Israel Celis Delgado

Cuando Edwin me lo confesó muchas de mis ocurrencias cobraron sentido.

—Es un grupo muy… privado. —Su mirada lasciva iba de mi bragueta hacia mi cabello, la sensación era cándida, curiosa.

—Es decir ¿hay muchos más? —pregunté estupefacto.

—No demasiados, personalmente solo conozco a una docena, quizás. Pero es seguro que hay más por allí, ser un licántropo te puede traer un poco de problemas con la CAPPE si no tienes cuidado. —Edwin por fin me indicó que siguiéramos caminando. El parque estaba lleno de amantes, sexoservidores y muchos homosexuales practicando cruising. Yo estaba ahí porque Edwin me había invitado, nos habíamos conocido en el gimnasio. Yo era un novato, alto, delgado y con la esperanza de que mi abdomen pronto se convirtiera en un “six pack”. En la recepción del gimnasio me asignaron un entrenador: Edwin. Él era un hombre alto, de hombros anchos, barba tupida y con los brazos gruesos cubierto de vello hirsuto. Pero lo que más me llamó la atención de él fueron dos cosas: sus pobladas cejas que resaltaban el pozo negro que eran sus ojos y su habilidad oratoria. Si algo, además de levantar mancuernas, era natural en Edwin era la forma en la que podía convencerte de cualquier cosa. Hablaba con una confianza espinosa y mientras lo hacía sus ojos negros no se apartaron de los míos, cafés sin mucho atractivo. A muchos de los asistentes del gimnasio no les cabía duda que Edwin era un licántropo, una década atrás cuando el primer caso clínico de licantropía se confirmó en Guatemala la gente enloqueció y se cuestionaron cuanto de verdad había en fábulas y cuentos, pero hasta ahora solo la licantropía ha sido confirmada y conjeturas sueltas afirman que en las cosas de Oaxaca las sirenas han sido avistadas, pero esa es una historia de la que no tengo conocimientos, sin embargo, puedo afirmar que mi caso con Edwin es totalmente verdadero. Yo no me consideraba homosexual, es más, ni siquiera bisexual. Siempre me había sentido atraído por las chicas, pero cuando conocí a Edwin no pude evitar que los latidos de mi corazón se acelerarán, y estoy seguro que los agudizados oídos de Edwin lo notaron porque sus ojos se concentraron en mi pecho y rio. Ese mismo día me ayudó a entender el funcionamiento de algunas máquinas, me alentó a consumir más carne y proteínas y olvidarme de la holgazanería.

—En tres meses te aseguro que notarás un cambio estupendo en tu cuerpo —dicho eso acarició con suavidad uno de mis pezones, que por razones desconocidas en ese momento se puso duro. Volvió a acariciarlo con suavidad y yo me sonrojé como nunca, a pesar de eso me sentía muy feliz y parte de ello se debía a que si seguía las instrucciones de Edwin por fin podría conseguir el cuerpo atlético con el que había soñado. Las mujeres por fin me notarían. Y Edwin también, especialmente Edwin. Con el tiempo me percaté que Edwin estaba al cuidado de muy pocos asistentes, y lo confirmé cuando él mismo me confesó que solo estaba ayudando a cinco personas, contándome.

—Pero estoy seguro que esa chica estaría fascinada si te convirtieras en su entrenador personal —dije con chanza señalando con los ojos a una mujer joven que practicaba sentadillas. —Sí, seguro. Pero creo que nunca había visto a alguien tan aburrido, eso y que el olor de su sudor me repele —hizo un gesto de asco y volvió sus ojos hacia mí. Ese día llevaba una playera sin mangas que se ajustaba a su musculoso torso en el que el vello negro también anidaba correosamente, deliciosamente. Acostumbrado a verlo con joggers, no podía dejar de notar que en los shorts que llevaba su miembro se movía con libertad debido a que no usaba ropa interior. Un mes después los cambios en mi cuerpo se volvieron más notorios y yo estaba más que feliz, estaba satisfecho, hasta que un día Edwin no se presentó al gimnasio. En un acto de desesperación marqué a su teléfono.

—Disculpa, no me encuentro bien hoy —dijo al responder a pesar de que su voz a través del teléfono celular se notaba eufórica, y de pronto, en algún momento de la conversación escuché una risa femenina. Colgué y no respondí sus llamadas. Al otro día lo vi sentado cuando llegaba al gimnasio, se levantó y corrió hacia mí.

—Hoy tengo algo planeado para ti…para tu entrenamiento quiero decir. —No supe qué responder, seguía molesto, pero obediente como un cachorro lo seguí. Nos detuvimos en una cafetería y pidió para llevar dos batidos de vainilla, aquello me confundió.

—Es solo un batido, me gusta mucho todo aquello que tenga sabor a vainilla, como el desodorante que uso —y acto seguido puso su axila en mis fosas nasales y yo no pude resistirme ante la fuerza de sus movimientos. Me di cuenta que Edwin me tenía fascinado y si él me lo pidiera no me negaría a un encuentro íntimo, sin importar si yo sería receptor o dador en el sexo. Pero no ocurrió esa noche, aunque sí fui notificado de su condición de licantropía.

—Fue hace más de ocho años, mientras estaba de visita en las Grutas de Tolantongo. —El resto de la noche transcurrió de manera rápida para mi sorpresa, no podía dejar de escucharlo, no podía dejar de verlo y él parecía tener un interés siniestro en mí. Los días posteriores me volví un amigo para él, lo acompañaba a sus prácticas deportivas como natación, calistenia, gimnasia, pero fue en la pista para corredores donde quedé fascinado por su condición sobrenatural de fuerza y rapidez. Edwin era un hombre sumamente atractivo, pero en definitiva era un deportista descomunal. Y un día de estos, en la pista para corredores, decidí que mis ganas de intimar con él habían llegado a su clímax. Cuando se acercó a mí pude notar que escuchaba los latidos nerviosos de mi corazón.

—¿Hoy te parece bien? —Preguntó, no entendí la pregunta, hasta que caí en cuenta que su olfato seguro estaba percibiendo la liberación de mis hormonas, sus oídos escuchaban los latidos de mi corazón y notaba que mi pene estaba inquieto ante su masculina presencia.

—S-sí, hoy —dije, tímido, él rio con sorna.

—Pero, debo advertirte algo. No suelo ser muy considerado, quizás experimentes un poco de la fuerza que poseo, espero no te resulte incómodo. Y otra cosa, no me gusta que me cojan, yo te voy a coger. —Un brillo travieso recorrió sus ojos y estoy seguro haber notado una chispa roja que parpadeó por un segundo. Pero en el fondo había algo que yo quería más que yacer con Edwin, quería su fuerza, quería su destreza y esa seguridad que lo rodeaba siempre, algo que estoy seguro le granjeaba favores en todos lados. Esa misma noche sucedieron tantas cosas que hasta la fecha me aturden de recordarlas, mi vida cambió en menos de doce horas. Cuando llegamos a su departamento y encendió las luces me tranquilizó saber que su hogar era la cúspide de la pulcritud. Había un aroma a leño que flotaba en el aire del lugar y sin darme cuenta Edwin se había quitado la playera, los jogger y descansaba lujurioso en un sillón de terciopelo rojo. Una notable erección comenzó a invadirlo y pude notar que su miembro era más grande que el mío, tragué saliva, por placer y duda.

—¿Tienes algo de tomar? ¿Una cerveza? —pregunté sin dejar de ver su miembro erecto al tiempo que se ponía de pie. Sin decir palabra llegó a la cocina, eso sí, sin dejar de sonreírme. Noté que mi pene estaba duro, estaba muy excitado igual que él. Cuando regresó traía consigo una botella con un tercio de su contenido aún y dos copas.

—¿Nervioso? Te prometo ser lo más cuidadoso, pero de algo estoy seguro. Te va a gustar mucho. Toma un poco de esto, es licor de Ratafía —el olor de la bebida era dulzón y su sabor era fuerte, así como sus efectos, creo que solo tomé dos copas y mi cabeza exigía sexo y lo obtuve en menos de cinco minutos después de eso. El sexo fue rudo sin lugar a duda, su miembro era grande y grueso. Al comienzo un dolor punzante en el esfínter no me dejaba disfrutar de sus músculos, sus acometidas vigorosas o sus besos, pero el dolor disminuyó y el sexo placentero duró casi una hora hasta que los dos terminamos, juntos. Era la primera vez que tenía sexo con un hombre, un licántropo. Sin embargo, obtuve dos cosas un poco contradictorias. Mientras Edwin me penetraba lo aupé para que clavara sus dientes en mi piel, la traspasara y probara un poco de mi sangre así su saliva me daría lo que tanto quería: poder convertirme en un vigoroso licántropo. En algún momento del coito sentí como sus dientes rasgaban la piel de mi hombro izquierdo y lo disfruté mucho porque sabía que la inmortalidad se iba en ello. Edwin no tenía intenciones de morderme esa noche, pero su pasión y mi disposición a disfrutar del sexo lo hizo perder la cabeza, él mismo me lo confesó.

—Tienes un culo delicioso, y esos labios deben ser míos siempre —a pesar de ello, esa misma noche nos fuimos a un club nocturno de homosexuales en Zona Rosa donde la mordida surtía un efecto como de alguna droga potente. Edwin comenzó a besarse con un hombre alto y fornido y yo hice lo propio, pero me extralimité y terminé teniendo sexo en el baño, sin protección. Pasaron los días y Edwin y yo nos veíamos frecuentemente hasta el día en que desperté con mucho vello en el cuerpo, mis músculos duplicaron su volumen y mis sentidos estaban atiborrados de existencia.

—Hoy será la primera noche en la que serás uno con tu naturaleza nueva —y así fue. Por la noche me convertí en un feroz lobo y lo sorprendente era que podía controlar todos mis actos, y así pude desechar el mito de que la naturaleza licántropa doblega a la voluntad humana latente. Fueron seis noches así y cuatro de ellas las compartí con Edwin, hasta que en un derroche de lujuria y enojo destrozamos a un joven que solo se había acercado a nosotros para obtener la inmortalidad. Intentó dormirnos con una infusión de acónito, afortunadamente Edwin sabía muy bien a qué olía aquello.

—Pudimos haberle dado el don, pero era un muchacho simple, aburrido ¿No lo crees, Art? —asentí acongojado con la piel manchada de sangre y un olor pestilente inundaba el suelo del departamento de Edwin. El tipo se había cagado en los pantalones mientras lo desmembrábamos.

—Eso le pasa por no pedirlo amablemente y querer vernos la cara de idiotas.

—Esa noche tuvimos un sexo tan intenso. Con el tiempo muchos de mis amigos y parte de mi familia se enteró de mi nueva naturaleza y mi relación con Edwin y no me importó. Y había algo extraordinario cuando me convertía completamente en un lobo hambriento: que cualquier herida, enfermedad o dolor causado en mi condición humana desaparecía cuando por las noches mi anatomía se deformaba casi por completo para convertirme en un cachorro de lobo dispuesto a complacer a su amante con sangre, sexo y muerte. Eso fue un alivio cuando descubrí que había contraído varias enfermedades sexuales que, gracias a la Luna, se iban cuando renacía como hombre.


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