Alejandro Jiménez Roque

Desde su escondite nebular se asoma, caprichosa, Ixchel,
diosa de níveo rostro que vigila tras tu ventana.
Su presencia colma de envidia mi ser.
Apareces, amado lobezno, solo bajo su sonrisa de plenilunio.
Tus ojos la miran y tus venas se dilatan.
Mis vísceras, olas de mar embravecido, vibran de celos.
Tu gruesa voz se funde en un cánido cántico,
melodía que convoca a la jauría, que me invoca.
Las ansias me abrazan, me consumen, me destrozan.
La entrada de la madriguera me devora.
La lujuria me alimenta.

El murmullo del pestillo marca el inicio de la orgía de mis deseos ocultos.
El vértigo mutila la realidad que se agazapa tras las paredes de la habitación.
Nuestros labios se rozan y se cuentan lo que ha sucedido en todo este mes,
desde esa ocasión donde la noche fue el telón de una escena de Van Helsing,
y el alba cantaba una maldición sobre mí al secuestrarte.
Desde ese amanecer en el que cada uno volvió a su guarida.

La veda termina, el rito de cacería fulgura en mis pupilas,
cuyas danzas se mueven al ritmo de la concupiscencia.
Caigo vertiginoso en picada a tus pies,
repto sobre las dunas que dibuja el pelaje de tus pantorrillas.
Me pierdo entre tus colosales muslos y me afianzo en tus pétreos glúteos.
Mis garras escalan por tu espalda y la araño con violencia.
Ríos carmesíes brotan y crean un espectáculo,
riachuelos que se desbordan y ahogan a todos detrás de nuestros muros.
Mis yemas se bañan en tu sudor y se funden en tu lanudo lomo.
Despliegas la esencia de la más pura testosterona en tu piel mojada,
incienso que invoca mi miedo a perderte esta noche.
Mi cara encalla en las playas de tu entrepierna.
Engullo la regia seta que crece en tu florido valle.
¡Santa María Sabina!
Viajo a otros mundos y realidades,
alegorías de mi fallido himeneo bailan en mi cabeza.
Soy chamán, soy pitonisa, soy Odín y Nostradamus…
Tus caninas manos me atacan, me impulsan con fuerza descomunal y vuelo.

Mi cuerpo, agitado, cae en nuestro campo de guerra.
Cantaremos en el bosque… ¿Lobo, estás ahí?
Me acechas con sigilo, con lascivia te acercas.
El coraje del tiempo se difumina en tu feroz mirada.
Temo y me oculto en tu boscoso vientre.
Con brusquedad busco tu miembro.
¡Penétrame, destrózame, atraviésame, cercéname, desóllame!
¡Entrégame en ofrenda a Xipe Tótec!
¡Que se renueve lo que se ha podrido en mi cama para no buscarte más!
Tu descomunal falo me desgarra y genera mi muerte.
¡Sagrada experiencia mística!
Santa Teresa y Santa Hildegarda me poseen y penetran mi existencia.
Alucino en el éxtasis y veo mundos e infiernos, mi deceso y mi apocalipsis.
Veo mi ahogamiento en el lago de la monotonía de una relación.
Las plegarias trepidatorias de una danza claman el caos.

Espeso pulque surge luchando contra la gravedad desde tu ser.
Bebo el licor sagrado que emana de la fuente de mis deseos.
Tu elixir se derrama sobre tu hirsuto abdomen mientras yo renazco en ti.
Me embriaga el olor de tus miedos en tu piel que se funden con los míos.
¡Sálvame! ¡Destrúyeme ahora!
Pues al amanecer sólo seré sombra efímera de una presa,
¡ecos de un eclipse que no existió!
Sepulta tus zarpas,
que de mis heridas escurra a borbotones la indiferencia de un amorío.
¡Devórame de una vez!
Traga mi cuerpo, trozo de carne maltrecho y agonizante,
Déjame unirme a ti y ser partícipe de tus luchas.
Recuérdame en la sombra de la luna llena,
que yo te recordaré en mi mortecino lecho nupcial.
Tonatiuh se acerca y hace un pacto de complicidad con Ixchel.
La anciana poco a poco se mueve de su trono.
Sabemos que el tiempo se acaba, tu tiempo, mi tiempo, nuestro tiempo.
Tan solo un sueño, un anhelo: estar en compañía de lobos.
Un último aullido se escucha ahogarse en tu pecho,
El himno de cacería libera al lobo y a la Caperucita,
Disputemos nuestra última batalla… la última y nos vamos.


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