En 1972 se estrenaba en los cines de México una cinta titulada “Las momias de Guanajuato” que a la historia pasaría como “El Santo contra las momias de Guanajuato”. Esta película, que no alcanza la hora y media de metraje, se volvería una de las más importantes, por no darle el puesto principal, de las cintas de El enmascarado de plata. Siendo un éxito de taquilla y, de paso, aclamada en Europa.
Una película de bajo presupuesto, filmada en las calles del pueblo que era Guanajuato en los setentas, con un Santo metido a la fuerza, con una historia repleta de huecos argumentales y actuaciones dignas de un grupo de luchadores mexicanos, esta cinta se vuelve un referente de la carrera, éxito y legado del personaje de la lucha libre más importante de la historia.
Producida por Rogelio Agrasánchez, quien también escribió el guión junto a Rafael García Travesi, y fue dirigida por Federico Curiel, la cinta había sido pensada para dos luchadores de la época: Blue Demon y Mil máscaras, pero fue Agrasánchez quien a última hora agregaría a su guión a El Santo, temiendo que el proyecto fracasara. Este detalle nos hace ver lo importante que era el Enmascarado de plata, ya que Blue Demon y Mil máscaras ya eran luchadores de renombre para un público que estaba acostumbrado a verlos en películas.
La historia es simple: hace cien años un antepasado de El Santo vence a un luchador denominado Satán quien juró volver para vengarse. Dicha venganza se vuelve realidad justo cuando Blue Demon y Mil máscaras, los verdaderos protagonistas de la cinta, se encuentran en el pueblo.
Es curioso que El Santo aparece menos de 20 minutos en la cinta, su participación se reduce a “pasar por casualidad por ahí”, y sin embargo es quien salva el día en la historia de la cinta y en la taquilla.
El Santo fue un superhéroe de la vida real en México. De 1958 a 1980 hizo más de treinta películas, una más bizarra que la anterior, luchando contra vampiros, hombres lobos, en la Atlántida y hasta contra Capulina. Hoy es reconocido como el cine Kitsch de México, y no es poco ya que en Europa sus películas son consideradas obras de arte del género, alabadas y estudiadas. Me imagino que piensan que fueron hechas con toda la intención de ser Kitsch y que las evidentes máscaras de látex de las momias no fueron por el presupuesto tan bajo; que las voces dobladas de los luchadores fueron una representación audiovisual del arte sobre puesto del kitsch y no por lo mal que lo hacían los luchadores; que las decisiones en la dirección tan bizarras siguen la misma idea y no que el director era en realidad un caricaturista experimentando otra profesión.
A fin de cuentas, la película logró exaltar las momias de aquel pueblo, únicas en el mundo por ser momias naturales. Ayudó al folklor de un México que, ya de por sí, contaba con una cultura amplia y se volvió un icono del colectivo de la nación.
Datos curiosos: Satán, aquella momia que juró venganza, es interpretado por Tinieblas, un luchador legendario que aún no comenzaba su carrera. También aparece Elsa Cárdenas, como Lina, una extraordinaria actriz que compartió cámara con Elvis Presley en “Fun in Acapulco”.
Sin duda la película es mala, pero es extraordinaria, por eso es una película de culto hoy en día. Hace una representación de los setentas, de la ilusión que era en sí misma la lucha libre, de una policía mexicana que, hacía su trabajo, imagínense. Es una comedia involuntaria, un film kitsch involuntario y una joya cultural completamente sin querer, hecha para vender y ganadora de un sitio histórico como pocas en el país.







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