José S. Ponce

Ramiro supo desde el primer momento en que vio a Doroteo que era un inútil. Un hombre consentido y sin necesidades. Lo que no imaginaba es que sería una carga tan grande. De haberlo sabido, no habría aceptado llevarlo con él ni, aunque perdiera el dinero para su investigación. Después de todo, el padre de Doroteo solo había puesto la mitad de lo requerido. Ramiro estaba dispuesto a pagar la otra mitad con tal de quitarse ese lastre de encima. Nunca había conocido a alguien tan flojo, ni tan indispuesto para hacer cualquier cosa. 

Y es que en realidad Doroteo no tenía nada que perder. Así que actuaba como siempre que tenía un capricho, pues bastaba con convencer a su padre para conseguir cualquier cosa. Está vez había decidió jugar a la arqueología, no imaginó que sería tan difícil, aun así, al terminar la expedición con Ramiro tendría una nueva experiencia que presumir. Algo único, ya que ninguno de sus amigos podría decir que también realizó una expedición a lado del talentoso Ramiro Córdoba. Solo él, aunque no era todo lo que esperaba. También deseaba conquistar a la única persona que lo había rechazado. Doroteo no podía soportar que Ramiro no lo aceptara como novio. Nadie nunca se le había resistido. Doroteo creía tener lo que cualquiera podría desear, dinero y belleza. Sólo Ramiro había tenido ese atrevimiento. Pero estando solos, estaba seguro que podría conquistarlo. No había forma de no lograrlo. 

Se habían internado en una cueva de entrada estrecha recién descubierta por Ramiro. El equipo que llevaban era apenas el necesario, habían privilegiado la comodidad, pues no sabían qué tanto podrían avanzar. Y Ramiro no podía cargar con todo. Después de varios metros andando a gatas podía entreverse una cámara amplia. Ahí Ramiro esperaba encontrar los restos de un enterramiento maya. Los jeroglíficos que desenterró en la entrada lo indicaban.  La tumba de un príncipe convertido en dios, Itzamná. 

Al terminar el túnel por el que avanzaban, los dos hombres se encontraron con una bóveda enorme abierta al cielo debajo de la cual se encontraba un cenote. La cámara parecía tener varios niveles, ellos por fortuna se encontraban en medio. Según los cálculos de Ramiro el enterramiento que buscaba debería estar debajo. Lo comento con Doroteo, pero este manifestó estar demasiado cansado para continuar, prefería tenderse ahí un rato antes de continuar. Ramiro que estaba harto de su comportamiento comenzó a descender sin decir nada más. Doroteo se recostó en la tierra húmeda, divertido por hacerlo enojar y seguro de que regresaría pronto. 

Tras las primeras inspecciones del fondo de la bóveda Ramiro descubrió que en efecto había un enterramiento en aquel lugar. Y que seis tumbas mayas habían sido colocadas alrededor del cenote completamente selladas. Parecían estar formadas por roca, pero tenían un recubrimiento parecido al barniz de la madera que las hacía impermeables a la humedad del lugar. Además, alrededor de ellas había distintos tesoros y grabados en piedra. Ramiro decidió empezar por ahí, catalogando y colectando todo lo que había alrededor, pues aún debía pensar en cómo sacar de ahí las tumbas. Además, no deseaba compartir inmerecidamente la gloria con Doroteo. De momento no tenía otra opción que aprovechar la pereza del hombre para que no se enterara de la importancia del hallazgo. Después buscaría la forma de convencerlo de abandonar la expedición, aunque tuviera que aceptar salir con él. No sé detendría en ser el único nombre que pasara a la historia por el descubrimiento. 

Durante los siguientes días Ramiro fue cambiando su comportamiento hacia Doroteo y esto lo motivó de forma inesperada. Así que decidió que, si Ramiro estaba tan ocupado explorando el fondo de la cámara, él por su cuenta inspeccionaría la bóveda al menos una vez, pues de esa forma Ramiro no podría resistírsele más. Subió por una serie de caminos trazados en la cueva hasta que se topó con un deslave que los bloqueaba. Desde ese punto comenzó a escalar hacia la superficie. Cansado y a punto de rendirse, vio que el sol, que entraba por la bóveda, se retiraba. Con el brillo menos intenso pudo ver un desnivel qué se encontraba cerca de él. Avanzó hasta ese punto dispuesto a descansar y se tumbó viendo hacia la bóveda. Al abrir los ojos descubrió que incrustadas por todo el techo había piedras preciosas con jeroglíficos mayas en ellas. Quitó uno de los cafés para llevársela a Ramiro. Cansado por el esfuerzo se recargo en la pared del desnivel, algo comenzó a moverse y una capa de tierra se desprendió dejando al descubierto una tumba con jeroglíficos idénticos a los de la pared. Doroteo estaba seguro que con ese descubrimiento no había forma de que Ramiro siguiera resistiéndose. Intentó quitar la tumba, pero era muy pesada. Aunque observó que hacía abajo se podía ver el cenote con claridad. Bastaba con empujarla y esta caería directa al agua. Sería una forma rápida de bajarla, además de barata. Aunque deseaba ver el rostro de Ramiro al ver caer su descubrimiento, no pensaba volver a subir hasta ese lugar. Doroteo empujó la tumba y la dejó caer hacia el cenote. Después comenzó a descender. La tumba cayó desde la bóveda y se hundió en el agua. Al mismo tiempo que salpicaba a Ramiro con ella. Con el impacto un fragmento de roca se desprendió. El agua comenzó lentamente a filtrarse al interior. 

El ocupante de aquella tumba se fue revitalizando con el líquido. Unas gotas bastaron para que el conjuro que lo mantenía dormido terminara. Ahora la tumba que lo aprisionaba estaba rota. Y el hechizo que se fortalecía cada día con el sol no tenía efecto, pues la secuencia había sido alterada cuando Doroteo quitó una de las piedras. La momia terminó de romper la tumba y salió nadando del cenote. 

Ramiro observó desde lejos a la criatura. Su piel y cabezas eran como la de una serpiente, su cuerpo de hombre tenía cuatro brazos y unas alas maltrechas. No tenía ojos. No tenía dientes. Salió del agua nadando. Y comenzó a olfatear los alrededores. El arqueólogo se escondió detrás de unas rocas. Mientras el monstruo se desplazaba por el cenote y se aproximaba a una de las tumbas. Comenzó a golpearla con sus manos hasta romper la roca. En su interior había una vasija de barro, el ser la rompió con una mano. Liberando un órgano de ella, una lengua enorme, que tomó y se tragó. Restaurando así el órgano faltante en su cuerpo. Dando manotazos siguió avanzando por el resto de tumbas. Recuperando sus órganos faltantes. Ramiro comprendió que si no hacía algo estaría perdido. Pero estaba demasiado asustado para salir del escondite. Cerca de él se encontraba otra de las tumbas. Con cada paso la momia se hacía más fuerte, sus capacidades mejoraban y su poder crecía. Ramiro perdió el miedo, se dirigió hacia la tumba. Comenzó a tratar de abrirla con su picó para sacar el contenido y huir con él. La momia se acercaba, Ramiro se ponía más nervioso. 

Cuando la criatura estaba muy cerca de él, Ramiro intentó golpearla, pero el pico se hundió en la putrefacta carne. Asustado el arqueólogo la soltó y escapó hacía un rincón. La momia rompió la vasija en el interior de la tumba. Después extrajo su contenido. Pronto dos ojos negros comenzaron a aparecer en sus órbitas. La momia casi por completo restaurada vio fijamente a Ramiro. Sonrió con una boca chimuela y caminó hacia él. Ramiro trató de escapar con el monstruo persiguiéndolo. Quedó arrinconado. Llorando rogaba por su vida. De pronto cuando la momia estaba a punto de atraparlo. Esta comenzó a aullar y a retorcerse, perdiendo el líquido que quedaba en su interior. Ramiro escapó por un lado y se dirigió directo a los brazos de Doroteo que se encontraba detrás de la momia. Tenía en su mano un corazón con raíces en el que había clavado el trozo de jade que retiró del techo.


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