La lluvia suena tranquilizadora desde mi ventana.

La copa de vino está vacía, y la botella medio llena.

La luz de las velas baila al compás del frío de la ventana, de la puerta.
El camisón de tela satinada resbala por mi cuerpo, “¡cómo le gustaba ese camisón!”, recuerdo con cierta nostalgia.

Cómo me acariciaba, cómo me besaba, cómo me hacía el amor cada vez que me lo ponía sólo para que él me lo quitara.

“Fue en una noche como esta, lluviosa, medieval…” Empiezo a escribir en la libreta que compré hoy mientras vuelvo a llenar mi copa de vino. Nada como el alcohol y la soledad para sincerarse con uno mismo. No, no puedo empezar con mentiras, ni siquiera para efectos dramáticos.

“Fue una noche como cualquier otra noche fuera de la ciudad. El viaje no había sido organizado por nosotros, pero había sido sumamente difícil resistirse a la idea de una semana en una cabaña perdida en el bosque, alejada de todos y de todo. Un lugar, un tiempo y un espacio para reencontrarnos con nosotros mismos, pero ahora que lo pienso, hubiera sido mejor seguir en la mentira. No era un grupo tan grande, un viaje de diez personas, un retiro espiritual para conectar.

La lluvia se hace más fuerte mientras las velas cada vez dejan de bailar un poco más para llorar lo que yo aún no soy capaz de decir.

No lo vi venir, creo que nadie, ni ellos lo vieron venir. Una que otra palabra amable, un intercambio de sonrisas, un intercambio de miradas, un intercambio de cuerpos.

Fue una noche como hoy… Dios, qué difícil es escribir esto, pero lo necesito, o me volveré loca…

Rompo el pacto conmigo misma de nada civilizado, nada que me distraiga y pongo el tocadiscos, no puedo hacer esto sin música. Lo primero que veo (que no es de desamor) es un disco de música de los 90’s. Empieza a sonar “Lobo hombre en París” y no puedo evitar soltar una carcajada llena de tristeza. Es lo más simbólico que me pudo haber pasado.

…Se escaparon de la fogata, cada uno con su propia excusa. Uno no estaba de humor después de una pelea y la otra tenía migraña. Ciega es aquella que no quiere ver. A la luz del fuego quemándose en la madera se habló del perdón y de la paz, del conocerse y reconocerse para no volcar los sentimientos y resentimientos en el otro. Lo había ido a buscar, en parte por el gran sentimiento de culpa, en parte, porque creo que ya sabía eso que no quería saber.

No tardé en encontrarlos, la ropa tirada, sin sábanas. Él sobre ella, ella… ella… Dios, necesito más vino… Ahí parada, sin poder reaccionar… No, deja de mentirte, prometiste decirte la verdad. Me quedé parada en la puerta, pero ellos estaban tan conectados que no me escucharon, que no me vieron, que no me presintieron, yo solo era un fantasma en esa habitación. Pude irme, pude gritar, pude enojarme, pero no hice nada de eso. Me quedé parada, observando cómo las pieles excitadas se buscaban, se entregaban, cómo él se iba transformando poco a poco, cómo mordía su cuello, sus senos y sus piernas (así como nunca me mordió a mi), cómo se perdía en su sexo, mientras ella le arañaba la espalda.

Poco les faltaba para aullar, pensé mientras seguía sonando aquella canción.

En esa noche estrellada, de luna llena, unieron sus cuerpos en una combinación bestial y espiritual, como nunca lo había hecho conmigo. Ella gemía, sudaba, se entregaba completamente al erotismo, al pecado y al orgasmo como yo nunca lo había podido hacer.

Me sirvo más vino, noto que empecé a llorar. La verdad duele más que cualquier mentira.

No sé cuánto tiempo estuve ahí, siendo una espectadora de la historia de la que debí de ser protagonista. No estaba enojada, estaba celosa, estoy celosa. Tal vez esa noche de luna llena fue su única noche, pero en esa cabaña, en esa cama, frente a esa fogata, tuvieron lo que yo nunca tuve, él, en una noche, le hizo el amor, la hizo suya como nunca me lo había hecho a mí, como nunca me había poseído a mí y ella fue de él como yo nunca pude serlo.

Les mentí a todos. Dije que estaba furiosa, que me había roto el corazón en mil pedazos y sí, pero no por la infidelidad ni el engaño, me rompió el corazón no tener lo que ellos tuvieron en una noche estrellada, en una noche de luna llena.

Me acabaré el vino, secaré mis lágrimas y me iré de cacería. Hoy es luna llena.

Tal vez hoy pueda tener lo que ellos dos tuvieron aquella noche.


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