Soy escritora, lo digo con orgullo y dignidad.

No empecé a escribir por fama ni riqueza, empecé a escribir por huir de esta sociedad que disfruta aplastando sueños y humillando al prójimo, no empecé a escribir por el sueño de grandeza, y aunque escribía para mí, era imposible no querer, no creer que alguien allá afuera se identificara con mis ideas, con mis cuentos, con Antierótica, pero conforme más pasa el tiempo, más crece el sueño de querer prevalecer, de que mis libros y mis palabras sean las momias, ser ese objeto que desafía al tiempo, ese tesoro que se salvaguarda en algún librero, en alguna biblioteca, ser inmortal en mis palabras cual faraón.

Soy escritora, digo con orgullo. He publicado un libro y voy por más, digo con la grandeza de Nefertiti, pero debo confesar que el miedo de que no gusten mis ideas, el miedo de no ser suficiente, de no ser suficientemente grande se convierte en el no hacer: no esforzarme por una línea más, no luchar por aquél sueño de grandeza, rendirme ante los brazos del desánimo, de la tristeza, de la comodidad que encuentro en este sillón.

Y aquí me encuentro, frente a una página en blanco y una pluma abandonada mientras, tirada en el sillón, admiro mi más grande tesoro: un libro que lleva mi nombre, un libro que prometía grandezas, páginas que prometían luchar contra el tiempo.  

Si alguien me viera en este momento, acostada, mirando hacia un viejo librero, seguramente diría “mira, que chica tan floja, solo está ahí tirada sin hacer nada”, sin saber que ese no hacer nada es luchar contra las maldiciones de mi propia mente, es buscar entre miles de trampas el tesoro enterrado en un sarcófago, y es cuando me doy cuenta de que el faraón no es el libro en el librero al que ya no puedo tocar y solo preservar. El verdadero sarcófago, el verdadero tesoro por el que vale la pena luchar hasta la muerte, está enterrado en algún lugar de mi mente llena de trampas, maldiciones y escarabajos.  

Tengo la grandeza de Cleopatra, lo sé, llámenme soberbia si quieren, pero antes, antes de querer ser ese semi-Dios en la tierra, tengo que encontrar la energía suficiente para levantarme, sacudirme las arañas y los escarabajos que me impiden levantarme, sacudirme la pereza y entonces… solo entonces podré prevalecer en el tiempo, en algún librero, en alguna biblioteca, en la memoria de algún lector.


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