Estaba yo en la fila para sacar el pasaporte, tenía la intención de viajar, aún no sé a dónde, pero quiero viajar. Salir del país, vivir esa experiencia. ¿Me explico? Bueno, el punto es que estaba en esa fila tediosa, larga como siempre lo son los trámites en la burocracia. Detrás de mí sólo estaba esta viejita de unos setenta años, no sé, soy malo para calcular. Fue cuando se acercó un joven muy nervioso y se formó detrás de ella.
Normalmente me molesta mucho escuchar las conversaciones de la gente que no conozco, principalmente porque odio que desconocidos se metan en mis temas, pero la verdad lo vi tan nervioso que no podía dejar de fijarme en él. Miraba constantemente hacia atrás, se mordía las uñas y se retorcía cómo si tuviera ganas de ir al baño. Supongo que por eso le preguntó la señora si tenía algo. Él de inmediato le dijo que no. Traté de no ponerle más atención, pero se me hizo imposible. La señora, creo que con el mismo conflicto que yo, trató de hacer un comentario evidentemente cómico, pero no le salió, la verdad. Dijo—Nos vamos a volver momias en esta fila.
Yo esperaba una risa o un comentario contra el gobierno, pero lo que obtuvo fue un—No me diga eso señora, no, no, no.
Le preguntó que tenía y él contestó—No la ve usted, ¿verdad? No, claro que no…
Después de un intercambio corto, poco importante, de comentarios, la señora le pidió que le contara—Vamos a estar aquí un rato—le dijo para animarlo. Y bueno, él contó lo siguiente. Trataré de contarlo como él lo contó:
Hay señora, pues es que no me va a creer. La verdad ni yo lo creo, pero pues me está pasando, sólo así. Mire, yo trabajo en una casa productora de cine, hacemos películas y esas cosas. Hace poco nos contrataron para hacer un remake de un clásico de México: El Santo contra las momias de Guanajuato. ¿Sí se acuerda? Pues ¿Cómo no? Una de culto ¿Verdad? Pues nos emocionamos mucho con el proyecto. Obviamente no iba a estar el Santo ni su hijo, iba a ser un actor que, se pensaba, lo iba a interpretar en esa y en otras más. El proyecto era para sacar muchas películas, como si fuera un superhéroe mexicano. Por eso le quisimos poner todo para que saliera algo de calidad, ya sabe. Yo soy el encargado de la utilería, ese montón de cosas que se usa en una película para que parezca que están en donde deben estar. Fui al mismísimo museo de momias en Guanajuato, a la fuerza. Yo no quería ir, me daba flojera, para mí era más fácil hacerlas artificiales y ya, pero no, el productor quería que salieran las reales… así que les platiqué del proyecto, los convencí diciéndoles que la emoción por las momias aumentaría si unas reales aparecían en la película, aunque sea por unos minutos. Sólo imagínese… El museo decidió prestar dos de sus momias, pero aclararon que debían estar siempre en su contenedor, el director y el productor estuvieron de acuerdo. El sólo trasladarlas elevó los costos bastante, pero bueno, ahí estarían sus mendigas momias, un fastidio todo eso, la verdad. Para dos minutos que iban a estar en pantalla… una era la momia de una mujer que había muerto con su bebé en los brazos, muy triste; la otra era la de un trabajador al que habían enterrado con su uniforme minero, que terrible ¿No cree? Trabajar toda tu vida para que al final te vayas a la otra vida con el mismo uniforme. Bueno, no importa. Se decidió que dos de las momias principales serían esas, los actores fueron caracterizados para que sean idénticos, yo las veía como un montón de papel maché mal pegado… ¿Sabe cuánto duró la grabación? Un día entero, para dos pinches minutos, le digo… Terminó el día de trabajo como a las ocho de la noche, el director me dijo “llama a los del museo para que vengan por sus momias” yo le dije que no se preocupara, pero, la verdad, me dio flojera en ese momento. ¡Estaba cansado, por Dios! Cuando todos se fueron decidí recostarme un momento en un sillón y me quedé dormido, tan profundo que no me di cuenta que pasaron como diez horas. Cuando desperté el sol ya había salido. Pasó justo cuando abrí los ojos, como si el mendigo andamio se hubiera esperado a que despertara para caerse del techo, con todo su peso, sobre el minero momia. Rompió la cápsula y, evidentemente, partió en cachos a la momia. El director se puso furioso, el productor más. La deuda con el museo hizo que el proyecto se cancelara y, pues creo que tenían razón. Todos repetían que si hubiera hecho mi trabajo cuando me dijeron nada hubiera pasado, pero yo tenía sueño ¿Qué podía hacer? En fin. Esa es la parte fácil de contar, ahora viene lo bueno. Y ya estamos en esto así que espero que me crea. Desde ese momento se me empezó a aparecer ese minero, todo deshidratado, como si fuera la momia que estaba en la cápsula, pero se movía y caminaba. Podía sentir que me miraba, aunque tenía polvo en lugar de ojos. Al principio nadie me creía, bueno, en realidad nunca me han creído. La vi por primera vez al llegar a mi departamento. Entré y ahí estaba, en medio de la sala, caminando lentamente y tratando de decir algo, pero sin poder porque, pues, no tiene cuerdas bucales. Grité como nunca y toqué en el departamento de al lado, pero mis vecinos no lo veían. Sólo vieron a un vecino gritar desesperado, casi llaman a los loqueros. Me fui manejando a la casa de mis padres, la misma situación. Apenas llegué y la vi en el parque, caminando con esa lentitud absurda, pero que me hizo preguntar ¿Cómo, carajos, llegó hasta acá antes que yo? Me fui sin saber si mis papás estaban bien, en ese momento no se me ocurrió que algo les hubiera pasado, sólo podía pensar en que estaba viendo una momia moverse en mi dirección. Fui de un hotel a otro, a la casa de mis amistades, fui hasta la casa de mi ex, y el minero estaba ahí, caminando hacia mí y tratando de decir algo y extendiendo las manos hacia mí. Nadie la vio, se burlaban de mí o de plano se preocupaban por mi salud mental. También lo llegué a pensar, no le diré que no, pero no podía detenerme a analizar las cosas, ese maldito minero avanzaba lento pero seguro. En mi desesperación, mientras trataba de salir de la ciudad, choqué contra un pobre hombre que no tenía nada que ver. Se puso como loco, yo no me detuve pues el minero estaba en su coche ¿Cómo no lo veía? La persecución duró poco, es que no soy bueno al volante. Llegaron unas siete patrullas detrás de mí, me llevaron preso, yo les grité que había una maldita momia siguiéndome, pero, nadie la veía. Los méndigos policías se burlaron de mí. Me metieron en una de esas celdas a pasar la noche en lo que me procesaban, según, pues ahí estaba el maldito minero junto a unos seis hombres que no lo notaban. En cuanto entré me refugié en una esquina de la celda, pero la momia comenzó a avanzar. Ha de haber tardado media hora, pero al fin estuvo cerca de mí. Yo gritaba y pedía ayuda desesperado, pero los otros detenidos han de haber pensado que estaba demente y por eso ni se me acercaron. En su lugar el minero pegó su rostro al mío, separados por medio centímetro a lo mucho, como mirándome fijamente. Movía la boca tratando de decir algo, pero solo movía una lengua que parecía un insecto seco y se retorcía esa mandíbula desfasada, que no tenía un pedazo de piel ni carne, dejando ver claramente el hueso y las muelas. Así estuvo toda la maldita noche, siguiendo mi rostro con el suyo y moviendo la boca, o lo que sea, tratando de decir algo. Cada que abría los ojos lo veía, lo podía oler, a puro podrido… así que estuve todo ese tiempo con los ojos cerrados, esperando que algo me hiciera, pensaba que no lo contaría, pero no, nunca me hizo nada. Al día siguiente me dejaron ir con una multa, nada más, pero estuve contento de que me dejaran salir. Aunque de nuevo la momia parecía seguirme al juzgado, a la calle, al camión que me trajo aquí. Pienso irme del país, tal vez eso lo detenga, tal vez está atado a esta tierra y no podrá seguirme. No sé. No se me ocurre nada más.
La señora lo miraba con los mismos ojos que tenía yo, entre sorprendida e incrédula—La momia ¿Está aquí? —le preguntó ella.
—Sí, ahí está—dijo él señalando hacia atrás—Si esta fila no avanza me alcanzará en una hora más o menos. Es lenta de verdad.
La señora se quedó pensando un poco, mientras el joven se retorcía los dedos— ¿Y si te disculpas? —le dijo ella de pronto.
— ¿Qué? —Él parecía verdaderamente sorprendido.
—Me parece que el minero espera una disculpa, eso trata de decirte—dijo la vieja—Bueno, yo esperaría eso si un andamio me partiera en dos.
El joven cineasta puso la cara más genuina de no estar entendiendo y dijo— ¿Disculparme? ¿Por qué? Si yo no hice nada—No pude más y solté una carcajada.






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