Daniel Greene
Ulrik sabría cómo detener los ataques de licántropo que asolan la ciudad. Él sabría a la perfección a los que les puede disparar desde muy lejos con balas de plata y a los que se tiene que acercar para hundir un cuchillo en su esternón. Este hombre lobo parece saber bien cómo operan los cazadores: sabe cómo aislarlos y evadir sus trampas, los busca por las noches en vez de esperar a volverse una presa. Ulrik sabría lidiar con todo, aprovechar que la estación nos da dieciséis horas de luz. Pero Ulrik está sentado en el suelo de la sala, escucho su voz al tararear porque tararea cuando se pierde. Cuando sabe quién soy, le hace sentir mal que yo lo ayude. Cuando no me reconoce no habla mucho de todos modos.
Siempre fue la clase de persona sonriente que esconde sus problemas y fue justo cuando dejó de sonreír que los cazadores notaron su cambio. Esos hijos de puta entendieron cuando empezaba a tener problemas y no quisieron tener nada que ver con ello. Una vez que ya no les fue útil, le dieron una palmadita en el hombro: “ve a casa con tu familia” como si no entendieran en carne propia que un cazador lo deja todo y a todos para proteger a la población. Se jactan de tener un código, de no dejar atrás a sus compañeros. Ahora ninguno de ellos le visita con la excusa de que no quieren estresarlo, de que no saben qué hacer con él y les apena verlo así. De ese montón de mentirosos solo quedan dos: Agatha, Klaus.
Cuando llego a la sala, Ulrik voltea a verme con esa expresión vacía de ojos entornados. Me saluda en un murmullo. Con plática casual lo guío a la cocina: “¿qué tarareas?”. Él repite su tonada informe.
—No tengo hambre.
Su desayuno está en la mesa, la avena se ha enfriado ya. La meto al horno de microondas: llamé a Ulrik hace veinte minutos, cuando se perdió. Él repite con un dejo infantil.
—No tengo hambre.
La tercera vez, las palabras se le escapan.
—No tengo…
Mientras le ayudo a sostener el plato me resulta difícil conciliar a esta persona con quien me rescató hace casi una década, el que clavó un cuchillo de plata justo en la yugular del hombre lobo que me tenía arrinconado. En aquel entonces casi no había ataques dentro de la ciudad, Ulrik solía decir que eso pasaba solo cuando la criatura quería tanto vengarse como su propia muerte. Le limpio la boca y me pregunto si realmente es así.
Cuando Ulrik me salvó yo recién había llegado a la ciudad; no tenía dónde dormir y las primeras noches me acurruqué bajo un puente. Allí me encontró el hombre lobo y yo después del primer golpe ya no pude sino apretarme en un ovillo, cerrar los ojos y esperar una muerte rápida. Pero él peleó por mí, me rentó un cuarto en su casa y me ayudó a encontrar empleo cuando otros cazadores me hubieran abandonado. Me hizo sopa de pollo y me ayudó a caminar de nuevo. Con su atención me repuse en dos semanas; debería haber tardado meses en sanar.
A la tercera semana me recomendó con un amigo suyo en la biblioteca, porque él tiene amigos en todos lados, y trabajé acomodando libros. Pronto encontré un lugar asequible, me mudé. Ulrik y yo nos reuníamos todas las semanas a tomar una cerveza, le enviaba mensajes por celular y nos quedábamos hablando hasta la madrugada. Él tenía esa forma de mirar que hacía sentir escuchada a la gente, recordaba los cumpleaños de todos, qué les gustaba. En mis sueños, aún veo su sonrisa.
—Hoy es luna llena. — dice y no quiere comer más. Miro hacia la ventana.
—Ven, Uli, vamos a cambiarte de ropa.
Mientras lo guío al dormitorio, pasamos junto al calendario en el recibidor: un punto rojo en una esquina marca los ciclos lunares, los puso allí cuando empezó a olvidar. Antes podía nombrar la fase lunar de cualquier noche sin dejar de sonreír, y es que el espacio siempre fue lo suyo. Aún tiene estrellas fluorescentes pintadas en el techo de su habitación.
Creo que llegué a ser cercano a Ulrik porque le gustaba responder a mis preguntas. Me explicó lo que hacen los cazadores y cómo se agrupan en cuadrillas. Me mostró su rifle francotirador y sus dagas de plata para lanzar. Como un niño pequeño, le pedí decenas de veces que me contara de hombres lobo, de la noche que me encontró.
No estoy seguro de cuándo empezó a tener problemas para recordar. Todos nos enteramos muy tarde, cuando ya era imposible atribuir su confusión al cansancio y su mala memoria a la distracción. Tardaba cada vez más en responder mis mensajes de texto, ya no tomábamos cerveza juntos. Cuando le pregunté a Agatha, la jefa de su cuadrilla, me explicó que ya no trabajaba con ellos y entonces bloqueó mi número. Decidí visitarlo por mi cuenta. La puerta del frente de su casa estaba abierta de par en par.
—Siéntate.
—Quiero la cosa. La cosa.
Le quito los zapatos y el pantalón. De una cajonera tomo su suéter favorito y se lo muestro: esa es la cosa. Entiendo lo que habla de forma contextual porque muchos objetos se han convertido en “la cosa”: el suéter, la sábana, el rifle. No es seguro tener armas así que vendí todas excepto el rifle de francotirador. Incluso vendí las balas. El rifle es uno de esos objetos, como su guitarra y sus libretas de notas, que me pide, pero no usa. Se les queda mirando mientras los sostiene como quien toma un rompecabezas que no sabe por dónde empezar.
Ulrik acerca el suéter a su rostro e inhala el aroma del mismo suavizante que usa desde que nos conocimos. Algo tienen los perfumes que todavía le evocan una imperecedera familiaridad. Se lo pongo cuando levanta los brazos y noto que su piel se aprieta contra los bíceps por su extrema delgadez. Así, con los brazos aún arriba, susurra.
—Papá se perdió ayer, no había pasado nunca. Quería dar una vuelta a la cuadra, pero pasó casi una hora… — mira el tapete con forma de luna en su cabecera — Lo encontré confundido a media calle principal.
El padre de Ulrik murió hace seis años, él mismo me contó. Su madre murió a los tres meses de un corazón roto.
—Cuando me le acerqué no recordaba ni su propio nombre.
Ha bajado los brazos. Voltea hacia el borde de su suéter y habla de forma automática como si leyera del tejido.
—Yo vi cómo esa cosa se llevó a papá. En sus últimos meses no se reconocía en el espejo, decía que un hombre lo acompañaba a todos lados. Siempre…
La lucidez se va, lo noto porque frunce el ceño en una expresión indefinida. No hace falta que termine, me lo ha comentado varias veces en el último mes: teme empezar a olvidar cosas porque sabe que es un trastorno de familia, teme no ser autosuficiente y me pide por favor que lo ayude a morir cuando ya no reconozca su propio reflejo. Estoy seguro de que esas palabras siguen en su cabeza porque su expresión se torna triste, muy triste. Intenta sacar las palabras, pero balbucea en su lugar.
—Tranquilo, te cuidaré.
Decido buscar enrojecimientos sospechosos, alguna herida por presión. Cuando levanto la mirada, sus ojos relucen de humedad. Balbucea mi nombre.
—Estoy aquí.
Lo ayudo a recostarse y limpio el par de lágrimas que humedecen la almohada. Unos minutos después está profundamente dormido; pasa cada vez menos horas despierto y, por fortuna, si se despierta en la noche solo tararea. El atardecer es más difícil, a esa hora suele despertar. Suelo hacer quehacer e investigar un poco mientras él duerme hasta que sus chillidos llaman mi atención. Hoy también escucho el pomo de su puerta agitarse, probablemente se ha olvidado de cómo abrir. Subo las escaleras desde la sala mientras repaso mi lista mental: Agatha, Klaus. Después de eso no quedarán cazadores en esta ciudad. ¿Qué hará entonces el licántropo: ¿cambiar de ubicación, venir tras Ulrik esperando acabar con su miseria o morir ante la habilidad pura que resiste el deterioro? Cuando me paro frente a la habitación, la puerta ya no se mueve. La voz de Ulrik es un hilo que susurra: ‘déjame salir, es luna llena. Tengo que ir a cazar. Me necesitan’. Entro a la habitación para calmarlo y exige la cosa: asumo por contexto que es el rifle. Revuelve los cajones buscando balas de plata. Me pregunta por su cuadrilla y no tengo el valor de contarle que solo quedan dos y que, por abandonarlo, se lo tienen merecido. Se lo tienen merecido todos ellos. Mientras trato de consolarle, busca su celular, otra vez “la cosa”, y logro hacerlo comer dos bocados de atún antes de que vuelva a la cama. La luz del sol demora la noche todo lo que puede, pero la luna llena se aproxima, la siento en los huesos.
Cuando estoy a punto de salir, Ulrik me toma de la mano. Dice que vio un hombre en la habitación. El hombre lo miraba, recordándole su responsabilidad; mientras señala al espejo con su mano escuálida dice que está allí, allí. Reflejada solo veo su propia imagen.
Cubro el cristal con una manta y me dirijo hacia la puerta. Me pregunto qué hará el hombre lobo cuando haya matado a Agatha y a Klaus. Me pregunto qué culpa será más grande, si la de matar a Ulrik o la de morir y dejarlo solo.
Abro la puerta y me baña el brillo de la luna.






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