiptólogos como él… Sin embargo quienes le ayudaron a encontrarla se postraron ante el dcuerpo y empezaron a balbucear incoherencias como si estuvieran frente a un Dios.

La maldición del faraón atacaba de nuevo. Se pasó una mano por la cara:

—No, Gabriel, nada de eso es real. Hasta el mismo Howard Carter desmintió aquel invento de la prensa.

Tomó su libreta y un bolígrafo. A esa hora de la madrugada iba a escribir el discurso, oh sí, esta vez sacaría la inspiración de algún lugar. O eso creyó. Cada vez que lo intentaba un cansancio repentino se apoderaba de él. Escribir una palabra era una lucha contra la pereza. No un simple agotamiento, sino una sensación opresiva que le obligaba a rendirse. Al final acabó perdiendo. Cerró los ojos y en su mente escuchó la voz que le decía: “Ríndete y adórame.”

En ese momento la falta de sueño y los antiguos temores hicieron que Gabriel aceptara que estaba bajo las influencias de la momia. No lo vio como algo para alarmarse, estaba muy cansado para eso…

Llegó el momento de hablar frente a todas aquellas personas que habían ido al museo.

—Ríndete y adórame —dijo la voz de la momia en su mente.

De nuevo sintió aquella pereza que lo dominaba y no le permitía hacer nada.

—Sigue adelante, Gabriel —dijo otra voz, la de su voluntad—, este es tu combate.

Se paró frente a todas aquellas personas. Tomó aire. ¿Qué iba a decirles? Iba a mentir para mantenerlos lejos de aquel monstruo que no estaba muerto, sino dormido:

—Muy buenos días, mi nombre es Gabriel Hurtado y soy uno de los egiptólogos que participó en esta última expedición…

—Deja de luchar y adórame.

El cansancio se extendía, comenzaba a ver las tierras del desierto.

—Esta momia ha captado la atención de muchas personas porque no logran ubicarla en un periodo concreto —las ganas de continuar disminuían, sólo quería echarse en el piso, su voluntad lo empujaba adelante—. La verdad es que sigue bajo investigación, aunque sospechamos que debe pertenecer a la Decimoquinta Dinastía, donde Egipto estuvo bajo un gobierno…

No pudo seguir, el ejército de cadáveres lo rodeó:

—¡Adoralo ! —dijo el guerrero azteca.

—¡Adoralo ! —ordenó el samurái.

—¡Adoralo ! —repitió el druida.

—¡Bajo un gobierno extranjero! —gritó Gabriel con todas sus fuerzas para recordarse que seguía allí—. Originarios de Asia…

Apareció la momia de nuevo bajo la forma del glorioso faraón. Gabriel estaba bajo el dominio de dos poderes perversos: la pereza y la soberbia. Sin embargo, en el rostro de la momia se adivinaba el temor. ¡Oh sí, aquel egiptólogo iba a vencer a un monstruo ancestral!

Los ojos de la momia comenzaron a brillar, la piel empezó a secarse para mostrar su piel marchita y arrugada. La corriente de pecado parecía aumentar: soberbia y pereza, pereza y soberbia.

—…Los hicsos… —fue lo último que pronunció Gabriel antes de caer sin vida al piso.

Su cuerpo quedó allí, pero su alma estaba en las profundidades del desierto. De rodillas, sin ganas de moverse no pensaba en otra cosa que no fuera adorar al faraón.


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