Yunier Herrera Martínez
Irremediablemente atrapado en su hechizo; su intoxicante belleza y su luz de plata fueron por mucho tiempo remedios salvadores para el alma rota, y la mía en este caso, era un manojo de despojos humanos, un papel rasgado donde las escrituras eran apenas legibles. Mi alma en pena era un barco a la deriva cuyo norte extraviado se alejaba aún más, cual la esperanza de alcanzar el eterno horizonte. La distante Luna me ofrecía la imperecedera incertidumbre del tal vez, quizás un mañana mejor. ¿Acaso sería posible?
Astro blanquecino que en su inmensidad parecía tan distante, estando tan cerca. Próximo, como algo que se avecina, pero nunca llega. Un susurro lejano que se torna eco, resonando en una vibración que estremece lo inmutable.
De pequeño ella fue mi cuna, mi fiel compañera. No es secreto que todo infante recurre a la imaginación en su universal inocencia. En nuestros días de críos, era un absoluto deleite escapar a ese mundo exorbitante e infinito donde creamos otros mundos, otras galaxias. Mi alterada mente era capaz de construir los más diversos escenarios, en los que cabalgaba sobre un cometa de fuego surcando la Vía Láctea, saltando de estrella en estrella, para concluir mis mágicos viajes en esa señora de cara redonda. Ese era mi pasaje secreto, en el que yo era rey y comandaba guerreros de luz. Un mundillo fuera del alcance del plano terrenal, ese que grotescamente se erigía más allá de mi habitación. Mi amiga plateada, cómplice y confidente, era mi refugio y santuario. Los flagelos del mundo jamás me atraparían allí.
Tristemente, el tiempo no ha de esperar por nadie, ni siquiera por un niño soñador como yo, el cual tuvo que crecer y convertirse en el hombre que hoy soy, desdichado y miserable. Abatido por pesares y rezagos inconmensurables. Receptáculo del odio humano; escudriñado por muchos y valorado por pocos.
Del chico que una vez fui, ya no quedaba absolutamente nada. Su inocencia impoluta, no era más que un recuerdo en una gaveta vieja y polvorienta. Un objeto inservible despedazado por los implacables sabuesos del olvido.
Ahora, siendo un adulto, encadenado a una vida rutinaria colmada de resentimientos y malas decisiones, me hallaba atado a un trabajo funesto en que mis días transcurrían como las horas de un reloj en una clase de química, lentamente. Mi existencia era un verdadero suplicio. En efecto, me era imperativo un cambio brusco que diera un vuelco totalmente diferente a mi minúscula vida.
Aquella noche de septiembre en que, luego de beber como un desquiciado, salí del Bar “El gallo fino” y conduje mi destartalado automóvil como quien no estima su vida, con una idea en mi mente, una arremolinada sensación de derrota, que se retorcía en mi interior cual ebullición volcánica, diciéndome con voz magnética y seductora: “Hazlo”.
Corrieron las horas, y había perdido la noción de donde me encontraba. Evidentemente lejos, fuera de la ciudad. Todo a mí alrededor era monte y oscuridad. Ebrio y decidido, abandoné el vehículo, dirigiéndome sin vacilar hacia el maletero. Entre el alcohol y mi agobiante tristeza, daba tumbos de un lado a otro, pero tenía bien claro cuál era mi propósito; tomar aquel grasiento cable y sellar con él mi incierto destino. Y eso hice exactamente, digo, la parte de tomar el cable, pues cuando me adentraba en el vientre del circundante bosque que engullía la carretera, un rugido siniestro estremeció el aire. Por supuesto, ello no significo nada para mí, ya que, en mi estado, había muy poco en este mundo que pudiera detenerme. Finalmente, alcancé un árbol que reunía las condiciones propicias para llevar a cabo el acto que me despojaría de mi tormento. Sin pensarlo dos veces, arrojé el cable por encima de una de las ramas, asegurándome de que esta fuese lo suficientemente fuerte y no cediera ante mi peso. Acto seguido, realicé un amarre alrededor de mi cuello, bien fuerte como el enganche de una serpiente sobre su presa, sólo que esta vez, yo sería mi propia presa, víctima de un mundo demasiado complejo y brutal en el que no había cabida para un alma débil e inadaptada como la mía.
Ya estando todo listo, no restaba tiempo para más, y honestamente, no había mucho que decir. Así que, me dispuse a acometer mi misión. En cambio, fui interrumpido por ese rugido nuevamente, esta vez su cercanía era evidente y para ser exacto, sonaba más bien al aullido de un perro, o alguna especie de animal salvaje. En esta ocasión, he de confesar que sí experimenté algo de miedo. Esta vez, algo se sentía diferente. Aun así, nada quebrantaría mi determinación, por lo que dejé caer mi cuerpo bruscamente. No fue necesario mucho tiempo para que comenzara a sentir el abrazo gélido de la muerte. Apenas podía respirar y mis pulmones se iban llenando de ese vacío virtual que por mucho tiempo albergué en mi vida. Sentía una palpitante presión en mi cabeza, y mi visión se tornaba borrosa y húmeda, como quien observa a través del velo de una cascada.
En un último ademán, convencido del cercano desenlace, alcé mis ojos y allí estaba mi compañera. Luna de marineros perdidos y poetas marchitos. En este acto final, ella me acompañaba, siendo testigo de mi añoranza. No obstante, el destino me tenía guardada una suerte distinta. Algo insólito estaba a punto de suceder: un giro violento que por años había sido auspiciado por mis más arraigados anhelos.
Ya a punto de sucumbir ante los brazos del Ángel de la Muerte, ese aullido se hizo presente por tercera vez, y seguido de esto, algo inhumano, una especie de fiera, vino a mi encuentro como tren a punto de descarrilarse, y con fuerza descomunal, sacudió mi cuerpo. Tan así, que el cable que me sostenía terminó cediendo y con ello, caí al suelo como un maniquí sin amo. Desconcertado, enfoqué la mirada, solo para ser trastocado por la presencia de una inusual criatura. Parecía una mujer peluda con algún tipo de mutación o enfermedad. Lo cierto es que poseía una mirada endemoniada y colmillos de perro rabioso.
En medio de la sorpresa, quedé perplejo y paralizado, como estatuilla de plaza. Ella, o eso, se abalanzó encima de mí, como perro hambriento sobre un hueso. Apresado entre sus potentes garras, me dije; “no fue como lo había planeado, pero al menos tendré una muerte segura, aunque con mucho dolor”. Sin embargo, no podía estar más equivocado, pues este ser femenino se comportaba de manera lasciva, lamiendo todo mi cuerpo y despedazando mis ropas.
“Pero qué demonios está sucediendo”— me decía a mismo a la par que mi razón se iba extraviando cada vez más.
Este animal actuaba como un can en celo. Yo, estando cautivo y despistado, decidí no oponer resistencia, en definitiva, esto era lo más interesante que acontecía en mi vida en un largo tiempo.
No voy a atiborrarles con los sórdidos detalles de lo acontecido, pero sí mencionaré que esa noche, aquella mujer bestia cabalgó toda mi geografía como corcel indomable que en danza eufórica desfila por la sabana. Largas horas de turbulentos movimientos transcurrieron, entre sudores y una extraña, pero evidente sensación de placer, el tiempo se escurrió cual sangre que brota de la herida incipiente. Finalmente ella, una vez saciado su apetito sexual, emitió varios aullidos, para luego desvanecerse en la penumbra cual lamento en la noche.
Completamente agotado, logré incorporarme, y fue entonces que sentí en mi hombro izquierdo un dolor ígneo. Al parecer me habían asestado una mordida, un beso a lo salvaje lleno de veneno y esencia animal.
A la mañana siguiente, desperté preguntándome si lo vivido la noche anterior había sido real. Al pararme frente al espejo, allí estaba la marca indeleble que de inmediato disiparía todo vestigio de duda. Para mi sorpresa, solo era visible una cicatriz, pues la herida había sanado en su totalidad y no quedaban rastros del dolor, ni siquiera en mi memoria.
A pesar de ello, ese no fue el principal cambio que noté aquel día, pues a pesar de la supuesta mordida que milagrosamente sanó durante la noche, había algo diferente en mí, algo que me fue imposible ignorar; y fue el hecho de que me sentía a salvo, seguro de mí mismo, capaz de enfrentar las calamidades del mundo, y vencerlo. No sabría cómo describirlo; pero me sentía en total control de mi persona y aquello que me rodeaba, cual si por primera vez en mi vida sostuviera las riendas de mi destino. En fin, esa mañana renuncié al trabajo de porquería que tenía, y decidí caminar por las calles de mi obscena ciudad, sólo que en esta ocasión no me sentía un extraño, o un paria, sino que percibía en mí el poder y la voluntad de poner esta descolorida urbe a mis pies.
Correrían varias semanas, dando paso a que la Luna, exquisita en su glamour de plata, nuevamente reinara los cielos. Sólo les haré saber que, en esta ocasión, al caer la noche, los roles se invirtieron…






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