Ángel Fuentes Balam

1.- Admitimos que somos momias y no estrellas de la lucha libre.

Guanata, la momia actriz, arrastra los pies, bien floja, hasta llegar a la mesa. Suspira al contemplar su sopa de caracoles de cementerio; revuelve el caldo en el que nadan los caparazones espirales y sorbe un poco. Algo del líquido se le escurre por el hoyo de su cuello. Se lo tapa con un pedacito de pan para comer sin mancharse.

En la televisión, la película que hizo junto al Enmascarado de Plata, se reproduce sin sonido. Es la quinta vez que la pone. Al menos, no han sido diez, como hace unas semanas. «Sólo por hoy», se convence, mientras la cuchara de hueso tintinea en el plato, formando olitas redondas en el borde. «Sólo por hoy», medita con desgana.

2.- Nosotros no controlamos nuestra monstruosidad, la llevamos con orgullo en silencio.

En la vitrina del museo, hay que guardar descompostura. Las cámaras fotográficas pasan delante de sus ojos podridos, mientras ella sonríe con tres dientes. Para las otras, no está tan mal ser sólo un adorno de tiempos antiguos, un vestigio horrífico de un México donde todavía se usaban sombreros de copa y carruajes robustos.
Pero Guanata añora las cámaras de filmación: esos cuadritos que los niños colocan frente a sus cabecitas, produciendo ráfagas de luz, se las recuerdan. Extraña el torso brillante del profe Blue Demon, el chasquido de la claqueta y la palabra «acción». Momia, muchas; pero ella era excepcional. 
Bajo el resplandor de las luminarias par 64, sí que asustaba. Guerreando contra esos luchadores coloridos y fortachones, sí que habitaba su propio nombre: ¡Momia, momia, momia!
No vestía vendajes rotos como sus primas nice de Egipto, sino zarape y huaraches. Era un ícono del terror en la tierra del nopal y las guajolotas.

3.- Podemos ser un ejemplo para las otras momias.

Hay momias niñas que habitan la eternidad de los seis, ocho o diez años. A Guanata, una le preguntó una noche —ya clausurada la visita de los vivos—: «¿Es cierto que fuiste actriz?» Ella sintió que una lágrima se deslizaba por la cuenca de su ojo, acarreada por un gusano. Guanata le dijo que sí, pero que era tiempo muy pasado. «Creí que para nosotros no pasaba el tiempo», contestó la molesta calaverita. «Para los vivos sí», dijo seria Guanata.

4.- Somos momias del mismo pueblo.

Su madrina era la Bruja Mayor, momia temida y enjaulada en el museo, de quien todavía se contaban leyendas de horror. Ella le aconsejaba: «Las momias debemos ser unidas. Hacemos lo que siempre hemos hecho: dar miedo sin hacer nada. Somos un grupo: «Las momias de Guanajuato». No puede destacar una u otra. Ahí tienes a la momia madre con su hijito. Los reporteros que vienen siempre la muestran. Y mira: de tanta luz en la cara, al bebé ya se le rajó la mollera. Dios no lo quiera, se le pelará la cabeza. Hay que enseñarles a las chiquitas, que las momias debemos asustar desde la inmovilidad».

Guanata no estaba nada de acuerdo. Cada vez eran menos los visitantes al museo. Las historias de las momias ya no espantaban a los niños. Su única posibilidad era volver a figurar en el cine. Ella no estaba para vitrinas manchadas, sino para la gloria del séptimo arte.
Pensó en el Santo. El gladiador ya había estirado la pata hacía mucho rato. También estaba pasando el tiempo de los luchadores.

Ya de vuelta en casa, en la comodidad de su ataúd, recordó el día en que el profe Blue Demon le dijo que se veía especialmente espantosa, y acarició suavemente, con ese dedo gigante de guerrero, su mandíbula desencajada. Ella se derritió por el piropo y lo miró alejarse, como una elegante montaña que fuese al encuentro de Mahoma. Deseó estar viva, para sentir el corazón palpitando de alegría.

5.- La vida de ayer, no es la vida de hoy.

Yendo al museo en el autobús, Juanita, la momia adolescente, le confesó a Guanata que pensaba mucho en estar viva. El tema era un tabú para las otras momias, pero ellas habían encostrado una gran amistad post mortem y Juanita la admiraba. «¿Te acuerdas cómo se sentía?» Guanata le dijo que sí, mientras veía los cerros abrazados por algunas nubes de lluvia. «Yo me acuerdo de los muchachos, de sus palabras en el balcón, de sus claveles en mi puerta… Mi papá los corría con su fusil en mano: ‘A enamorar a los puercos’, gritaba siguiéndolos por la calle. En especial a Ramiro, un mozo de maravilla que quería ser mi novio. Pobrecito Ramiro, lo mataron en la Revolución. Nunca lo enterraron. Cuando me moría de sarampión, los pretendientes me dejaban azucenas y rosas, y papá ya no los perseguía. Ramiro entró a mi alcoba. No le dio miedo contagiarse y ¿sabes qué? ¡Me dió un beso! Mi papá lo dejó. ‘Que mi niña no se muera sin haber sido amada por un buen hombre’, dijo llorando. ¡Ay, Guanata, lo que daría por estar viva y casada con Ramiro! Claro que ya estaríamos viejitos o muertos, pero no importaría. La eternidad como momia es muy solitaria».

6.- Las momias somos un ícono mexicano, y debemos comportarnos como tal.

Guanata pensó todo el día en las palabras de Juanita. Recordó su antigua gloria en el plató de filmación, codeándose con los artistas de los años sesenta. Añoró el azul eléctrico de la máscara de su Blue Demon, el frú frú de la capa del Santo, las coreografías de sus compañeras momias para lograr escenas perfectas, sus diálogos: «Raaaawwww, grrrrruuuuum, Orgghhh». Las otras momias se conforman con una vida perezosa y holgada. ¡Qué indigno!, pensaba, mientras las veía bostezar por décadas, aplastadas en su ataúd de cristal. ¡Yo soy mejor que estas buenas para nada! 

Así ocurrió lo impensable: un día, aprovechando la ruidosa excursión de una escuela, se atrevió a hurtar una de esas camaritas que los niños jugueteaban mientras sus padres les repetían que las momias eran un tesoro nacional.
Aprovechó el descuido de una niña al ser llamada por su abuela, y abrió la vitrina lentamente. Estiró su radio, su cúbito, sus falanginas y tomó el aparatejo de la bolsita de la estudiante de primaria. «Es como un pequeño estudio de grabación» pensó. La ocultó entre sus costillas, volviendo a su postura. «Quizá si hago otra película, pueda volver al mundo artístico», pensaba mientras sonreía sin muelas, al momento que la niña lloriqueaba por haber perdido su teléfono celular.

Días más tarde, a todos los internautas los sorprendió el live en video de una momia intentando sonreír.

7.- Ser momia no es ser malvada.

El museo rebosaba de viajantes que intentaban ver a la momia que se había vuelto viral, por reír sin dientes ante la cámara.
Guanata se vio rodeada entonces de curiosos que deseaban posar con ella para la foto, grabarla para ver si de nuevo reía, asustarse mirando la espeluznante mueca de la otrora actriz. Ufana, miraba a las demás momias por encima de la cintura escapular.
La Bruja Mayor se enojó con ella. «Esa no tiene remedio», dijo, ofendida y un poco envidiosa.

8.- Las momias son hermosas, a su manera.

Guanata se sintió feliz por la atención repentina. Revivió la vida que tuvo en los locos sesentas, y deseó con fervor que esos días nunca acabasen.

Pero conforme pasaron las semanas, los viajantes dejaron de asistir a verla. Para colmo, el aparatito que había robado, se había quedado bien muerto.

Juanita, la momia adolescente, se acercó a Guanata. «Lo siento mucho, Guanatita, siento que ya no vengan a verte».
«No importa, Juanita», dijo Guanata, muy pacífica y sonriente, «yo nada más quería probar otra vez, aunque sea un poquito, esa felicidad de ser lo que nací para ser».

La Bruja Mayor disculpó a Guanata. La verdad, es que su acto había logrado que las momias de Guanajuato fueran noticia, y eso no pasaba desde hacía muchísimo tiempo.

9.- Una momia es quien será mañana.

Guanata se sintió tan bien con su pequeña aventura, que comenzó a ayudar en la terapia de las otras momias, en lugar de juzgar su sobrada pereza: todas tenían un pasado que añoraban, y había que enseñarles que el presente como momia, aunque difícil, era bueno.
«Las momias nos deprimimos porque ya no somos lo que fuimos, y lo que fuimos somos», decía en una sesión.
«Aprenderemos juntas a querernos así: con nuestra piel seca, nuestros ojitos negros, nuestras llagas, nuestra cabeza sin pelo… Porque nuestro corazón, aunque ya no lata, sigue intacto. Y aun el de las que no lo tienen, porque el corazón es una idea, la más hermosa idea. Y eso es lo que vamos a cuidar. Porque la gente que viene al museo, al vernos, sueña con esos tiempos que ya no les tocó vivir; porque somos lo que quedó del ayer, y mañana también estaremos aquí. No importa cuánto cambiamos, las momias todavía tenemos mucho para dar.»


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