Óscar Edgar López
Mientras llamaba a la puerta me invadió el pensamiento pretérito de mi error, ¿qué necesidad tenía de involucrarme con esa señora? Las ganas de sexo, el ansia de romance, el hambre de ternura. Quince años ya que falleció mi esposa. Si fuera rico me levantaría chiquillas de veinte, señoras de treinta, viudas de cincuenta, y si fuera guapo, nada más pararme en la plaza luciendo mi gallardía y listo, directo al tálamo; pero ni rico ni guapo, un viejito perezoso en la jubilación nada más.
Le conté por teléfono a mi nieto acerca de mis crecientes anhelos femeninos, retozaba con gran flojera sobre mi cama. Él dijo que había una cosa en Internet en donde uno buscaba emparejarse, ¿pero no habrá sólo mocosillas?, le pregunté incluso algo molesto. No abuelo, hay personas de tu edad también. De mi edad tampoco, un poco más jóvenes, así era en mi época. Vino a casa, me tomó una foto y en diez minutos me dijo: ya está abuelo, mira, tienes tres candidatas, te quieren conocer.
La primera decía llamarse “Flor de azalea”, viuda de tres maridos, pasamos a la siguiente, no quería ser el cuarto. A continuación, una dama entre los cincuenta y seis o cincuenta y ocho se mostraba en una foto ridícula, con una peluca verde y una nariz de payasa, no gracias no me apetecen las fiestas infantiles ni pasear en bicicleta miniatura. La tercera me convenció al primer vistazo, una señora elegante, vestida como actriz de cine clásico, una de esas vedettes, pero no de lencería sino muy europea, con mucha clase. Mi nieto leyó en voz alta el mensaje que ella había dejado en “mi perfil”: Señor O. veo que le interesa la literatura y la música de academia, precisamente mis dos grandes pasiones. Le cuento que en mi juventud fui cantante soprano, mi esposo tocaba el piano como un Rajmáninov y mi biblioteca calculo que llega a los cinco mil volúmenes, si le apetece me encantaría recibirlo en mi casa, es increíble ¡casi somos vecinos!
Le pedí a mi nieto que volviera al día siguiente y que aceptara la invitación de la señora, me pareció una persona muy atractiva, no dejaba ver ni un ápice de desesperación por compañía ni caricias de hombre. Pensé que se trataba de una viuda solitaria con dos o tres gatos esponjosos a los que llamaba “mis niños”. El muchacho me pidió que me acostara y que él pasaría por mí justo a las cinco de la tarde, madame me esperaba a las cinco y treinta minutos.
Abuelo, te dejaré en casa de la señora y paso más tarde, ¿dos horas están bien? Despaché al chico lo más pronto posible, diciendo que sí a todo y haciendo esfuerzos colosales para moverme rápido. Estaba nervioso, me puse mi único traje, peiné mis escasos cabellos, saqué del ropero el bastón que me dio mi querida esposa antes de morir. Vi que en la calle de enfrente estaba una farmacia, cuando estuve solo fui hasta allá y compré una pastilla azul, por si salía campeón en aquel encuentro.
La señora abrió la puerta, estaba muy hermosa, con un vestido vaporoso de tul. Blanquísima, sus ojos eran los de una jovencita, con una chispa de increíble jovialidad. Me invitó a entrar, su casa era un castillo, habitaciones y un gran patio central. Me condujo hasta una estancia, tenía obras de arte por todos los rincones. Puso en mis manos una copa de oporto. También me gusta el oporto, le dije y ella sonrió picara, sensual. Nos sentamos en un sofá, uno al lado del otro, aparecieron los bichos, lo adiviné: tres gatos gordos y esponjosos. Estos son mis nenes. Remató mi profecía. Escanció más vino en mi copa, luego se puso de pie, iba a hacer lo mismo pero me detuvo con su mano frente a mí. He sido muy descortés, he estado hablando aquí tan encantada con usted que me he olvidado de mi marido. Entonces sí me quise levantar para salir volando de ahí, resultaba que esa mujer encantadora no estaba viuda y que aquello seguramente se trataba de una pareja de viejos que se habían quedado sin amigos.
No me levanté, llené la copa, ella lo notó y por respuesta a mi falta de etiqueta sólo agudizó la mirada, igual a como lo hacía mi difunta. Agregó a su disculpa un ya vuelvo, disfrute su copa. Tomé la pastilla azul apenas la compré, seguro de que tendría faena, los efectos empezaban a percibirse en el pantalón y en el golpeteo bravo de la sangre, no debí tomarla, no debí ni siquiera haberle hecho caso al nieto ¡pinche nieto! Reapareció la dama con una soga a cuestas, la soga arrastraba un gran baúl. Le ayudo, dije y corrí por la cuerda. Pesan mucho estos libros. Gracias señor O. Abrió la tapa del cajón y apareció una momia. señor O., mi esposo, R., el señor O. Me levanté de un golpe, todo el oporto hirvió en mis entrañas, la miré preocupado, luego a la momia. Era un adefesio envuelto con vendas, lucían asquerosas.
La momia me extendió la mano, me desplomé sobre el sillón, ellos rieron, pensé que era una broma, me puse de pie y con paso tembloroso de viejo holgazán pretendí marcharme. Él rengueaba también, incluso más que yo. No se vaya todavía, déjenos al menos explicarle. Luego intervino la madame: Sí, es nuestro invitado, todavía no ve la biblioteca, quédese por favor. Pues no hubo faena, pero el vino está delicioso, me consolé a mí mismo; regresé al sofá, la momia me contó que su nombre era Radám, tenía más de mil años, ella, mi esposa cumple este martes setecientos años. No aguanté la risa, ellos se me unieron, al cabo de un rato paramos, él retomó su seriedad, después los dos se levantaron. Para ese momento ya estaba borracho y erecto, la pastilla había trabajado de maravilla.
Ella se quitó el vestido, la momia apestosa gozaba observando a su mujer, le aplaudía y atrapaba su ropa. En seguida supe que era mi momento, me despojé del traje, me dejé los calcetines. Se colocó contra el sofá y en la posición del perro la hice mía. En aquellos gozosos instantes olvidé que había un tercero, y eso que se hacía notar el desgraciado, lanzando aullidos y batiendo palmas. Llegué a la cumbre y desde ahí me vertí como la nieve en la montaña. Mi cuerpo, cansado, reposó por un momento. Felicidades amigo, lo hiciste muy bien, ya has gozado de la fogosidad de una mujer centenaria, ¿quieres saber cómo esconde su edad real?, haciendo esto, con sexo, cada encuentro intimo le quita cien o doscientos años, depende de la edad del donante, pero a mi hermosa dama no le van los niños, le gustan viejos, como tú; ahora es momento de que cumplas realmente con lo que has venido a hacer aquí, mi señora fue la entrada, yo soy el plato fuerte.
El maldito bodrio se lanzó sobre mí, me puso las manos en el cuello, la mujer sacó de una cómoda una pequeña pistola y clavó la punta en mi cabeza. El monstruo me asaeteó una tremenda mordida en el cuello, como si un lobo clavara la dentadura en un dulce cordero. Lloré y los maldije. Después de una eternidad de tres minutos aquel aberrante ser succionó de mi cuerpo la poca energía vital que me quedaba, pero curiosamente, en segundos, me sentí animado, lleno de jovialidad, debo confesar que hasta complacido.
Con vergüenza vestí mi traje, alcé la vista y me di cuenta de que aquella momia no lo era más. Frente a mí un señor de aspecto muy refinado, aunque envuelto en vendas hediondas, me ofrecía su mano. Gracias O., me has ayudado, hace como un siglo que no bebía una gota de sangre. Quita esa cara, prueba a dar un salto. Era verdad, pude dar un brinco como un niño, aún era un viejo, pero con fuerza y energía. Pasamos a la biblioteca, mientras revisaba una bella edición de Rojo y Negro, de Stendhal, se escuchó el timbre de la entrada. Mi nuevo amigo acudió, ahora enfundado en un traje negro de riguroso luto, de regreso me dijo: Es tu nieto O., puedes llevarte el libro. Salí radiante y por mi propio pie, el bastón en el sobaco. Me subí al auto y le agradecí a mi nieto. Te fue muy bien abuelo, hasta te noto más joven, dijo el muchacho y los dos soltamos una carcajada. La pareja veía abrazados alejarse el automóvil, saqué la mano y la agité en el viento: adiós amigos.






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